Ecuador. miércoles 13 de diciembre de 2017
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Oliver, el hereje

Diego Ordóñez
Quito, Ecuador

Una ciudadana extranjera –seguramente por gringa se autoreferenció como contraparte- remitió una dolida carta abierta al atrevido comentarista cómico gringo-inglés John Oliver.

Diego Ordóñez
Quito, Ecuador


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Una ciudadana extranjera –seguramente por gringa se autoreferenció como contraparte- remitió una dolida carta abierta al atrevido comentarista cómico gringo-inglés John Oliver. La remitente, esposa de un fanático del correísmo que recorre por redes sociales y organismos de represión de la comunicación en ejercicio de ese fanatismo, en un texto de melodrama, increpa a Oliver por el atrevimiento de burlarse de “uno de los proyectos progresistas más importantes del mundo”. Y aunque menciona la imperfección de Correa –su defendido- la apología de su figura y de la supuesta revolución recoge la misma mística de quienes lo hacen en redes sociales, en medios privatizados para el correísmo, y en espacios privados.

La conjunción de mucho dinero y poca ética han producido una portentosa y efectiva propaganda que, como sucede en toda religión, se orienta a profundizar las razones de afección de los devotos. Porque lo que refleja la carta que comento, y parece ser un fenómeno extendido a todos los defensores espontáneos del correísmo (me refiero a los que no son remunerados o no gozan de algún privilegio burocrático) no es aprecio, no es adhesión, es devoción. Y tratándose de una fe, hay ceguera, hay sordera. Ni ven ni quieren ver, ni oyen ni quieren oir sobre las verdades que los herejes sostenemos sobre el carácter dictatorial, regresivo e intelectualmente deshonesto de esta llamada revolución –sin mencionar la forma en que se administra el dinero público- .

El gringo-inglés que mora en esas democracias atrasadas que no han descubierto la ley de comunicación, ni tienen comisarios de la información y tienen la pésima e impune costumbre de decir lo que piensan, arremetió contra el líder de esta revolución, lo revolcó en sus sabatinas y lo mostró pintoresco como se debe ver a un presidente que comparte tarima y ejecuta pasos de baile con un payaso.

Sus devotos, porque son eso ya ni siquiera fanáticos, ardieron en santa cólera, en forma que parecería similar a la que encendió a los ayatolas para pedir sacrificar a Rudshie cuando atrevió su pluma contra el Profeta. Aunque está muy distante cundieron las amenazas contra Oliver. Los devotos con cargo, rango y chofer despotricaron sus furias contra este gringo-inglés alevoso que pensando que Quito es Kuala Lumpur y Correa cualquier presidente de banana republic, se atrevió a mofarse ante más televidentes que los que vieron el Super Bowl y áun más, que cometió el sacrilegio de pedir que bombardeen con insultos a ver si así cura su fragilidad. Así, como dicen, una cura de burro.

Los mismos devotos propagan amenazas de muerte al atrevido que opera la cuenta @crudoecuador; al negro Bonil, que por oscurito es racista según sentenció la inquisición del humor. Cierto que las amenazas no se terminan de concretar, como sucedió en París en donde unos chistositos terminaron acribillados por los resentidos extremistas. Pero, que siembran temor, de eso no hay duda.

Es que, según dice la dama esposa del señor burócrata que es aguerrido insultador en redes sociales, en su doliente carta a Oliver, el presidente lo toma personal. Porque el lee los trinos de tuiteros. Y por eso, arropando todo su poder enfrenta a un niño de 18 años (cuando se pasa la mitad de una centuria un joven de 18 años es un crio) quien es desnudado en público y mostrado como el sumum de la grosería contra el presidente. Precisamente contra él, que están respetuoso y tan cuidadoso con la honra de los demás y que jamás profiere insultos, ni promueve violencia (debe ser otro quien denigró a Emilio Palacio por su estatura y amenazó con caerle a patadas).

Tras las murallas que el correísmo ha edificado para poner fuera a los impíos, están convencidos que esta llamada revolución es redentora, es bondadosa y que líder es infalible e intangible. Ni por un minuto la duda que el modelo político es autoritario, que los reclamos y protestas por falta de democracia puedan tener algo de verdad; que el modelo económico no ha sido milagroso sino que lo fue el precio del petróleo; y que el presidente Correa no tiene ningún salvoconducto para no ser sujeto de “versos satánicos” pero aún si, como dice Oliver, ha reprimido a los disidentes y por eso merece sus atrevidas bromas.