Ecuador. viernes 15 de diciembre de 2017
  • Seguir en Facebook
  • Seguir en Twitter
  • Seguir en Google+
  • Seguir en YouTube
  • Seguir en Instagram
  • Seguir en LinkedIn

Huevos de codorniz

Alvaro Alemán
Quito, Ecuador

El reciente debate sobre los impuestos de herencia en la legislación ecuatoriana pone al desnudo un asunto ignorado por la economía ortodoxa durante mucho tiempo (incluyendo la variante RC) y me refiero aquí a los principios morales en que se apoya cualquier relación de intercambio.

Álvaro Alemán

Alvaro Alemán
Quito, Ecuador


Publicidad

El reciente debate sobre los impuestos de herencia en la legislación ecuatoriana pone al desnudo un asunto ignorado por la economía ortodoxa durante mucho tiempo (incluyendo la variante RC) y me refiero aquí a los principios morales en que se apoya cualquier relación de intercambio. La premisa vigente es que los seres humanos son sujetos que buscan optimizar beneficios a cada instante, que se esmeran constantemente por sacar provecho, al margen del perjuicio que puedan causar al otro. Es por esa razón que el Estado debe intervenir para detener los abusos, para corregir los excesos, para bloquear la inherente egolatría y avaricia humana agazapada para zaherir al desprotegido.  El “socialismo” se concibe así como mecanismo salvacional, como heroísmo político; de hecho, algunos teóricos conciben precisamente así  a la figura estoica del superhéroe, una suerte de Leviathan  dispuesto a detener los delitos contra la propiedad y a captar aplausos y admiración. No sorprende desde esta concepción observar el despliegue de una legislación comprometida con el castigo y la amenaza, después de todo, bajo esta visión “socialista” no se puede esperar del ser humano otra cosa que trampa, vileza y abuso.

Conviene contraponer a esta visión una postura moral distinta, llamémosla comunista:

cuando el trabajo no sea solamente un medio de vida, sino la primera necesidad vital; cuando, con el desarrollo de los individuos en todos sus aspectos, crezcan también las fuerzas productivas y corran a chorro lleno los manantiales de la riqueza colectiva, sólo entonces podrá rebasarse totalmente el estrecho horizonte del derecho burgués y la sociedad podrá escribir en sus banderas: ¡De cada cual, según sus capacidades; a cada cual según sus necesidades!

Esto escribe  Marx, en su  Crítica del programa de Gotha, se trata de una fórmula notable tanto por su fuerza retórica como por su familiaridad. El economista David Graeber señala que el comunismo no es una utopía mágica, que no tiene que ver con los medios de producción sino que es algo tangible, que existe en el aquí y ahora, que es una conducta a la que todos suscribimos, parcialmente, y que todo sistema económico, incluyendo el capitalismo, se asienta en un comunismo realmente existente.

“¡De cada cual, según sus capacidades; a cada cual según sus necesidades!” nos permite ver más allá del asunto de la propiedad privada o colectiva (que muchas veces no es sino una simple legalidad) hacia asuntos más prácticos e inmediatos sobre la distribución de recursos y habilidades. Cuando dos personas colaboran en un proyecto, digamos, ganar un partido de fútbol, y el uno le dice al otro “pásame el balón”, su compañero difícilmente va a responder, “¿y qué saco yo de eso?” aun si ambos trabajan para el Barcelona F.C. o el Inter. Y esto se debe a la simple eficiencia.

Si un grupo de personas en verdad tiene interés en conseguir un determinado resultado, la forma más eficiente de lograrlo  es alocar tareas por habilidad y entregar a los involucrados los recursos para lograrlo. Uno podría hasta decir que el escándalo del capitalismo es que la mayoría de las corporaciones capitalistas, internamente operan con principios comunistas; aun si no lo hacen de manera democrática (y operan con principios militares de cadenas de mando). Sin embargo hay una tensión interesante porque las cadenas de mando jerárquicas no son particularmente eficientes, tienden a promover la estupidez en los mandos superiores y resentimiento y lentitud entre los operadores. Mientras mayor la necesidad de improvisar, lo más democrática que la cooperación resulta.

Esta es la historia de la invención humana, como han descubierto las empresas que estimulan la innovación y como han descubierto los ingenieros informáticos, en productos de freeware. Y esta es también la razón por la que, luego de un gran desastre, natural o artificial, las personas revierten a esta conducta: los extraños se convierten en hermanos y la sociedad misma renace.  Así, volviendo a Graeber, “el comunismo es la fundación misma de la socialidad humana”. Existe, dice este autor, una línea base de comunismo en la que los seres humanos asumimos espontáneamente la necesidad del otro (que no es un enemigo) y la satisfacemos, tanto si se trata de un asunto trivial como pedir direcciones como de un asunto trascendental, como salvarle la vida.  Este comunismo de base, la materia prima de la socialidad, es un reconocimiento de la interdependencia  de la humanidad y constituye la sustancia misma de la paz. Aun esto es insuficiente en casos en que este espíritu ocurre más que en otros. El primero de estos atañe a nuestros seres queridos. Se trata de personas con quienes compartimos todo, a quienes podemos acudir en momentos de necesidad, que es la definición de un buen amigo en todo lugar. El resultado de todo esto aparece en la forma de comunidades atravesadas por relaciones de comunismo individualista, relaciones que operan en base al principio de “¡De cada cual, según sus capacidades; a cada cual según sus necesidades!”.

Parte de la conflictivad que aparece en la sociedad ecuatoriana en torno a la discusión sobre la herencia se debe al desconocimiento de que existen distintos tipos de economía que operan a la vez: una de intercambio comercial que opera bajo las leyes del mercado  bajo la concepción instrumental de que los seres humanos son máquinas de optimización individualista, otra de relaciones jerárquicas en que la distribución de capital moral (honor, dignidad, estima) predomina por encima de otras consideraciones y finalmente una economía moral en que la diferencia entre amigos y enemigos es la distinción primaria. La ley de herencia nos pide pensar en las relaciones económicas como relaciones vacías de consideraciones morales, o jerárquicas. Y digo “la ley” para ilustrar un concepto dominante de la lógica del régimen:  la tendencia en pensar en la sociedad y en los otros como potenciales enemigos. Si el socialismo del siglo XXI persiste en su pragmatismo económico, en su economicismo, en su reducción de las relaciones sociales a simples figuraciones de oferta y demanda, vale la pena reclamar a nombre de una propuesta más radical, plenamente comunista, que ilustre la complejidad de las relaciones económicas, llevadas al campo de la complejidad social, como en este relato del místico sufí Nasruddin Hosja:

Un día, cuando Nasruddin quedó a cargo de la casa de té local, el rey y algunos de sus consejeros que habían estado cazando en las cercanías, se detuvieron a desayunar:

‘’¿Tiene huevos de codorniz?”, preguntó el rey.

“Estoy seguro de que puedo encontrar alguno”, respondió Nasruddin.

El rey pidió una tortilla de una docena de huevos de codorniz y Nasruddin salió apurado a procurarlos. Luego de que el rey y su corte habían comido, les cobró trescientas piezas de oro.

El rey estaba perplejo. “¿Es que los huevos de codorniz son escasos en esta parte del país?”

“No es que los huevos de codorniz sean escasos en estas partes”,  respondió Nasruddin, “Lo que escasea son las visitas de reyes”.