Ecuador. sábado 16 de diciembre de 2017
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Viendo a Daniel Mordzinski tomar una foto

Sergio Ramírez Mercado
Masatepe, Nicaragua

Concluimos en Managua Centroamérica Cuenta, nuestro encuentro internacional de escritores, a pesar de los vientos en contra.

Sergio Ramírez Mercado
Masatepe, Nicaragua


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Concluimos en Managua Centroamérica Cuenta, nuestro encuentro internacional de escritores, a pesar de los vientos en contra. Fue impedido de entrar al país caricaturista francés Jul, que venía a participar en la mesa sobre la risa y la barbarie, en homenaje a los periodistas de Charlie Hebdo masacrados en nombre de la religión por fanáticos desalmados. Pero a pesar de esa mala señal, y otras no menos ominosas, llevamos a cabo nuestra fiesta cultural de la manera en que nos la propusimos, un encuentro que tuvo por divisa la Libertad de Palabra y buscaba convertir a Nicaragua en una capital cultural, como de verdad lo fue, porque el público se desbordó para escuchar a los más de 70 escritores invitados.

Una tarde, después de almorzar juntos, me tocó llevar a Juan Gabriel Vásquez y a Héctor Abad Faciolince, nuestros dos escritores colombianos invitados, a una entrevista con Carlos Fernando Chamorro, que conduce el único programa de opinión en la televisión que aún sobrevive en el país.

En las paredes de la oficina de Carlos Fernando hay fotos de su padre, el periodista Pedro Joaquín Chamorro, asesinado el 10 de enero de 1978 en una calle solitaria de las ruinas de Managua, devastada tras el terremoto de 1972. Viajaba siempre al volante de su auto, sin ninguna escolta, a pesar de ser el enemigo número uno marcado por la dictadura de la familia Somoza, y unos sicarios le cortaron el paso y lo mataron a escopetazos. Ese asesinato vil encendió la chispa que haría posible el triunfo de la revolución al año siguiente, y el derrocamiento del asesino intelectual de Pedro Joaquín, el propio Anastasio Somoza.

Héctor recorrió las paredes, mirando cuidadosamente aquellas fotos. Estaba en la oficina de un hermano de sangre. Su padre, Héctor Abad Gómez, médico, profesor universitario, defensor de los derechos humanos, fue asesinado en las calles de Medellín por órdenes del jefe paramilitar Carlos Castaño en agosto de 1987.

Aquella muerte, como el mismo Héctor diría esa misma noche al participar en una de las mesas redondas, no provocó una revolución; fue un asesinato entre miles. Pero sí uno de los libros más hermosos escritos en América Latina en las últimas décadas, El olvido que seremos, escrito por Héctor, que busca fijar en su propia memoria, y en la de los demás, la historia de aquel hombre que pagó con la vida su tarea humanista de defender y proteger a las víctimas de la violencia y la represión en al Colombia convulsionada de entonces, cuando la guerra estaba en las calles de Medellín.

Carlos Fernando pudo ver el cadáver de su padre acribillado de perdigones, en la morgue del hospital de Managua adonde lo llevaron. Héctor corrió junto con su madre al lugar del crimen al saber la noticia de que habían abatido al suyo, y alcanzó a retirar de uno de sus bolsillos un papelito donde había copiado a mano un soneto de Jorge Luis Borges que empieza: “ya somos el olvido que seremos…”. Ahora este poema sirve como epitafio en su tumba.

Héctor le pidió a Carlos Fernando que le contara cómo habían matado a su padre. Carlos Fernando le hizo la narración, mientras allí mismo en la oficina maquillaban a Juan Gabriel, porque ya se acercaba la hora de grabar el programa. Uno quiere saber siempre los detalles, dijo también esa noche Héctor, los detalles aún de lo que duele en el alma. Como en un espejo ensangrentado, la historia que Carlos Fernando le contaba, reflejaba la suya propia.

Antes de que entraran al estudio, Daniel Mordzinski, que nos acompañaba, nos hizo a todos unas fotos en el patio trasero de la casa. Y luego separó a Carlos Fernando y a Héctor y les pidió que se colocaran junto a una fuente. Juan Gabriel se subió al brocal y sostuvo por encima de las cabezas de los dos un trapo negro que sirviera de telón de fondo, tal como Daniel se lo pidió. Yo presenciaba aquella escena a poca distancia, mientras la emoción me iba embargando. Luego pidió a los dos hermanos de sangre que se situaran frente a frente, mirándose a los ojos, y que se agarraran de los brazos.

Y tomó la foto.

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