Ecuador. lunes 18 de diciembre de 2017
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“Saquémonos la madre”

Miguel Molina Díaz
Quito, Ecuador

El sábado pasado he recordado, con enorme sorpresa, la genial película ‘El club de la pelea’ (1996) de David Fincher.

Miguel Molina Díaz
Quito, Ecuador


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El sábado pasado he recordado, con enorme sorpresa, la genial película ‘El club de la pelea’ (1996) de David Fincher. La mañana de ese día me enteré del cruce verbal –vía Twitter– entre dos dirigentes de Barcelona S.C. en el que uno de ellos le retaba al otro a un debate, después del cual le invitaba a que se ‘sacaran la madre’. Pensé que esa propuesta sería el episodio más amenazante que sucedería aquel sábado. Me equivoqué.

Pocas horas después, durante su cadena sabatina, el presidente Rafael Correa hizo un reto similar al asambleísta opositor Andrés Páez. “Sabe dónde encontrarme o diga dónde nos encontramos y arreglamos nuestros problemas uno a uno”, dijo Correa. Después propinó una constelación de insultos al legislador y finalizó la amenaza pidiendo a Páez que diga “día, hora y lugar”.

Páez no se demoró en responder: “Yo acepto el reto y que él me diga dónde y cuándo. Yo no me voy a correr. Y que el Presidente no se preocupe que yo le voy a pagar las curaciones”. El duelo estaba aceptado y los memes no se demoraron en anticipar las imágenes del encuentro.

En ocasiones como éstas me es imposible no pensar en el esperpento, esa fascinante estética literaria y artística –de la cual ya les he hablado– inventada por don Ramón del Valle-Inclán, que consiste en “una deformación grotesca” que se produce cuando personajes heroicos se reflejan ante espejos cóncavos. Las figuras públicas ecuatorianas, sobre todo los políticos, son el perfecto ejemplo de esta posibilidad. De hecho, ellos son esperpénticos. La obra genial de David Fincher, considerada película de culto, ha sido deformada grotescamente en la vida política ecuatoriana.

En ‘El club de la pelea’ Edward Norton y Brad Pitt son los gestores de una organización anticapitalista y anticorporativista que se reúne en el sótano de un bar para que sus miembros –como diría el Pocho Harb– se sacaran la madre. En esas peleas hay un gesto de irreverencia hacia un sistema de control social que requiere de ciudadanos ensimismados y mansos a fin de someterlos. En esa violencia hay un despertar y una liberación intelectual. Y, además, en ‘El club de la pelea’ hay una purificación del espíritu por medio del cultivo de la fortaleza física y mental: cuerpos que luchando se despojan de lo ruin.

En la propuesta de Correa, por el contrario, hay vulgaridad y primitivismo. Es la deformación grotesca y machista de ‘El club de la pelea’ de David Fincher. No creo que el encuentro se llegue a dar. Pese a que Andrés Páez ha dicho: “Patria, yo te defiendo con mis puños y con mi vida”. No sería la primera vez que Correa rehúye de su propia palabra. Pero detrás de todo esto hay una visión del país: un Ecuador de machos cabríos, de sementales heridos en su honor fálico, de violentos golpeadores ebrios de testosterona.

Algo muy retorcido debe haber en los habitantes de este país para merecer políticos que quieren resolver sus diferencias como matones de barrio. Lo triste es que a Correa se lo eligió en las urnas, luego de una campaña electoral que en el 2006 ponderaba los correazos. Los líderes de una sociedad dicen mucho de la misma. ¿Qué clase de país es este, que celebra la violencia como método para resolver sus conflictos? ¿Qué clase de sociedad es la que tolera a un presidente que reta a un legislador a darse de puñetes?

La respuesta es desoladora: el Ecuador es un país violento y, en muchos aspectos, incivilizado. Puede que tengamos a Pegaso en el espacio, carreteras de primer mundo y escuelas del milenio con tecnología de punta, pero en varios sentidos seguimos siendo salvajes. De nada le sirvió al presidente estudiar en Lovaina y en Illinois: los verdaderos académicos son profundamente humanistas y rechazan la violencia. Entienden que la vida pública de un país es un debate de ideas y no de puñetazos.

Y no, no culpo ni critico a Correa. Sería injusto. Él no es más que el ídolo de una nación que proyecta en él sus ambiciones, que lo considera modelo a seguir y que intenta replicar su conducta inmadura. Un país que prefiere que todos nos ‘saquemos la madre’ pero que no pensemos ni que critiquemos.

Por cierto, ‘El club de la pelea’ termina cuando Edward Norton descubre que Brad Pitt en realidad no existe y es una personalidad disociada dentro de sí mismo. Era el signo de la violencia que habitaba en él y que no podía controlar. En la última conversación entre los dos, Norton le apunta a Brad Pitt con la pistola pero entiende que dispararle no tendrá sentido, pues Pitt es él mismo. Entonces se pega un tiro en su propia cabeza. Y es que el verdadero duelo, señor Presidente, es siempre con uno mismo.