Ecuador. lunes 11 de diciembre de 2017
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Mujeres/Jardines/el doctor Jekyll/la marcha

Alvaro Alemán
Quito, Ecuador

El amor por la jardinería moderna—el diseño, la creación y el mantenimiento de un espacio verde y colorido por parte de la clase media—es asunto reciente.

Álvaro Alemán

Alvaro Alemán
Quito, Ecuador


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El amor por la jardinería moderna—el diseño, la creación y el mantenimiento de un espacio verde y colorido por parte de la clase media—es asunto reciente. El jardín expresa la complejidad de la relación entre el ser humano y la naturaleza, incluso con la divinidad si pensamos en las dimensiones míticas del Edén, el primer jardín de la imaginación. Es también ocasión para expresar la actividad creativa humana, la capacidad de elaborar e implementar un diseño y un orden a partir de la materia prima del mundo mismo. Es el imperio británico, durante su dominio naval y económico del planeta, el que establece la jardinería en toda su contradictoria complejidad: ¿qué significa representar a la naturaleza? Por un lado el deseo de forjar una conexión respetuosa con el mundo natural en igualdad de condiciones, por otro, el deseo de controlarla. El período victoriano exhortaba a conocer el mundo natural a horcajadas de los estudios botánicos de gran popularidad en el siglo XVIII, que a su vez expresan asombro ante la ilimitada y múltiple creatividad de la naturaleza. La jardinería en este contexto promueve una actividad saludable y protagónica para todas las clases sociales y de esta manera posiciona el desarrollo humano al menos parcialmente en la actividad física.

En este contexto desde mediados del XIX empiezan a aparecer publicaciones de jardinería que no solo intentan estetizar y administrar la naturaleza al ejercer control visual y retórico sobre las poderosas fuerzas del mundo físico sino que también consolidan a la naturaleza como una mercancía en el mundo occidental, como una presencia destinada a regenerar, instruir y sostener a los seres humanos. Es en estas circunstancias, hacia finales del XIX que aparece el inicio de la obra de Gertrude Jekyll (1843—1932) horticultora, diseñadora de jardines y escritora. Durante el transcurso de su vida, creó más de cuatrocientos jardines en distintas partes del mundo y escribió más de mil artículos para revistas especializadas. A partir de 1889 escribe catorce libros que le dan un prestigio y una autoridad excepcional en el mundo intelectual de Gran Bretaña donde las mujeres se abrían espacio en la cultura oficial, precisamente a partir de su habilidad de articular su propia legitimidad literaria. Gertrude fue la quinta de siete hijos nacidos al capitán de granaderos y oficial del Ejército Edward Joseph Hill Jekyll; uno de sus hermanos menores, el reverendo Walter Jekyll hizo amistad con Robert Louis Stevenson, que tomó prestado el nombre de la familia para su famosa novela El extraño caso del doctor Jekyll y el señor Hyde, un texto que articula como pocos la dualidad victoriana, el conflicto interior entre el deseo desenfrenado y la civilización y que encuentra una “solución” simbólica en la figura del jardín, precisamente el lugar donde cultura y natura aparecen juntos, pugnando por preeminencia. Luego de Jekyll, el manto de la jardinería literaria pasa a varios personajes, entre ellos a Vita Sackville-West (posiblemente la figura que inspira una serie de personajes secundarios en El señor de los anillos), la indiscutible autoridad de jardinería en la década de 1950 en Gran Bretaña. Sackville-West no solo había adquirido fama literaria como figura clave de la jardinería como discurso especializado del ocio burgués sino también como novelista y miembro del grupo de Bloomsbury. Fue ahí donde inició una relación amorosa con Virginia Woolf que desembocó en una de las novelas más famosas de ésta, Orlando. En 1956 Sackville-West reseña el libro de una nueva voz en el mundo de la jardinería, la de Margery Fish, en un libro titulado Hicimos un jardín del que la gran dama dice “desafío a cualquier aficionado de la jardinería a no encontrar placer, confianza y provecho en este libro”. El libro, escrito por la viuda de Walter Fish, editor de un importante periódico londinense y 18 años mayor que Margery, relata la historia de la creación de un jardín por parte de la pareja. El libro narra la postura inflexible e imperativa de Walter, su deseo de sembrar y mantener un jardín disciplinado y lleno de orden y su sorpresa y posterior disgusto al ver la experimentación formal de su esposa, “no te creí jamás una modernista” le increpa luego de observar el exotismo de sus sembríos y la mixtura de colores y formas en la pequeña parte del jardín que decidió entregarle como dominio. Con la muerte de su marido, a los 64 años de edad, Margery Fish publica un libro que aunque pensado como homenaje póstumo, relata en realidad la emancipación vegetal y florícola de ella, la autonomía que adquiere cuando finalmente se le permite implementar su visión sobre la grama cuidadosamente mantenida por su esposo. Margery empieza a trabajar antes de que las mujeres pudiesen votar, fue secretaria del editor de una compañía editorial antes de vincularse al Daily Mail, el periódico donde conoce a su futuro esposo. Semanas después de la aparición de su libro algo asombroso ocurre: de pronto se abre ante ella un futuro. Durante los años de guerra las flores habían prácticamente desaparecido, el gobierno británico, temeroso de la escasez de alimentos que el bloqueo germánico anticipaba, exhortaba, por medio de panfletos y programas radiales, que todos conviertan sus jardines y macetas en huertas. Al final de la guerra regresan las flores, rosas y dalias, geranios y begonias, mientras más coloridas, mejor. La austeridad de posguerra augura un deseo de color y gracias a programas masivos de vivienda, muchas personas tienen jardines, o por lo menos espacios con tierra a su alcance, por primera vez. A Margery se le ocurre que podría estar en posición de ofrecer consejos a todos estos nuevos y afanosos jardineros. Su libro fue un éxito y durante los siguientes 13 años produce siete libros adicionales. En 1990 un ávido seguidor de su obra se toma el trabajo de registrar en una base de datos, cada planta que había mencionado en sus escritos, la lista incluye más de 6500 nombres, incluyendo su planta favorita, galanthus nivalis o flor de nieve, en 200 variedades distintas.

