Ecuador. lunes 11 de diciembre de 2017
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¡Heil Hitler!

Carlos Jijón
Guayaquil, Ecuador

El día que el novelista francés Patrick Modiano ganó el Premio Nobel de Literatura, en octubre de 2014, el editor cultural del diario El País utilizó la frase “la miseria del colaboracionismo” para describir la temática principal de un autor que ha dedicado su obra a relatar la activa participación francesa en la persecución de los judíos durante uno de los peores momentos de Francia en el siglo XX: el del régimen neonazi de Vichy mientras tenía lugar la ocupación del país por los alemanes durante la II Guerra Mundial.

Carlos Jijón
Guayaquil, Ecuador


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El día que el novelista francés Patrick Modiano ganó el Premio Nobel de Literatura, en octubre de 2014, el editor cultural del diario El País utilizó la frase “la miseria del colaboracionismo” para describir la temática principal de un autor que ha dedicado su obra a relatar la activa participación francesa en la persecución de los judíos durante uno de los peores momentos de Francia en el siglo XX: el del régimen pronazi de Vichy mientras tenía lugar la ocupación del país por los alemanes durante la II Guerra Mundial.

Por alguna razón el tema se ha puesto de moda. La idea de que la mayoría de los parisinos fueron unos héroes clandestinos de la Resistencia contra el nazismo se ha derrumbado de pronto. La semana pasada, en el marco del 70 º aniversario de la la Liberación, Francia ha abierto una exposición titulada “La colaboración, 1940-1945”, con trescientos documentos inéditos que muestran desde el estrechón de manos del Mariscal Pétain con el mismísimo Hitler a orillas del Loira, hasta algo más sombrío: la colaboración del hombre de la calle con el régimen que les había arrebatado las libertades, no solo para sobrevivir, sino también para lucrar.

La muestra que ha escandalizado a Francia en los últimos días no se detiene en el intelectual que plegó a la tiranía para obtener un ministerio o una embajada, ni siquiera en el funcionario de segunda, ni en los de tercera, que empezaron a perseguir a sus antiguos colegas con tal de hacer méritos ante el tirano, sino que se extiende en una inmensa multitud que nutrían las marchas de la opresión. Como en el filme “Una jornada muy particular”, que le dio un Oscar a Marcelo Mastroianni a mediados de la década de los setenta, por esa historia de una tarde en Roma mientras la ciudad rugía con la visita de Hitler, la mayoría no lo hace por un sánduche sino por un deseo de ser también ellos, de alguna manera, parte del poder.

Lo he pensado mientras veía las fotografías de esos cubanos disolviendo a golpes una manifestación de disidentes, ante un monumento a Martí, en el Parque Porras de Panamá, en los días previos a la Cumbre de las Américas. Mientras veía las fotos, difundidas por una agencia oficial, de unas decenas de ecuatorianos en una “Marcha de los Pueblos”, por las calles de Panamá, en contra de Fundamedios, el jueves pasado. Mientras leía esta mañana en los obituarios por la muerte de Günter Grass, el más grande escritor alemán de la post guerra, la reseña de su participación, cuando era un adolescente de 17 años, en las Waffen-SS, la temida organización paramilitar de Adolf Hitler.

Desde que terminó la guerra, Günter Grass luchó por esconder esa parte de su pasado, hasta que, cuando había cumplido ya los 70 años, lo reveló él mismo en un libro de memorias que escandalizó al mundo. En Francia, una serie de la televisión pública, “Un village français”, ha relatado con singular éxito de sintonía, los avatares de la gente común durante la ocupación nazi, y cómo la mayoría se acomodaba a la situación. Algún día, en La Habana, o Caracas, o quizás en Quito, se escriba, o se analice, un texto similar.