Ecuador. domingo 17 de diciembre de 2017
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Quién la tiene más grande

Fabricio Villamar
Quito, Ecuador

Una máxima que he oído frecuentemente los últimos ocho años es “cuando somos pocos, que no nos cuenten”.

Fabricio Villamar
Quito, Ecuador


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Una máxima que he oído frecuentemente los últimos ocho años es “cuando somos pocos, que no nos cuenten”. Viene al caso recordar esto, porque las movilizaciones se han convertido en un concurso de “Quién la tiene más grande” refiriéndome a la multitud convocada, obviamente.

En menos de dos meses, miles de ciudadanos han marchado por las calles de Quito para mostrar su rechazo a alguna decisión gubernamental.

Normalmente la marcha del primero de mayo ha sido exclusivamente de los trabajadores reivindicando  sus derechos,  combatiendo el costo de la vida, la  defensa de la libertad de asociación y solidaridad de clase, parándose fuerte ante cualquier gobierno,  pero por varios años se vio a Correa siendo parte de esa expresión pública, que daba como resultado una clase trabajadora aparentemente cooptada por el régimen de las mentes lúcidas.

En un momento, la clase trabajadora se vestía de verde, abrazaba al “compañero Presidente” y sus asambleístas  gritando ¡hasta la victoria siempre! como suele suceder en los ágapes en que ebrios de emoción los actuales usuarios del Palacio de Carondelet entonan canciones a la memoria del Che Guevara.

Esta vez ya no fue así. Correa ya no marcha con LOS trabajadores. Marcha con SUS trabajadores y empleados. Ya no es bienvenido frente a la caja del Seguro, ahora menos todavía. Perdió el histórico espacio de San Francisco y la tradicional marcha por la Diez de Agosto y la Guayaquil. Ahora le toca venir por la Maldonado y concentrar empleados públicos y visitantes afuereños traídos con recursos públicos en una plaza sin simbolismo político. Todo es tan forzado que hasta la tarima se les cae.

El momento cambió. El malabarismo verbal del Presidente para justificar las duras medidas que toma para defender la dolarización del riesgo en el que Él mismo la puso,  lo bajó del pedestal. Perdió credibilidad, y eso es lo peor que le puede pasar a un político.

El viernes pasó algo más. No sólo se desnudó la carencia de respaldo de los ciudadanos al correísmo, sino que se permitió ver que son disímiles los movilizadores: evidentemente la afectación al IESS, el costo de la vida, el asedio a la libertad de expresión, lo vergonzoso de traer buses a Quito al más puro estilo de Gutiérrez, la militante lucha de Yasunídos y muchas otras causas que han unido a los ecuatorianos en una consigna que se veía venir: Fuera Correa, Fuera.

Otros que marcharon semi ocultos fueron los ex constituyentes. Algunos asambleístas de oposición y entre ellos algunos valientes y representativos, otros solo asambleístas. Nadie se atrevió a usar los distintivos de sus partidos. Ninguno de ellos logró reunir a más de veinte acólitos para la procesión. Saben que el sistema de partidos sigue mal herido, que su capacidad de convocatoria es casi nula, que sus partidos son de papel,  saben que la ciudadanía tiene desconfianza fundada en los políticos, por eso mejor marchan callados, se saludan entre sí, cazan cámaras o radios, son sólo parte del paisaje, no es su marcha.

A pesar de que el momento ya cambió, ningún partido político puede apropiarse de lo que se vio.

Desde los ciudadanos el panorama no es mejor. Opinan valientemente desde sus teléfonos y redes sociales. Marchan, sí, pero no activan en organizaciones políticas, les da urticaria, y ahí es cuando se equivocan: O participan más en la política, o verán que alguien menos calificado que ellos los gobierne, alguien con título de bachiller en corte y confección por ejemplo, algún futbolista, por ejemplo.

Cuánto daño hizo al país el criterio de que se necesitaba un outsider.

La política requiere honestidad, compromiso e inteligencia. Si usted las tiene, trate ser parte de la solución. Si usted se fue a la playa, tranquilo, otros dieron pelea por usted.