Ecuador. domingo 17 de diciembre de 2017
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El circo sigue

Hernán Pérez Loose
Guayaquil, Ecuador

Tal parece que la revolución del espectáculo sigue en su apogeo.

Hernán Pérez Loose
Guayaquil, Ecuador


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Tal parece que la revolución del espectáculo sigue en su apogeo. Dos semanas atrás el país fue sorprendido con el vergonzante hecho de la desafiante invitación del jefe de Estado, y jefe de todos los poderes públicos, para resolver por los puños un desacuerdo con uno de los líderes de la oposición. Uno a uno, dijo. Después de todo, así es como los machos resuelven sus discrepancias. Peleando cuerpo a cuerpo. El vergonzante capítulo pasará a la historia como la expresión más evidente de la decadencia política a la que se nos ha arrastrado. El mundo entero registró el hecho. Desde CNN hasta el Washington Post. Sí, ya el mundo ubica dónde está Ecuador, una banana republic en vías de convertirse en monarquía, al viejo estilo de los Somozas y Trujillos allá por los años sesenta del siglo pasado.

Y como para tapar semejante acto de vulgaridad matonil, armaron rápidamente el show de un debate. Parecía increíble que quien hasta hace poco prohibió a unas asambleístas debatir –qué otra cosa hacen los parlamentarios en cualquier democracia del mundo que no sea el debatir– sobre asuntos que le incomodaban a él, sea ahora quien proponga precisamente debatir. En fin, cosas de la banana republic. (¿Qué otra cosa se les ocurrirá luego para distraernos? ¿Correr en una maratón? ¿Participar en un campeonato mundial de baile?…).

Porque lo de la semana pasada fue cualquier cosa, menos un debate. El llamado moderador recordaba la forma como funcionan en el Ecuador los organismos electorales o las cortes de justicia, como simples asistentes o auxiliares del jefe de Estado, inclinando la cancha a su favor, permitiéndole a él que rompiera las reglas, y todo hecho con poca vergüenza.

Y no solo eso. Lo de fondo es que no hubo un cruce de ideas que echaran luces en la búsqueda de soluciones a los grandes problemas que enfrenta el Ecuador. Fue un monólogo más, de los que ya tiene acostumbrado al país, machacando sobre las mismas cantaletas. Después de casi una década en el poder, luego de haber pulverizado la poca institucionalidad que existía, luego de entronizarse como dueño de las cortes de justicia, los organismos electorales y otros espacios del poder, luego de haber recibido la más grande bonanza fiscal en nuestra historia, y haber convertido a la Constitución en una simple toalla de baño, luego de todo ello, insistir en echarle la responsabilidad de la crisis de hoy al pasado resulta increíble.

Mientras el supuesto debate tenía lugar, el desempleo seguía creciendo, la pobreza aumentaba y la inversión decaía. En las dictaduras y en las autocracias, los detentadores del poder son los últimos en enterarse de lo que realmente está sucediendo en sus naciones. El estado de negación en que ellos viven los lleva a minimizar los problemas, echarles la culpa a otros y crearse enemigos. Cualquier cosa, menos reconocer sus errores y rectificar a fondo y a tiempo.

Hasta hace poco Cristina Fernández en Argentina vivía también en un estado de negación similar. (O)

El artículo de Hernán Pérez ha sido publicado originalmente en El Universo.