Ecuador. sábado 16 de diciembre de 2017
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Lo que los volcanes nos dejan

Rhys Davies
Quito, Ecuador

Ahora comprendo mejor al alemán Alexander von Humboldt cuando dijo, en su viaje a Ecuador, en 1802: “Los ecuatorianos son seres raros y únicos: duermen tranquilos en medio de crujientes volcanes…”

Rhys Davies
Quito, Ecuador


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Ahora comprendo mejor al alemán Alexander von Humboldt cuando dijo, en su viaje a Ecuador, en 1802: “Los ecuatorianos son seres raros y únicos: duermen tranquilos en medio de crujientes volcanes…” Es una observación muy certera. Y, yo, siguiendo el ejemplo de los ecuatorianos, serenos en medio del peligro, también sentía esa misma tranquilidad, a la cual se refería el explorador alemán, a pesar de vivir en una ciudad que está a la merced de estratovolcanes en los cuatro puntos cardinales.

Es fácil olvidarse del peligro de vivir en un país sumamente volcánico cuando uno está rodeado de silenciosos páramos y cordilleras dramáticas, salpicados por majestuosos nevados. Tal vez toda esta naturaleza maravillosa nos inspira una falsa sensación de seguridad, negándonos a aceptar que estos colosos iban a despertarse de su periodo de inactividad en algún rato. Dormidos, estos nevados transmiten una paz reconfortante; despiertos nos damos cuenta de que su belleza nos había embobado y nos había hecho olvidar de que nuestro mundo moderno es igual de vulnerable a las catástrofes pasadas.

El nuevo despertar del Cotopaxi me ha hecho pensar sobre históricas erupciones volcánicas, las que han dado origen a historias de dramas humanos con consecuencias que han trascendido las inmediaciones de los volcanes, cambiando la vida en manera inimaginable. Las erupciones han durado poco pero sus huellas han perdurado por siglos.

Es paradójico que la total devastación causada por un volcán pueda ser un beneficio para nosotros hoy en día. Este es, seguramente, el caso de la erupción de Vesubio en el año 79 a.C., que arrasó con las ciudades de Pompeya y Herculano, dejándonos un patrimonio histórico y cultural de una invalorable riqueza. La erupción fue un acontecimiento importante para la arqueología y, según se dice fue el comienzo de la vulcanología (ciencia que estudia a los volcanes), y gracias a la cual podemos, hoy en día, tener alertas tempranas en caso de inminentes erupciones, algo que les hubiera servido a los pobres pompeyanos siglos atrás.

El hallazgo de esta ciudad nos ha dejado una ventana directa a la vida de los romanos a través de sus casas, baños públicos, letrinas, pinturas, frescos y grafitis. En el área de la literatura, el Infierno de Dante Alighieri fue seguramente inspirado por ese volcán, y la famosa erupción del 24 y 25 de agosto de 79 a.C. quizás se asemejaba a su obra.

Una erupción menos estudiada, pero con un impacto mucho mayor que la del Vesubio fue la erupción en 1815 del Monte Tambora en la isla de Sumbawa, a veces denominada “Pompeya del este,” por los tesoros que recién se están desenterrando. El ruido de la explosión en Abril de 1815 fue tan fuerte que asustó a los colonos británicos de la isla de Java, quienes, pensando que había habido un ataque a su guarnición, fueron en búsqueda de revolucionarios.

Esta explosión botó tanta ceniza a la atmósfera que logró tapar el sol y bajar las temperaturas globales entre uno y dos grados durante en lapso de tres años. Este evento causó el famoso año sin verano de 1816. En este año los efectos de la erupción fueron devastadores para los cultivos en Norte América y Europa. El ganado se moría de hambre y hubo escasez mundial de comida. Los veranos de 1816 y 1817 fueron helados, con tormentas de nieve y granizada durante los meses de supuesto calor. Estos eventos extraordinarios fueron capturados por pintores paisajistas de la época como J.M.W Turner y John Constable, y el clima deprimente de 1816 aparentemente inspiró a la famosa obra literaria Frankenstein de Mary Shelley. La erupción del Tambora nos muestra como eventos volcánicos tienen la capacidad de influenciar inclusive en la cultura, el arte y la literatura de la época.

Otra erupción con una historia curiosa es la de la isla de Tristán de Acuña, un remoto archipiélago británico en el Atlántico Sur. Amenazada en 1961 por la erupción del volcán, de nombre muy acertado, Pico de la Reina María, la población de no más de 300 nativos fue evacuada al Reino Unido. Las autoridades inglesas pensaron que la evacuación podría, con el tiempo, convertirse en una mudanza permanente y que la erupción podría servirle al gobierno británico como pretexto para librarse de una colonia que se había convertido en un dolor de cabeza, dada la gran distancia de la patria y los pocos habitantes en la isla. Sin embargo, los isleños, todos, en su mayoría, agricultores y campesinos, nunca se acostumbraron a su nuevo hogar y a la vida moderna, y reclamaron su regreso a Tristán. Después de dos largos años de estadía en Inglaterra, en 1963, cuando la actividad volcánica había bajado, las autoridades cedieron y los regresaron.

Los isleños decidieron rechazar la civilización moderna de Inglaterra y volver a vivir a la sombra de un volcán activo en medio del océano Atlántico. Sin embargo, los dos años en Inglaterra los cambiaron. Los nativos se llevaron electrodomésticos y muebles modernos, y adoptaron la manera de vestirse de los ingleses de comienzos de los años sesenta y sus actitudes liberales. El volcán Pico de la Reina María impactó en una manera inesperada a la gente de esta aislada isla, cambiando sus costumbres pero también reforzando su propia identidad de tristaneños.

Los volcanes han tenido un protagonismo importante en nuestro mundo, y no nos deberíamos olvidar que, nos guste o no, seguirán siendo protagonistas de nuestra tranquilidad, creando nuevas historias con finales felices, y también otras con finales no tan felices.

@rhysjd84