Ecuador. viernes 15 de diciembre de 2017
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El blanqueamiento del dolor

Alvaro Alemán
Quito, Ecuador

En 1908, Jack Johnson se convierte en el primer hombre negro en ser campeón mundial de box del mundo.

Álvaro Alemán

Alvaro Alemán
Quito, Ecuador


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En 1908, Jack Johnson se convierte en el primer hombre negro en ser campeón mundial de box del mundo. Molesto y afiebrado por el ascenso vertiginoso de quien considera un advenedizo y determinado a demostrar que “el hombre blanco es mejor que el negro”, el retirado ex campeón norteamericano Jim Jeffries se vuelve a poner los guantes para desafiarlo. Johnson demolió a su oponente, causando disturbios callejeros en todos los Estados Unidos. La actitud impenitente y superior de Johnson, algo absolutamente novedoso hasta entonces, proviniendo de un hombre negro, generó polémica y violencia durante décadas. La demostración de superioridad física y autosuficiencia de Johnson tuvo que ser conjurada por subsiguientes campeones de box, como Joe Louis y Floyd Patterson; ambos fueron sumamente cuidadosos al presentarse como hombres negros humildes y patrióticos que no representaban amenaza alguna. El daño estaba hecho sin embargo, Johnson mostró el potencial del boxeo para sacudir la jerarquía racial, su heredero fue Mohamed Ali.

Hago memoria de estos eventos para considerar las declaraciones de Agustín Delgado ante los pronunciamientos de Lenin Hurtado, abogado defensor de Bonil, acusado de discriminar al primero. Hurtado argumenta que Bonil no es el causante del sufrimiento de Delgado y de su familia ante acusaciones de mal desempeño como asambleísta, es la falta de preparación del ex seleccionado de fútbol del Ecuador lo que genera el problema. Bonil en esta instancia no hace sino llamar la atención sobre este particular, por medio de su caricatura.

Delgado responde al comentario de Hurtado caracterizando no la calidad o la propiedad de sus ideas, al escuchar un paráfrasis del discurso de éste dice, “eso andan diciendo unos por ahí, blanqueados”. El “Tin” Delgado de esa manera, descalifica a su interlocutor sugiriendo que su envidiable elocuencia y don de palabra, que su voluntad de tomar partida a favor de Xavier Bonilla no puede entenderse sino como un gesto de abdicación de su condición racial (la de Hurtado, para quienes no lo han visto, que también es un hombre negro).

La gambeta del Tin así, consiste en racializar el conflicto (que empezó como acusación de discriminación racial contra Bonil, pero que luego fue reclasificado como discriminación económica), reducirlo a un enfrentamiento entre negros “afectados” (por blancos) y negros “entregados”(a los blancos). El efecto generado por este rompimiento consiste en posicionar al pueblo afrodescendiente en la condición de víctimas y victimarios. La postura de Lenin Hurtado, él también deportista renombrado en su momento, figura importante del baloncesto ecuatoriano, consiste en negar esas categorías, rechazar la simplificación en sí a favor de una visión más rica y compleja en que el protagonismo histórico del pueblo afro constituye el objetivo a alcanzar.

Las actuaciones de Agustín Delgado en los medios estos días delata un sin número de afectos, ira ciertamente, apenas suprimida y junto con ella un dolor evidente, ambos elementos pugnan por emerger a la superficie de una capacidad expresiva confusa, contradictoria y frustrada que contrasta nítidamente con la memoria de su solvencia deportiva. La dolencia de Delgado se descarga en contra de Bonil, el mensajero o mejor el crisol en que se observa la inmensa deuda social del Ecuador con el pueblo afrodescendiente, una deuda que el “Tin” creyó absuelta por medio de su fama y fortuna personal pero que hoy regresa a reclamar su pena.

El falso dilema ante el que nos sitúa el juicio a Bonil no es así entre la elocuencia de Lenín y la torpeza verbal de Augustín– ambos portan los nombres de poderosos artífices del lenguaje—consiste en la disminución de la capacidad colectiva de disentir, de discrepar y de resolver nuestros propios conflictos. La supercom, junto con el Estado, asume el rol de patriarca ante sujetos incivilizados y peligrosos, decreta su propio “bienestar” de manera parecida a aquella en que implementa la política educativa del país: sin suscitar la participación de los involucrados, sin consultar o encauzar su experticia, sin estimular el desarrollo de destrezas comunicativas y dialógicas, mediante el decreto, el bozal, la expulsión, la clausura. Lo contrario, lo impensable, sería generar laboratorios de convivencia y ninguno es más potente que el de la práctica deportiva, donde conviven y aprenden el uno del otro blancos, negros, mestizos y todas sus permutaciones y variantes, lo diferente sería promover el diálogo, el aprendizaje, el entendimiento.

En su lugar tenemos un escenario que impone una disculpa como sentencia. El gran escritor británico Chesterton escribía al respecto: “Disculparse de manera forzada constituye un segundo insulto. . .La parte injuriada no requiere compensación por haber sido perjudicada; quiere ser sanada de una herida”.