Ecuador. viernes 15 de diciembre de 2017
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Un refrigerador llamado Yachay

Santiago Bucaram
Quito, Ecuador

En medio de la crisis institucional de Yachay, proyecto insignia de la Revolución Ciudadana, es necesario indagar sobre sus causas.

Santiago Bucaram
Quito, Ecuador


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En medio de la crisis institucional de Yachay, proyecto insignia de la Revolución Ciudadana, es necesario indagar sobre sus causas. El argumento que se ha generalizado a raíz del escándalo del despido del rector de la Universidad, Fernando Albericio, es que nos enfrentamos a una crisis de gobernanza, producto de los contrastes de opinión de sus directivos. Esta afirmación, desde mi punto de vista, se encuentra muy lejos de la realidad y no representa más que una excusa para encubrir problemas de fondo. La crisis se fragua desde la concepción misma de la idea, la cual se ha sustentado en la falacia de que seremos capaces de construir, desde cero, una universidad de excelencia en los próximos 10 años; y no sólo eso, sino que dicha universidad permitirá -o facilitará- al Ecuador abandonar el subdesarrollo y la dependencia de sus recursos naturales. La sola premisa suena quimérica, pero es así como nos la vendieron y es así como nos la hicieron comprar. No obstante, al reflexionar retrospectivamente sobre dicha premisa, podemos identificar dos fenómenos que los antropólogos, sociólogos y etnógrafos conocen como el ‘culto cargo’ y la ‘falacia del refrigerador’.

En la literatura de la antropología, el ‘culto cargo’ es una regularidad empírica que se observó originalmente  en la cultura melanesia, la cual abarca una amplia gama de prácticas que son consecuencia del contacto con las redes comerciales y tecnológicas de las sociedades colonizadoras. El nombre se deriva de la creencia de que ciertos rituales conducen a la obtención de riqueza material (‘cargo’). Estos cultos se desarrollan tras un prolongado período de crisis sociales profundas, bajo el liderazgo de una figura carismática. Este líder tiene una visión del futuro (‘mito-sueño’) a menudo relacionada con una serie de rituales que él promoverá como mecanismo único para alcanzar su utopía.

Existen algunas versiones anecdóticas acerca de este culto, pero la más conocida se remonta a la Segunda Guerra Mundial. Las tropas aliadas desembarcaron en varias islas del Pacífico Sur, trayendo con ellas todo tipo de maravillas modernas que las poblaciones nativas nunca habían visto. No obstante, la presencia de los aliados en estos territorios no se extendió por mucho, ya que, al terminar la guerra, regresaron a casa y dejaron a las poblaciones nativas algunos restos de dichos productos. Los lugareños concluyeron que esta breve bonanza fue una bendición pasajera, traída directamente por los dioses. Las tribus procedieron entonces a hacer lo que parecía lógico desde la perspectiva de una comunidad primitiva: recrear las condiciones en que los dioses y su carga habían llegado. Limpiaron caminos en la selva para simular pistas de aterrizaje, hicieron ‘rifles’ de bambú, y marcharon para imitar el paso de los soldados. Pero, sobre todo, siempre mantuvieron sus ojos en el cielo y sus corazones abiertos, con la esperanza de que los dioses observaran sus preparativos (‘rituales’) y decidieran volver y premiarlos con más carga.

La falacia del refrigerador, por su lado, fue propuesta por George Ayittey en su libro “África sin Cadenas: Un plan para el futuro de África”, en el cual argumenta que el desarrollo, en casi todos los países del continente, ha sido erróneamente reinterpretado bajo los términos ‘cambio’ y ‘revolución’, confusión que se traduce en la adopción indiscriminada y disparatada de métodos modernos y científicos. Según Ayittey, este enfoque desarrollista es similar a lo que los educadores llaman la ‘falacia del refrigerador’:. Todos los maestros tienen refrigeradores y, por lo tanto, si me esfuerzo lo suficiente para adquirir un refrigerador, entonces me convertiré en un maestro. Falacia que se traduce, dentro del marco desarrollista, de la siguiente manera: los países desarrollados son industrializados (tecnificados); por lo tanto, si los países subdesarrollados adquieren suficientes industrias (tecnología), se convertirán, de la noche a la mañana, en países desarrollados. Dentro de la definición de Ayittey, es importante recalcar la locución temporal ‘de la noche a la mañana’. Él no niega la posible causalidad entre industrialización y desarrollo, lo que niega es que esto se pueda dar de forma inmediata mediante procesos ‘revolucionarios’. De hecho, se alcanza el desarrollo a través de un proceso evolutivo gradual, continuo y pausado, que involucre una colaboración participativa; de este modo, el cambio en la sociedad será integral.

