Ecuador. lunes 18 de diciembre de 2017
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Barrenderos

Alvaro Alemán
Quito, Ecuador

Empiezo confesando mi  gusto por barrer.

Álvaro Alemán

Alvaro Alemán
Quito, Ecuador


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Empiezo confesando mi  gusto por barrer. Lo descubrí de adulto, al enterarme un día, barriendo mi casa, que no quería detenerme, que no podía dejar a un lado, fácilmente, ni el dulce movimiento ni la profunda conexión que sentía con mi lugar en el mundo. De manera que seguí barriendo, primero la entrada de la casa, luego el acceso a la misma, más tarde, me encontraba y me sigo encontrando, en busca de ocasiones para ejercer. He barrido carreteras, alfombras, camas, hospitales, gimnasios, oficinas y también calles, veredas, canchas, playas y una vez, hasta un río. Me he convertido en conocedor de escobas: las de cerdas gruesas y vegetales, las de cerdas finas, las de mango ancho de madera, para empujar con vigor hacia adelante, las de palo delgado y largo, para escudriñar, con un giro de la muñeca, los escondites del polvo enmarañado. He empujado con gusto atados de fibras de plantas en el campo, escobas artesanales, redondas, que reúnen sus hebras con alambre apretado y he barrido también hacia arriba, ensartando telarañas, hacia los lados, hacia las paredes, mojando la escoba, como pluma en tinta, para dejar sentada mi firma invisible de limpieza en la domesticidad que cultivo.

No sé bien por qué barro, ni me preocupa. Aunque tengo algunas pistas y modelos, el barrer se asocia con la búsqueda. En la parábola de la moneda perdida, el evangelista dice “Supón que una mujer tiene diez monedas de plata y pierde una. ¿No enciende una luz, barre la casa y busca con cuidado hasta encontrarla?”. Barrer sería algo así como un método para encontrar lo oculto, o disperso, o escondido.  Empuñar la escoba ofrece también una suerte de anclaje, la escoba como una suerte de árbol invertido, una conexión con el mundo natural y a la vez, un mecanismo de protección (¿contra la inercia?), aunque la escoba puede obrar como arma en una emergencia, me parece el instrumento menos propenso a la violencia.

Pese a que se asocia la brujería con la escoba y con la feminidad, la práctica aplica a ambos sexos. El primer recuento “oficial” que documenta el vuelo en escoba se registra en 1453, hecho en confesión por un brujo llamado Gillaume Edelin. El vuelo no lo lograba la escoba, sino una pócima aplicada a la misma y que seguramente consistía de alucinógenos que daban la impresión del vuelo. El teólogo español Alonso el Tostado, en Super Genesis Commentaria , de 1507, describe la práctica. El palo de escoba es el nombre de una canción de Paul MacCartney en que dice: “Un poco de magia, un poco de luz/Sube a bordo de mi escoba, ven y vamos a volar .

La asociación de la escoba con el vuelo en mi caso, se vincula con la disociación, con el desdoblamiento que me inmersa en un espacio de reflexión, de aventura, en la creación de un orden distinto, en el establecimiento de una suerte de claridad en la que el rigor juega una parte, en el cumplimiento de un objetivo, en la despreocupación, en el acrecentamiento de una destreza, en la desactivación de la ansiedad. Esta configuración de la atención es algo similar a lo que Walter Benjamin describe cuando habla de modos de percepción corporales, táctiles y propios de la modernidad. Parecería que se trata de una economía de auto preservación, algo así como una manera de experimentar la intersubjetividad entre lo humano y lo no humano. Una distracción atenta.

Pero tal vez no tiene nada que ver con la modernidad, sino con la abstracción, tal era el caso de San Martín de Porres, de padre español asentado en Guayaquil, el “santo de la escoba”, a quien se le atribuye el milagro de la levitación.

La escoba también es símbolo de caos, y lo es, en cuanto todo objeto que impide el paso de mi escoba se convierte en adversario y potencial enemigo. Este es el tema del famoso poema de Goethe, “el aprendiz de brujo”, luego animado por Walt Disney en Fantasía, que relata la historia de la pérdida de control del conocimiento en manos de un principiante. Las escobas, presas de encantamiento, se multiplican y exceden, sin que el aprendiz de brujo pueda detenerlas, en una fábula del desbordamiento tecnológico, o tal vez de autoritarismo.  La escoba opera de manera similar en el Mago de Oz de L Frank Baum, cuando el Mago pide a Dorothy y sus compañeros que le traigan la escoba de la malvada bruja de Occidente, luego de haberla matado.

En el Ecuador, la Escoba, fue el título de un periódico irreverente fundado en Cuenca en el siglo XIX por Fray Vicente Solano. La publicación se revive en la misma ciudad en la década de los cincuenta del siglo pasado, con el subtítulo, “no más tontos”, su consigna era “el único enemigo de la escoba es la basura”.  Aquí, la escoba es un instrumento de castigo, dentro de la tradición del escarmiento literario y la polémica, asuntos  que han llevado a que el implemento se convierta en símbolo de anti corrupción, como es el caso de partidos políticos en Nigeria y en la India,  por ejemplo. También en el Ecuador, la plaga de la “escoba de bruja”, una enfermedad al árbol de Cacao, afectado en 1916 por la “monilla” y diezmado por la “escoba”, una afectación que produce brotes en el árbol similares a nidos de ave o escobas.

Otra tradición, historiada en Gales en el siglo XVIII y remitida a Gran Bretaña en el XIX, menciona la práctica de “saltar la escoba” como ceremonia de matrimonio al margen de la ley. Se trata de una costumbre utilizada por los esclavos en los EEUU para denotar el grado de libertad disponible a personas a quienes no se reconocían derechos. El escritor Alex Haley describe la práctica en su libro Raíces y es a partir de la serie de televisión del mismo nombre, a fines de la década de 1970, que se revive la costumbre como un modo de reconectar con el pasado afroamericano.

La escoba y el acto de barrer denotan, más allá de los sentidos históricos y culturales que el mismo implemento desplaza, un instinto migratorio que lo devuelve a la actividad doméstica. De niño, me hacía falta una escoba luego de presenciar la eucaristía, lo que me fascinaba era el acto público de limpiar la mesa, lavar los platos, guardarlos.

Y es en ese espacio, de celebración de lo cotidiano en que encuentro la mayor concentración de verdad del acto de barrer. Ya lo dijo Emily Dickinson hace más de cien años:

(Ella) barre con escobas multicolores,

Y deja los jirones;

Ay, ama de casa, en el poniente nocturno

Regresa, y plumea el estanque

Dejaste caer una maraña morada,

Dejaste caer un hilo ámbar;