Ecuador. viernes 15 de diciembre de 2017
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Globos de ensayo

Luis Fernando Ayala
Guayaquil, Ecuador

Cuando se anunció que el presidente Correa debatiría con analistas económicos independientes sobre su modelo económico, me pregunté inmediatamente sobre la intencionalidad de este “debate”.

Luis Fernando Ayala
Guayaquil, Ecuador


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Cuando se anunció que el presidente Correa debatiría con analistas económicos independientes sobre su modelo económico, me pregunté inmediatamente sobre la intencionalidad de este “debate”. Es que los regímenes con tendencias autoritarias por definición no debaten: imponen, insultan, amenazan, pero no debaten.

Descarté de plano que la intención fuera confrontar modelos económicos alternativos. Si la idea era realizar un debate académico riguroso, o “técnico” como le gusta llamar al presidente; la presencia de Ramiro González simplemente no se justificaba. Y si por el contrario la idea era establecer un debate político-económico sobre el futuro del país; lo lógico hubiera sido que el presidente aceptara la invitación a debatir de Guillermo Lasso, quien según todas las encuestas es su único contendor real por la presidencia en el 2017.

La primera hipótesis que se me pasó por la cabeza es que ante la gravedad de la crisis económica que afecta a nuestro país; utilizaría este espacio para anunciar medidas sustantivas tendientes a corregir las graves distorsiones, que sus equivocadas medidas intervencionistas están generando en nuestra economía. Pero para sorpresa de propios y extraños, el presidente no solo negó que estuviéramos en crisis, sino que se felicitó a si mismo por haber hecho las cosas “muy bien”; apelando a que el fin último de la economía debe ser el hombre y no indicadores macroeconómicos tan fútiles como el riesgo país. Lo que no quedó claro es como el presidente monitorea el grado de bienestar de los ecuatorianos; aunque siempre es posible que el ministro Freddy Ehlers haya perfeccionado la fórmula del cálculo felicítico que tantos desvelos le causó a Jeremy Bentham a finales del siglo XVIII.

Otra posibilidad era que el presidente sentía la necesidad de enviar un mensaje de tranquilidad a los agentes económicos ante el incierto panorama al que nos enfrentamos y de esta manera atraer la necesaria inversión privada que tanto requiere el país para sustituir a la inversión estatal afectada por la caída del precio del petróleo y el despilfarro revolucionario. Pero ese no sería el caso. No solo el presidente volvió a calificar al sistema de dolarización como un “error”, sino que minimizó la importancia que tiene la Inversión Extranjera Directa (IED) equiparándola con los fondos golondrinas; ratificando que no tiene ninguna intención de eliminar el impuesto a la salida de divisas, que se ha constituido en una clara barrera a la entrada de capitales a la economía ecuatoriana. Tampoco pudo resistirse a dejar en claro que no abandonará sus hábitos populistas, indicando que si hay que hacer ajustes fiscales adicionales se lo hará afectando a los más ricos (léase sector empresarial); aunque esto implique cambiar las reglas del juego vigentes, incrementando de esta manera la sensación de inseguridad jurídica. Toda una receta para atraer a la inversión. Los que esperábamos señales de tranquilidad, bien debíamos hacerlo tomando asiento. Y es que el presidente no puede transmitir serenidad, simplemente porque nadie puede dar lo que no tiene.

Es por ello que la única explicación plausible para el denominado “debate económico”, es que el presidente se toma en serio eso de que hay que “escoger a los amigos con cuidado, pero aún más sabiamente a los enemigos”. Pareciera que existe una intencionalidad de elevar el perfil de Ramiro González y de Alberto Dahik, en momentos en que ambos personajes han manifestado en privado su “disponibilidad” para aspirar a la presidencia en el 2017. No podemos olvidar que en Ecuador se puede ganar en primera vuelta con apenas el 40% de los votos, si el segundo saca menos del 30%. Ante un panorama económico cada vez más complicado, nunca es demasiado temprano para erigir globos de ensayo tendientes a dividir el voto opositor en el 2017.

En el caso de González su principal potencialidad pasa por el hecho de ser quiteño, ante la ausencia de un candidato opositor capitalino con opciones, hecho que se vuelve más latente ante las dificultades de Mauricio Rodas en su gestión municipal. A esto se suma su origen  socialdemócrata, que en principio podría resultar atractivo para el votante quiteño de clase media. Pese a lo anterior, el globo de ensayo de González difícilmente se elevará demasiado. Ante la grave polarización que vive el país, consecuencia directa de la política de confrontación permanente de este régimen; resulta poco plausible que los votantes de oposición puedan optar por alguien que hasta hace poco se definía como “leal al proyecto” de Rafael Correa.

El caso de Alberto Dahik es distinto. Quienes se apresuran a descartar de plano las consecuencias de una posible candidatura presidencial de Dahik cometen un grave error de juicio. No solo es claro que la solvencia intelectual de Dahik resulta indiscutible; sino que realmente se trata de uno de los políticos más hábiles que haya aparecido en el escenario político ecuatoriano en las últimas décadas. Para quienes no hayan tenido la oportunidad de hacerlo, resulta indispensable escuchar su intervención ante el Congreso en octubre de 1995, durante el juicio político planteado por legisladores socialcristianos, por un presunto peculado en la cuenta de gastos reservados, que terminaría con su exilio en Costa Rica. La tierra literalmente tembló esa noche y el Congreso absolvió a Dahik pese a que el gobierno contaba con una exigua representación parlamentaria. Creer que el escándalo de los fondos reservados en el que se vio envuelto lo descarta por completo, es desconocer que para la mayoría del electorado, la primera vez que escucharon hablar de Dahik ha sido precisamente durante el “debate económico”; y que la imagen que se han llevado de él probablemente sea positiva, más aún al contar con la absolución presidencial, que lo declaró libre de toda culpa pasada, a la vez que lo definía como un “fundamentalista” de recta intención.

Considero que la reaparición de Alberto Dahik en la escena política nacional resulta una adición importante para elevar el nivel de la discusión de los asuntos públicos, en momentos en que el debate político se ha visto rebajado a tal punto que lo más sobresaliente ha sido la truncada pelea entre el presidente y un legislador de oposición. Grave error cometería eso sí el ex vicepresidente y quienes aspiran a apoyarlo si pretenden prestarse (deliberadamente o no), para facilitar la reelección de este régimen dividiendo el voto opositor. Afortunadamente, las recientes elecciones en Argentina, resultan una buena demostración de cómo inclusive en situaciones donde los políticos no actúan con la responsabilidad que de ellos se espera, el pueblo puede terminar dando una gran lección de racionalidad discriminando entre los contendientes reales y los que no lo son.