Ecuador. lunes 11 de diciembre de 2017
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La ley de Herodes I: «¡O te chingas o te jodes!»

Carlos Arcos Cabrera
Quito, Ecuador

Cuando los galos aceptaron el trigo, también aceptaron el dominio romano.

Carlos Arcos Cabrera
Quito, Ecuador


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Es la ley de Herodes. Octavio Paz, en su clásico ensayo El laberinto de la soledad, reflexionó largamente sobre la malinche y sobre la chingada. Los hijos de la chingada son resultado de la violación, de un acto de poder. Chingar es violar, violentar. Sin tener la fuerza expresiva de la palabra «chingar», la voz «joder» comparte algo de ese significado. Tiene la connotación de un acto violento. «Joder» es restringir, estorbar o limitar. «Joderse la vida» resume estos significados, aunque alguien puede decir «Le jodí la vida» como afirmación del poder, o como un acto último de arrepentimiento. Con menos violencia que «chingar» también tiene una connotación sexual: «vamos a joder».

Los proyectos de ley sobre herencia y plusvalía se convirtieron en la ley de Herodes, tanto para la RC, como para el conjunto del país. ¡La una te chinga, la otra te jode! No hay escapatoria. Se chinga y jode el gobierno, en un boomerang inesperado de repulsa ciudadana, y se chingan y joden los ciudadanos. ¡Todos pierden! ¿Existe algún juego en el que no haya un ganador? Quisiera entender la lógica de una decisión que llevó a la RC a una jugada que no sé si calificarla de genial o suicida, en un contexto en el cual lo márgenes de maniobra son cada vez más reducidos.

Creo que debo señalar algunos hechos. La RC desmontó sistemáticamente todo rasgo «progre» y novedoso de su programa político original. Por un lado, constituía una promesa de dejar atrás el pasado estalinista de la izquierda. No podía ser de otra forma, antes que partidista, aquel programa se conformó en torno a los movimientos sociales y sus demandas: defensa del ambientales, género, plurinacionalidad, reconocimiento de la identidades sexuales, fortalecimiento de la ciudadanía y, también, profundización y fortalecimiento de la democracia. Por otro, había un embrión de crítica radical al concepto de revolución decimonónica, heredera del positivismo y de la razón técnica de la que se nutrió el dogma estalinista y sus herederos, con todos sus horrores. Los planteamiento originales estaban más cerca de Walter Benjamin y Bolívar Echeverría, que de los manuales de materialismo histórico de la URSS.

Toda revolución tiene un momento de inflexión, su Térmidor: Saturno devorando a sus hijos. La decisión de explotar el Yasuní expresa ese momento. Una generación de jóvenes fue traicionada y, la traición dio paso al primer gran fraude del Consejo Nacional Electoral al sabotear la consulta sobre el destino del proyecto. Las viejas prácticas de la partidocracia corrupta se pusieron en juego en una escala nunca antes vista. El desmontaje subsiguiente fue acelerado: código penal que condena a la cárcel a mujeres violadas que optan por el aborto; Plan Familia, versión franquista de la salud reproductiva; mega minería y la persecución a líderes indígenas y campesinos anti mineros; draconiana normativa sobre las ONG; Ley de Comunicación; endeudamiento agresivo y el abandono de las tesis de la «deuda externa ilegítima» y por último, la reelección indefinida, la conculcación del derecho de la ciudadanía a ser consultados y una concentración asfixiante del poder. En el último tramo se expropió a los trabajadores del 40% de aportación estatal al IESS y se confiscó fondos propios de los educadores y de otros grupos sociales. Una suma de golpes a quienes hicieron posible la llegada al poder de la RC.

La RC buscó hacer explícita alianzas con aquellos a los que había beneficiados, los grandes grupos económicos monopólicos y determinados sectores empresariales. La reunión del presidente con éstos, a comienzos de marzo, delineó el nuevo curso de la acción política. La crisis económica obligaba a este viraje. Sin embargo, la nueva política duró poco. La ley de Herodes la dinamitó. ¿Lucha interna por recuperar influencia en el trono?

Planteo una hipótesis. El desmontaje de las alianzas que llevaron al poder a la RC, se tradujo en una lenta pero tendencial caída de su apoyo político. Las encuestas lo anunciaron y las dos manifestaciones masivas: la del 19 de marzo y la del 1 de mayo, lo confirmaron. ¿Se podía ignorar esto? ¡Imposible!, aunque se lo trató de encubrir con el sonsonete ¡Somos más!. La defección también demostró que la principal estrategia política de la RC, la comunicación masiva, totalitaria y reiterativa, tiene un límite. La imagen de un país feliz que «ya cambió», no ha podido desvanecer la sensación de violencia, arbitrariedad, corrupción y autoritarismos de la RC. La vapuleada «izquierda» del régimen, colaboradora activa del desmontaje de todos y cada uno de los planteamientos «progres» de la RC, por fin encontró la coyuntura para atraer la mirada del dios tronante. Todo eso, más un libro que causó furor en EE.UU, y Europa: El capital en el siglo XXI de Piketty. ¡A la carga! Era el momento de retomar la lucha contra la desigualdad y la ley de Herodes vio la luz.

En teoría, la mencionada ley significa una propuesta radical para volver a ganar el corazón de los pobres. Herencia y Plusvalía afectarían a un porcentaje mínimo de la población, permitían retomar el camino del socialismo y quemaban las naves de las relaciones con la burguesía. Los «tontos útiles», en una movida de última hora, lograron poner en jaque a los «vivos» del régimen, a los que llevan los grandes negocios del Estado que, visto el escenario electoral, buscan alianzas que les garantice una tranquila retirada del poder y, por supuesto, sus negocios futuros.

Efectivamente, la ley de Herodes abrió un boquete en la relación con los empresarios de todos los tamaños, pero fue más allá, amplió la brecha que ya existía con clase media y creó una nueva con lo que en el lenguaje marxiano, se llamaba la pequeña burguesía propietaria. Como contrapartida, no atrajo a las grandes masas de obreros, campesinos, indígenas, maestros, a los antiguos aliados de la RC, demasiado humillados como para correr nuevamente a sus brazos. ¡O te chingas o te jodes!