Ecuador. martes 19 de septiembre de 2017
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Trazos de guerra

Antonio Villarruel
Quito, Ecuador

Es estupendo y deseable, y al mismo tiempo es triste y amargo, asistir a las manifestaciones que se producen en Alemania después de que más o menos trescientas mujeres pusieran denuncias por haber sido insultadas, vejadas física y sexualmente y, algunas de ellas, incluso violadas, durante la noche del 31 de diciembre en varias ciudades europeas, principalmente Colonia y Hamburgo.

Los acusados de estas agresiones son casi siempre gentes de origen árabe que han ingresado al país como refugiados o solicitantes de asilo.


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La buena noticia es que es ahora más que nunca cuando la ciudad, su materialidad y sus imaginarios, es el espacio por excelencia del ejercicio de la política, y reclamar el derecho que todo el mundo tiene de habitarla sin el menor riesgo, sin bestialidades como las de Colonia y Hamburgo, es una expansión de la comprensión de la vida social y mínimamente republicana.

No es poco lo que se gana cuando se adquiere el derecho de ocupar la ciudad y de modificarla como sea conveniente, fuera de parafernalias patrimonialistas o de los delirios de las obras espectaculares de arquitectos-estrella. No es poco lo que se gana cuando la ciudad es capaz de contener y celebrar la diversidad sexual, el ocio, el aprendizaje de las rutas de los transeúntes, la biodiversidad endémica –esa tarea que a la izquierda rancia le pesa todavía como yunque- o las barricadas de la indignación. A un lado de la vacua festividad liberal de la pluralidad, la apropiación del motor urbano, de su diseño y habitabilidad, y de las resistencias que desde este espacio se puedan urdir, es de lo más refrescante que se puede discutir en términos estéticos, históricos o sociales, ya rebasada la creencia de que la política solo ocurre en espacios delimitados como los medios, las instituciones del Estado o las iniciativas de la sociedad civil.

La contracara amarga de las manifestaciones en defensa de aquellas mujeres y ciudades es el entendimiento perverso de la violencia, que se multiplica viralmente, aunque le quieran poner coto o, peor aún, nacionalidad o extracción cultural. La guerra no ocurre solamente en Siria, en Irak, en Afganistán. Ocurre también entre quienes dieron su aquiescencia para que estallara en territorios que no son suyos y, de este modo, reproducen el colonialismo que aplicaron durante los dos siglos pasados. La brutalidad de las agresiones a las mujeres de Colonia y Hamburgo no puede ser recibida como el traslado irreflexivo de los hábitos de los hombres árabes con sus mujeres en sus países de origen. Esto, más bien, son trazos de guerra.

En Alemania se ha pasado de un ataque directo a los refugiados por “bárbaros” a una comprensión paternalista que quiere evitar el racismo, pero que exige acatar las normas mínimas de recepción de un país supuestamente generoso con los solicitantes de asilo, olvidando encadenar las procedencias de la barbarie. Alemania no ha sido generosa; como mucho, ha sido menos cicatera que los otros países europeos. Alemania no es una nación siempre civilizada, cuyos valores son la quintaescencia del proyecto democrático europeo: si uno rasca un poco la superficie, la misma barbarie de los agresores árabes aparece sin disimulo: hace poquísimos días, en una manifestación de rechazo a los refugiados, varios extranjeros, entre ellos un indio y un israelí, fueron horriblemente violentados. Parece los años treinta no son solo memoria. Parece que lo que merece Colonia también merece Madaya, y lo que reclama Hamburgo también podría quererlo para sí Homs y Palmira.