Ecuador. lunes 11 de diciembre de 2017
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Contra viento y marea, Neisi

Álvaro Alemán
Quito, Ecuador

El interludio de diversidad que los juegos panamericanos implantan en la difusión de la cultura deportiva del Ecuador se siente como brisa fresca.

Álvaro Alemán

Álvaro Alemán
Quito, Ecuador


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El interludio de diversidad que los juegos panamericanos implantan en la difusión de la cultura deportiva del Ecuador se siente como brisa fresca. Por debajo, por los costados, por los intersticios del aparato ideológico llamado “fútbol”– nos enteramos– late y se despliega, con inusitada energía y con marcado sentido histórico, una cultura rica y densa, llena de particularidades y narrativas distintas; en suma, mundos enteros de actividad, disciplina, competitividad que habitan universos paralelos y reales: deportes, en plural.

Para el observador casual, el aprendizaje de las normas de participación de las distintas disciplinas ocurre in media res, durante una transmisión capaz de sostener el interés fugaz de audiencias llamadas, en este contexto, por la voz o la imagen imantada del nacionalismo. Así, la complejidad del judo o la lucha libre o las pesas– su diferencia radical– se soporta en tanto aparece como una vía hacia la celebración, en un escenario internacional privilegiado, de la singularidad ecuatoriana.

Observamos de esta manera, a través de los distintos medios, todos ellos entregados al canto de sirena del nacionalismo, la heterogeneidad de prácticas deportivas, de culturas deportivas y junto con esa anotación marginal, la manera en que la entrega a una disciplina puede afectar vidas profundamente, incluyendo las de las audiencias.

Este es el caso de Neisi Dajomes, joven pesista ecuatoriana que, a sus 17 años alcanzó la medalla de plata panamericana en la categoría de 69kg hace pocos días. Más allá de la hazaña que representa superar a mujeres adultas de larga trayectoria continental en uno de los deportes más antiguos de la humanidad, la participación de Neisi destaca por su dramatismo: luego de su primer intento en envión, donde levanta exitosamente 121 kgs y mientras se aleja de la plataforma, la joven deportista pierde el conocimiento y convulsiona.  Neisi se recupera del episodio y levanta, en sus dos intentos restantes—respectivamente—123 y luego 125kgs, suficiente para adjudicarse el segundo lugar a nivel continental en su categoría y para convertirse en la mejor pesista ecuatoriana de los juegos. El rostro de Neisi luego de terminar su participación (aun antes de conocer los resultados definitivos) comparte con el mar o con el fuego su condición proteica, la capacidad de mostrar infinita variación y cambio sobre una superficie constante; ahí se lee alivio, angustia, dolor, alegría, sufrimiento, rabia, odio, amor y orgullo. Ahí se observa la realidad del deporte ecuatoriano.

Se intuye en ese rostro una madurez mucho mayor a los pocos años de esta joven mujer habitante del Puyo que se inicia en las pesas hace apenas 6 años. Lo que no podemos ver, ni sabemos, es que su carrera deportiva ocurre enteramente bajo el amparo de la primera familia de las pesas del Ecuador, los Llerena.  Es Gustavo Llerena quien, como aprendiz ferroviario forja uno de los primeros juegos de pesas del Ecuador, quien aprende de revistas y de su propia imaginación los distintos métodos de entrenamiento y las técnicas, quien impulsa y difunde su pasión, entre otras formas, con exhibiciones de hombre fuerte en las plazas de la república, quien forma y vigila una generación nueva de pesistas como entrenador, dirigente y juez, quien entrega a sus hijos a la disciplina, como los espartanos al Estado y observa su meteórico ascenso. Son sus hijos José y Walter Llerena, los primeros en lograr medallas panamericanas a nivel senior y más adelante, los continuadores de una tradición que brinda al país múltiples medallistas internacionales. Y es toda la familia Llerena y en particular Walter Llerena quien identifica y luego cultiva el talento natural de Neisi Dajomes,  hoy día subcampeona panamericana absoluta.

El rostro de Neisi refleja ese orgullo, y también la frustración de los actos equívocos y lamentables de una Federación Ecuatoriana de Pesas que ha intentado, en todo momento, y sigue haciéndolo, apropiarse de su trabajo, tesón y dedicación. Esa Federación, hoy en día intervenida por el Ministerio de deportes por irregularidades en su manejo, ha buscado separar a Neisi de sus entrenadores, distanciarla de ellos, reubicarla lejos de su Provincia, insertarla al interior de un “proceso” que muestra resultados pobres a niveles de resultados y malos a niveles técnicos. Esa Federación, que ha negado a sus entrenadores hasta la posibilidad de acompañar a Neisi a las competencias para darle seguridad y solvencia y que insiste en enrolarla con técnicos desconocidos y que ha llegado incluso a negarle un cupo en las olimpiadas juveniles luego de ser campeona mundial juvenil, esa Federación es otra fuerza que se registra en el rostro de Neisi, camino a convertirse, en el momento final del envíon, en una máscara estoica que contiene toda la rabia y todo el cariño de una joven mujer que se reconoce a sí misma dentro de una cultura  que la ha nutrido y que hoy marca para ella, en contra de viento y marea, un camino difícil, forjado a pulso con una familia deportiva que le deja como herencia la capacidad de resistir.