Ecuador. lunes 18 de diciembre de 2017
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La desconexión de América Latina

Gonzalo Orellana
Londres, Reino Unido

Cuando uno mira alguna de las cadenas de noticias internacionales, sea BBC, CNN o Al Jazeera, llama la atención el poco espacio que América Latina tiene dentro de su programación, lo mismo pasa si se leen los grandes medios escritos internacionales como The Economist, el Financial Times, Wall Street Journal, etc.

Gonzalo Orellana
Londres, Reino Unido


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Cuando uno mira alguna de las cadenas de noticias internacionales, sea BBC, CNN o Al Jazeera, llama la atención el poco espacio que América Latina tiene dentro de su programación, lo mismo pasa si se leen los grandes medios escritos internacionales como The Economist, el Financial Times, Wall Street Journal, etc. ¿Por qué una región con alrededor de 600 millones de personas tiene un rol tan poco protagónico en el mundo?

La respuesta es parcialmente explicada cuando miramos los principales problemas globales: la mayor preocupación durante los últimos siete años ha sido la crisis económica, crisis que tuvo como epicentro a los países desarrollados y en la que afortunadamente América Latina jugó un papel marginal con una caída moderada en 2009 que fue revertida a partir del año siguiente. El otro problema significativo en lo que llevamos del siglo XXI ha sido el terrorismo, en particular el derivado del islamismo; según cifras del Índice Global de la Paz, en 2014 el número de víctimas del terrorismo fue cercano a los 20 mil, cuando hace una década este número no pasaba de las 3 mil. Este enorme flagelo mundial que ha afectado a EE.UU, Europa, África, Medio Oriente, Australia, India o Rusia entre otros, encuentra en América Latina a su única excepción. Otro ejemplo de problemas mundiales que resultan lejanos para Latinoamérica es la crisis de refugiados e inmigrantes actual; según cifras de la ACNUR el número de refugiados en 2015 es el más alto desde que existe dicha entidad con casi 60 millones de personas saliendo de sus países por conflictos internos. Las historias de barcos cargados con inmigrantes intentando llegar a Europa, Australia y aun a países en vías de desarrollo como Tailandia y Malasia han llenado los noticiarios internacionales. En Latinoamérica los refugiados se cuentan en decenas de miles y no en millones e inclusive el número de latinoamericanos que intentó entrar ilegalmente a EE.UU tuvo en 2014 su nivel más bajo de los últimos 20 años.

Casi podríamos pensar que no salir en las noticias es algo positivo, y definitivamente lo es si consideramos que América Latina en la última década ha evitado la peor parte de la crisis financiera, el terrorismo islámico y la llegada masiva de refugiados arriesgando su vida para buscar un futuro mejor. Esto no quiere decir que nuestra región no tenga problemas, los tiene y muchos, simplemente que esos problemas no parecen estar en sintonía con el resto del mundo. El 2015 va a ser el peor año económico de la región desde el 2009, con un crecimiento de menos del 1%, contrario a los países desarrollados que están saliendo de un periodo de caídas o estancamiento, lo cual resulta paradójico, pues deberíamos beneficiarnos de mayores tasas de crecimiento en Europa y EE.UU.

Adicionalmente tenemos problemas en los que tristemente jugamos un rol preponderante, como el narcotráfico o la criminalidad. América Latina es el mayor productor de cocaína y marihuana del mundo y la región donde la violencia relacionada con el narcotráfico es más intensa. Adicionalmente en América Latina se encuentran 45 de las 50 ciudades más peligrosas del mundo por número de asesinatos y homicidios, y tan solo cuatro países, Brasil, México, Venezuela y Colombia, suman el 80% de estas ciudades.

El rol actual de Latinoamérica es el de un observador, una región con problemas persistentes pero sin conflictos entre países, atentados terroristas o crisis económicas que puedan poner en peligro el sistema financiero internacional. Una región de ingresos medios que ha dado pasos importantes para reducir la pobreza e incorporar gente a la clase media pero con altos niveles de criminalidad, corrupción y debilidad institucional. En fin, una región que no preocupa a nivel internacional pero que tampoco es protagonista.

¿Cómo aumentar su protagonismo? Lo primero que debería hacer la región es dejar de mirarse el ombligo e intentar ser más participe de lo que sucede en el mundo, empezando por compartir algunas de las experiencias exitosas que tiene la región. Algunos ejemplos de éxitos recientes pueden ser útiles para otras latitudes: Ecuador y Perú pasaron de enemigos históricos a ser países con profundos lazos comerciales, de inversión y sobre todo entre ciudadanos en tiempo record; la región pasó de ser una de las más endeudadas durante los ochenta a una donde la deuda sobre PIB promedio está por debajo del 50%; o la amplia experiencia de Latinoamérica en negociaciones de paz que permitieron reinsertar grupos armados en la sociedad podrían ser útiles para países con conflictos internos.

Pero además Latinoamérica debería dar un paso más y buscar protagonismo en temas en los que claramente tenemos un rol preponderante, como en el debate sobre el calentamiento global y la defensa de la biodiversidad, una de las fortalezas de nuestra región. También deberíamos ser protagonistas en el debate sobre una política internacional más sensata contra las drogas, dado que somos los latinoamericanos quienes cargamos con la violencia y corrupción que estas generan. Adicionalmente podríamos ser más activos en ayudar a resolver conflictos generados en otras regiones, Uruguay dio un buen ejemplo dando acogida a algunas de las tantas víctimas de conflictos al recibir a varios refugiados sirios, ejemplo que podría ser replicado por otros países en la región.

Latinoamérica no ha resuelto todos sus problemas ni es un ejemplo en muchos sentidos, pero eso no justifica su poca trascendencia a nivel mundial. La región ganaría considerablemente si decidiese incorporarse de manera más activa a los grandes debates mundiales y el mundo podría beneficiarse de algunas de nuestras experiencias.