Ecuador. martes 12 de diciembre de 2017
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Rebelión en la granja, un latigazo al poder

Allen Panchana
Guayaquil, Ecuador

Fue escrito a finales de 1943 y está, todavía, demasiado vigente.

Allen Panchana
Guayaquil, Ecuador


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Fue escrito a finales de 1943 y está, todavía, demasiado vigente. Es un libro que supera el tiempo. He leído “Rebelión en la granja” en pocas horas. No estaba en mi lista de prioridades, sin embargo, desde la primera página es imposible detenerse.

Es un latigazo a cualquier poder, sea comunista, socialista, derechista, aunque su autor dirigió los dardos al régimen soviético. La ironía y capacidad de análisis motivan aplausos para su escritor, George Orwell (Motihari, India, 1903-Londres, 1950).

La trama es, aparentemente, sencilla. Los animales, hastiados del señor Jones, a cargo de la Granja Solariega, planifican tomar el control. Y lo hacen. Animados por el Viejo Comandante, un premiado verraco blanco, que les habla del significado de la supuesta libertad. “El hombre es la única criatura que consume sin producir. No da leche, no pone huevos, es demasiado débil para tirar el arado, no corre con rapidez suficiente para atrapar conejos. Sin embargo, es dueño y señor de todos los animales (…) Con solo deshacernos del hombre, el fruto de nuestro trabajo sería nuestro. Casi de la noche a la mañana podríamos ser ricos y libres. ¿Qué debemos hacer entonces? ¡Trabajar día y noche, en cuerpo y alma, por el derrocamiento de la raza humana! Ese es mi mensaje, camaradas: ¡la rebelión!”.

Ojo con el cerdo, es el líder, como lo serán todos los de su especie que lo sucedan. El Viejo Comandante, antes de morir, les enseña una canción (Bestias de Inglaterra), que luego se convierte en el himno que abanderó la toma de la granja (típico de políticos animales de apelar a sensaciones con la música sin enfocarse en lo medular). Crean sus propios mandamientos. Sus códigos.

Y aunque luego de derrocar al señor Jones pareciera que vienen mejores días para las vacas, ratas, caballos, burros, gallinas, gansos, ovejas, palomas y todo ser de cuatro patas o dos patas más alas, en realidad, no es más que pura patraña, propaganda y manipulación de un sistema para enriquecer a unos y engatusar a otros. Como toda falsa revolución, sea comunista, socialista o ciudadana.

El lector se reirá e indignará casi al mismo tiempo. Descubrirá cómo el poder puede transformar a cualquiera, incluso a los animales (a la larga uno se pregunta quiénes son peores, si las bestias o los humanos). Orwell usa un lenguaje claro y metáforas precisas.

Los siete mandamientos de la rebautizada Granja Animal, aparentemente inamovibles y escritos en piedra (como los que recibió Moisés o alguna Constitución de cualquier país ofrecida para durar 300 años), se vuelven móviles. Mandamientos modificados, enmendados o alterados (el término que le calce mejor) para favorecer a los de siempre: los cerdos y los perros que detentan el poder. Eso sí, siempre acompañados de los balidos de las ovejas que cambian su discurso según las entrenen. No piensan, no cuestionan. Solo repiten.Al principio la consigna era: “¡Cuatro patas, sí; dos patas, no! ¡Cuatro patas, sí; dos patas, no!”. Pero nada es eterno, al menos en este tipo de rebeliones… Y como si las ovejas fueran parte de cualquier Congreso, Senado o Asamblea cambian, inmediatamente, el discurso, como lo disponga el Presidente de la República Animal:“¡Cuatro patas, sí; dos patas, mejor! ¡Cuatro patas, sí; dos patas mejor!”. Claro, los cerdos se quieren parecer más a los humanos, a esos que antes tanto cuestionaban.

El domador no es más que un cerdo experto en manipulacióny propaganda de nombre Chillón, quien hace de vocero o Director de Comunicación de su jefe que ahora solo se la pasa engordando y reproduciéndose.

Quienes moran la Granja Animal siguen creyendo hasta el final en los discursos falaces (excepto el burro, ¡qué inteligente es! Y aplausos para el gato ocioso, que se escabulle y le da lo mismo la esclavitud disfrazada de libertad a la que están sometidos sus compañeros).

El líder o presidente, el cerdo Napoleón, siempre tiene la razón y nadie puede contradecirlo. O, de lo contrario, literalmente ordena asesinarte en público. No es que te invite primero a darse de golpes y ser valientes. O sea, duelo no existe. No. El cerdo manda a degollarte (aunque uno de los mandamientos prohibía que un animal mate a otro).

A Napoleón hay que hacerle vivas y poemas. La reverencia. Porque él está construyendo una nueva república, donde la libertad es la bandera (o la soberanía). Al final solo queda un mandamiento, así, en mayúscula: “TODOS LOS ANIMALES SON IGUALES, PERO ALGUNOS ANIMALES SON MÁS IGUALES QUE OTROS”.

*Mil gracias a Juan Pablo Vintimilla, colega, amigo y hermano Balboa (@pingu01) por regalarme “Rebelión en la granja”, una joya de George Orwell. Gracias infinitas también a Gustavo Javier Macías, tocayo, amigo y asesor de Mr Books, por sus comentarios de la obra que me ayudaron para escribir esta columna.