Jardinera aficionada también es Jamaica Kincaid, novelista caribeña de Antigua y experta mundial en el trasplante y cuidado de semillas. Kincaid, en numerosos artículos en el New Yorker, vincula los jardines botánicos con el colonialismo, con el trasplante forzoso de personas y plantas a tierras extrañas, con un enorme costo social y humano. “Los jardines tienen un lado peculiar” escribe, “por ejemplo, la mayor parte de las naciones con culturas de jardinería han tenido imperios. No se puede tener estos niveles de lujo sin que alguien pague por ello. Es bueno saberlo, es bueno saber que cuando nos sentamos a disfrutar un plato de fresas alguien recibió una paga mala para que podamos disfrutar de las fresas. Esto no quiere decir que las fresas tengan un sabor distinto, pero es bueno disfrutar menos de las cosas. Disfrutamos demasiado de las cosas y ello desemboca en gran dolor y sufrimiento”. Algo similar podríamos decir en el Ecuador relativo a la industria de las rosas, una industria que produce niveles de exposición tóxica a pesticidas para la población de trabajadores en floricultura, incluyendo mano de obra infantil. Los ejércitos privados de los grandes exportadores nacionales de flores resguardan sus puertas con un celo fanático mientras dentro de ellas, las flores crecen. . .

Los jardines se asocian indefectiblemente a las mujeres pero requiere algo de imaginación histórica pensar en el trabajo de jardinería, como es el caso de Jekyll, de Fish, de Kincaid, como un método para afirmar el derecho de las mujeres a crear, a afirmarse, a resistir, a perdurar en sus propios espacios.

La reciente marcha nacional de protesta popular contó con una gran participación de mujeres, los temas de mujeres, en particular la eliminación del plan multisectorial de prevención del embarazo juvenil, ENIPLA y su sustitución por el llamado Plan Familia, constituyó uno de los temas fundamentales de la marcha. Días después, el ejecutivo se ratifica en su postura: apoyo incondicional a una estrategia secreta que poco a poco devela su trasfondo conservador y religioso, su interés por decidir a nombre de las mujeres.

Tal vez sea posible pensar en la marcha de las mujeres como un proyecto de jardinería, como la participación colectiva en un acto que luego sería desestimado por el poder, un poder incapaz de imaginar sentidos distintos que los evidentes, incapaz de entender la ironía, el sarcasmo y que, como señala este estudio, puede ser un signo de demencia temprana. El jardín está sembrado y está en pleno proceso de poda y mantenimiento, de construcción colectiva. Quedémonos con las palabras de Jamaica Kincaid:

“Algo que nunca pierdo de vista mientras me entretengo física y mentalmente en mi jardín: el deseo y la curiosidad forman los límites inevitables de ese espacio y los límites, sobre todo cuando estos son derivados de algo tan profundo como un jardín, con todas sus santas restricciones y admoniciones, deben ser violados”.