Ecuador. miércoles 13 de diciembre de 2017
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Utopías: Las muertes de Eduardo Galeano y Günter Grass

Miguel Molina Díaz
Quito, Ecuador

Es particularmente significativo que un mismo día conjure la muerte de dos personalidades inevitables.

Miguel Molina Díaz
Quito, Ecuador


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Es particularmente significativo que un mismo día conjure la muerte de dos personalidades inevitables. Leí ‘Las venas abiertas de América Latina’ cuando tenía 16 años y recuerdo que ese libro me cambió la vida. Era el descubrimiento de que detrás de la historia del continente había un llamado moral a la lucha política y al compromiso por alcanzar, para la sociedad mundial, equidad y justicia social.

De la mano de Eduardo Galeano descubrí la desgarradora historia de Potosí, la más rica de las ciudades americanas maldecida por el hecho de ser la mina de plata más grande del mundo. Era la máxima y más monstruosa expresión de la historia del despojo. De alguna extraña forma, la narración de Galeano, alimentó mi capacidad de asombro e indignación, también el deseo de luchar y reivindicar la historia de América Latina. Galeano me hizo latinoamericano.

También era la época en que mi fascinación por la vía chilena al socialismo me hizo leer todo lo que se había escrito sobre Salvador Allende y recuerdo el dolor y la frustración que me provocó la lectura de la entusiasta mención que hace Galeano de su gobierno pues, mientras él escribía ‘Las venas abiertas…’, Allende luchaba con todas sus fuerzas por cristalizar el más grande de sus sueños desde el Palacio de la Moneda.

Hoy rememoro esa historia porque creo que tiene que ver con Galeano. Allende y Galeano, en cierto punto de mi vida, se convirtieron en palabras muy cercanas a la claridad y sí, también a la utopía. Esa que pregonaba Galeano. Entonces yo quería caminar hacia el horizonte, caminar largamente, caminar sin cansancio y con memoria. Caminar.

Los años han pasado. De ‘Las venas abiertas…’ no me queda sino el recuerdo de que ese libro le dio caballos de fuerza a mi capacidad de asombro y me ofreció cierta visión romántica de la vida. Quizá de la revolución. También me acompaña la enseñanza de que todo texto, sin importar su tema, puede tener el estilo, la fuerza y la belleza de una novela erótica.

Galeano fracasó en gran parte de las predicciones que hace en su libro pero tuvo la madurez y el valor de declarar que lo escribió sin conocimientos profundos en política y economía. Por eso despertó hasta el final odios y pasiones, así como ‘Las venas abiertas…’ eran el diablo para unos y las santas escrituras para otros. Yo creo que es un libro con muchos datos interesantes de la historia continental, pero atravesado por un dogma ideológico que pensó con excesivo y absurdo romanticismo a la izquierda latinoamericana. Esa izquierda sectaria que ha sido capaz de justificar las atrocidades de la dictadura cubana y que defiende a los populismos perversos que hoy desgobiernan países como Venezuela, Nicaragua, Bolivia y Ecuador.

La muerte de Galeano, entonces, la recibo con cierta melancolía por esos inspiradores sueños de juventud, pero inevitablemente también con distancia. Ante el delirio de la utopía socialista, que resultó tan hipócrita, contradictoria y totalitaria, no me queda sino distancia.

Y reconozco: Eduardo Galeano fue sin duda una de las personalidades latinoamericanas más influyentes de nuestro pensamiento político (pese a que es muy poco lo que dice, en su libro, sobre el Ecuador). Pero creo que el acto de justicia más grande con ese Galeano político es el olvido. Quedémonos con el creador, con el artista del lenguaje, con el contador de historias. Y sí, también con el humano. Con el recuerdo de aquel hombre que descubría en la indignación de las multitudes que vivir vale la pena.

La muerte de Galeano sucede simultáneamente a la de Gunter Grass, uno de los más grandes escritores alemanes de nuestro tiempo. Hay, creo, una simetría en estos gestos que tienen que ver con la muerte. El escritor enorme que trajo al mundo ‘El tambor de hojalata’, fue a sus 17 años, como lo declaró él mismo en sus memorias, miembro de la SS, durante la Alemania nazi.

Aquellos que todavía no han logrado comprender lo que fue el siglo XX, en toda su dimensión desbocada, han juzgado a Gunter Grass por esa participación que, por lo demás, fue absolutamente involuntaria: una consecuencia del Estado totalitario impuesto por Hitler, ese Estado que obligó a sus jóvenes a morir y matar en una de las más brutales carnicerías de la historia.

Quizá por eso escribía Gunter Grass, para exorcizarse de los años de la guerra y el horror. Por eso es tan destacado su valor político y humano al haber declarado abiertamente que fue miembro de la SS, diciendo al mundo cómo era ese país y ese tiempo, cómo era la historia que le tocó vivir, cómo fue sobrevivir al desastre y a sí mismo.

El horror de la Alemania nazi es muy parecido a ese otro causado por la nefasta dictadura soviética, que tanto daño le hizo al mundo. Las venas abiertas del siglo pasado se abrieron y sangraron por los totalitarismos de todos los colores, las guerras, las banderas, la crueldad de las ideologías y la ausencia de eso que yo llamo capacidad de asombro. Tanto Galeano como Grass fueron testigos de primera mano de esos exabruptos, de esa euforia. Sus muertes, entonces, cierran el ciclo de dos de los momentos más intensos y difíciles del siglo XX, cuyas sombras todavía nos acompañan.