En definitiva, se utiliza metafóricamente los términos ‘culto cargo’ y ‘falacia del refrigerador’ para describir un intento de recrear los resultados exitosos de países desarrollados, a través de la replicación de las circunstancias asociadas con dichos frutos. Todo esto, sin tomar en cuenta que esas circunstancias pudieran estar o no relacionadas con dichos resultados o en su defecto pudieran ser insuficientes para producirlos por sí mismos. De ahí que en ambos casos, estos dos términos se consideran como situaciones que encajan en la falacia de tipo post hoc.

Yachay, así como el tan promocionado cambio de la matriz productiva, son ejemplos palpables del funcionamiento de estas dos falacias post hoc en las políticas de desarrollo impuestas por la Revolución Ciudadana. Esto se hizo evidente en los acalorados intercambios entre el ex rector de la Universidad de Yachay, Fernando Albericio, y el rector encargado, José Andrade. El último espera crear, en cuestión de años, una universidad y un centro tecnológico que sean punteros en el desarrollo del país; mientras el primero afirmaba que esas propuestas no eran realistas y que, para conseguir una institución sólida que cumpla dicha función, se necesitarían décadas.

Volvemos a caer en estas falacias post-hoc. El desarrollo económico no es consecuencia de la adquisición ciega y al por mayor de los símbolos y signos de la modernidad. Es utópico esperar que uno de esos símbolos (en este caso, una universidad con profesores que ganan salarios con estándares de Estados Unidos o Europa) transforme un proyecto educativo cualquiera en un Stanford latinoamericano, de la noche a la mañana, y, al mismo tiempo, cambie la sociedad ecuatoriana. Los críticos del proyecto Yachay han estado siempre conscientes de esta realidad. Sin embargo, lo más pertubador es que la gente que participa en dicha iniciativa también lo sepa. No por algo, la mayoría de los miembros de la Comisión Gestora (el famoso ‘grupo de los tres’) la consideran como un proyecto más dentro de sus portafolios, al punto que le dedican únicamente una fracción de su tiempo, y sus esfuerzos, en gran medida, son a la distancia (desde California por Skype), como Albericio lo afirmó en su renuncia.

Estaría demás culparlos por su colaboración remota, pues es lógico y racional pensar que un proyecto como Yachay no va a alcanzar tan ilusorias metas en tan corto tiempo, como se ha afirmado y vendido a la sociedad ecuatoriana. Si fuera tan fácil como Andrade y sus colegas lo plantean, si lo único que se requiriera es invertir cientos de millones de dólares y sentarse a esperar que el desarrollo aterrice, todos los países aplicarían esta receta, en apariencia, sencilla y mecánica. Sin embargo, es una lógica errada. Por hacer una analogía, no fueron los aeródromos los que hicieron que los aviones de los aliados aterricen en las islas de Melanesia, sino las ventajas que éstas ofrecían para las guerras. De manera similar, el desarrollo (cargamento tan ansiado por nuestros países) no ‘aterrizará’ en un territorio que no brinde las ventajas y oportunidades necesarias (protección de las inversiones y las ganancias, así como de los derechos de la propiedad), por más inversión pública que se haga en las ‘pistas de aterrizaje’ y por más rituales desarrollistas que nuestros líderes inventen para alcanzar sus ‘mito-sueños’.

Hay que recordar que el desarrollo económico se relaciona con las personas y sus actividades, así como con el marco referencial en donde, en el caso de llegarse a dar, operaría. Es decir, el desarrollo económico muestra relaciones no lineales, que dependen de toda la gama de instituciones sociales, económicas, culturales y políticas que rigen el país. Al igual que una semilla, si un proyecto de desarrollo no encaja en nuestro entorno socio-económico, no podrá germinar. Tal como lo que ocurre con Yachay.

Los problemas de las políticas de desarrollo en Ecuador son vivo ejemplo del defectuoso enfoque adoptado por los líderes tecnócratas de nuestro país. Una vez más, es esta visión el objeto de mi crítica, mas no las metas del desarrollo. En Ecuador, más que en un cambio de la matriz productiva, el ‘mito-sueño’ está desembocando en un desarrollo por imitación. Proyectos y planes grandiosos copiados del exterior, que se busca importar e implantar en el país,  y cuyo  resultado más probable es el fracaso, tal cual ocurrió en la década de los 60s y 70s con las políticas cepalinas.

Por cierto, ¿alguien recuerda a EXA, la Agencia Espacial Civil Ecuatoriana?