Ecuador. martes 12 de diciembre de 2017
  • Seguir en Facebook
  • Seguir en Twitter
  • Seguir en Google+
  • Seguir en YouTube
  • Seguir en Instagram
  • Seguir en LinkedIn

La gran diferencia

Antonio Villarruel
Quito, Ecuador

Cuando recuerdo el apellido Menem, me viene a la cabeza la imagen de una larga fila de gente llevando teléfonos en las calles.

Antonio Villarruel
Quito, Ecuador


Publicidad

Cuando recuerdo el apellido Menem, me viene a la cabeza la imagen de una larga fila de gente llevando teléfonos en las calles. Algo así como una procesión de afligidos cargando un aparato de disco y mango de dos orejas. Estas personas, según mi recuerdo o mi ensoñación, son las que esperan cancelar su deuda con la telefonía privada. Están devolviendo los aparatos que les dio la compañía a la que se suscribieron después de que Menem y varios de sus primos ideológicos llegaran a la conclusión de que la reestructuración social y política en el continente pasaba por la inanición del elefante estatal y su metamorfosis en un piojo tímido que hiciera de policía metropolitano quiteño: esto es, que pidiera que se circule cuando relumbra el disco verde del semáforo.

Vaya tiempos idiotas. El contrapeso de la abulia del Estado resultó en ballenas corporativistas que fueron, con toda certeza, más corruptas, menos eficientes y de menor incidencia social que cualquier Estado latinoamericano.

En ese sentido, la remontada progresista de los últimos años es explicable. No: deseable. Yo miro con suspicacia cada vez que los medios de masas editan noticia tras noticia que relata casos de envilecimiento del sector público. No creo que mientan, pero no sé si recuerdan que tras los escándalos de Petrobras, digamos, el sector privado brasileño es una fiesta monotemática de lentitud, incompetencia, nulidad creativa y borrosas cuentas públicas.

En Ecuador la cosa no es diferente. Es cierto que Correa y sus intelectuales no pensaron el Estado que le correspondía a su proyecto político.  Se quedaron contentos con centrifugar a sus enemigos y darles contrato a los compañeritos. Es cierto que el Estado, en el correísmo, se volvió en muchos tramos el mejor aliado de la gran finca familiar llevada a los centros comerciales. Es cierto que conforme pasa y se descose la revolución ciudadana y ese collage de intereses que es Alianza País, a la hora de los cálculos se ha priorizado una línea estatal que fuera la segundona de los grandes mandos privados.

Sin embargo, que el Estado no funcione no significa que la iniciativa privada sea la solución. Esa clase de pensamiento dicotómico, propio de los libertarios efusivos, es la predecesora del péndulo electoral que siempre ataca al tamaño del sector público y no considera  las formas de organización social que rebasan estas dos esferas.

En el Ecuador, la historia del sector privado es de llorar, y no creo que siempre haya que culparle al Estado por su mal funcionamiento. Ya no se habla mucho de la sucretización de la deuda externa, cuando el sector público tuvo que cubrir la falta de operatividad de las empresas ecuatorianas a mediados de los años ochenta.  Más de diez años después, en plena crisis del sucre, la banca ecuatoriana probó ser una red de amiguetes que se prestaban la plata para dar contabilidad falsa. Cuando el país entró a la dolarización, medio mundo daba (y da) gritos por la política de ahorro del país y la falta de un modelo económico que se adapte a la falta de moneda propia. En ese mismo tono, cuando a Correa se le ocurrió el disparate de irse en contra de los periodistas, en Quito se les ocurrió hacer adhesivos pidiendo respeto para los afectados que, a la larga, resultaron ser empresas que tercerizaban a sus trabajadores, que tenían intereses en las finanzas y las comunicaciones o que habían medrado del Estado para conseguir ayudas que parcharan su pésima productividad.

El mismo respeto que no merecían ni merecen las empresas que no afilian a sus empleados, que usan la doble contabilidad justo antes del mes de la repartición de utilidades, que nunca creyeron en la gente joven y pedían jurásicos con experiencia inverosímil, que no presionaron para una ley antimonopolio ni les dio la mínima intención de crear departamentos de investigación y desarrollo para ser competitivas. Cuando la amenaza de la importación de calidad y más barata se venía encima, se hicieron importadores. En el mejor  de los casos, pidieron salvaguardias.

Tengo una fila de contactos que reproducen las filas de cien gentes que se hacen en Venezuela para comprar leche. Luego de dar de alaridos, son parte de las dos cuadras de personas que hacen cola en los bancos de la ciudad. Salen sin plata: es que se cayó el sistema.

Yo no alcanzo a ver la gran diferencia.