Ecuador. Lunes 16 de enero de 2017
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¿Qué pasa con Quito?

Felipe Burbano de Lara
Quito, Ecuador

Hizo bien el alcalde de Quito en anunciar su decisión de permanecer en el municipio y olvidarse, al menos por el momento, de cualquier fantasía por ser candidato a la presidencia en las siguientes elecciones.

Tampoco tenía otra opción dados los malos números que afectan a su imagen y gestión; primero deberá demostrar –aunque ya ha pasado algún tiempo desde su llegada al municipio– que puede ser un buen alcalde, conducir bien lo público, para luego proyectar su vida política hacia otras aspiraciones.

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Creo que hay tres problemas básicos que afectan a Quito y a la administración de Mauricio Rodas: el modelo institucional del municipio, la falta de una estructura política que respalde la gestión del alcalde, y su poca experiencia, la improvisación –diría– en la gestión pública.

Con la eliminación de todas las corporaciones creadas en la administración de Paco Moncayo, Mauricio Rodas heredó de Augusto Barrera un modelo institucional que reconcentró en el aparato municipal toda la gestión de la ciudad. El modelo actual es una camisa de fuerza que mantiene atrapado al gobierno de Quito en una estructura pesada, burocratizada, lenta y costosa. Mauricio Rodas no está dispuesto a gastar tiempo en su reforma, pero tal como está difícilmente se podrá esperar una buena gestión. Sin duda, Quito seguirá viviendo una creciente incapacidad para responder a los problemas y demandas de sus habitantes.

La falta de una organización política que sustente la gestión del municipio hace de Rodas un alcalde flotante, solitario, con un equipo de colaboradores en permanente rotación, remendado, que no ha logrado consistencia alrededor de una visión de la ciudad. Esa soledad limita su liderazgo, mientras los actores de la ciudad no se movilizan en una dirección clara y compartida. A diferencia de Guayaquil, Quito no logra imaginarse como el espacio de un proyecto político con identidad propia, mientras su imagen como centro emblemático del Estado y la nación hace rato que dejó de nutrir su personalidad.

La falta de experiencia de Rodas le ha impedido entender rápidamente la dinámica de lo público. Aquí pesa la improvisación. El alcalde llegó al municipio casi por obra del azar, cuando la ciudad buscaba un conductor –sin preguntarse mucho por su perfil– que le diera autonomía respecto del Gobierno de la revolución ciudadana y le permitiera construir un espacio propio. No hemos logrado ni lo uno ni lo otro: la fragilidad de Rodas limita su interacción con el Gobierno central, mientras el modelo de gestión frena la eficacia de su acción.

A lo anterior, se unen los malestares generados por la presencia de personajes muy cercanos al alcalde, y que provocan interferencias y conflictos, en unos casos, o falta de claridad y transparencia, en otros.

Lo cierto es que Quito vive una crisis de liderazgo, de su modelo de gestión, una enorme dispersión de sus actores, bajo la sombra y la presencia avasalladora del Gobierno central y su máximo líder. Hizo bien Rodas en reafirmar su compromiso con la ciudad en el inicio del 2016, pero aún tiene por delante un duro camino para restituir su imagen, y mostrar capacidad política y de gestión al frente del complejo gobierno de Quito. (O)

  • El texto de Felipe Burbano de Lara ha sido publicado originalmente en el diario El Universo.
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