Ecuador. jueves 19 de octubre de 2017
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¿Unidad de quién?

María Dolores Miño
Quito, Ecuador

Una de las consignas más recordadas durante la caída de Lucio Gutiérrez en 2005, era la de “que se vayan todos”.

María Dolores Miño

Y no solo nos referíamos a los “todos” que en ese momento ocupaban cargos públicos, sino a todos los políticos que desde hace más de dos décadas habían participado en la cocción de ese caldo de corrupción, ilegalidad e irrespeto que había acabado con la paciencia de la ciudadanía. Los movimientos sociales exigían mayor visibilización y participación; los jóvenes pedíamos ser incluidos en el debate político, y en general, todos aspirábamos a reemplazar a una clase política caduca -dominada enteramente por hombres mayores- por otra que de alguna manera represente los valores y aspiraciones de las nuevas generaciones.


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En nuestro despecho, cometimos el grave error de asumir que cualquiera que no fuera esos políticos caducos iba a ser mejor. En nuestra necesidad de aferrarnos a algo, nos dejamos seducir por el discurso de unos neófitos en administración pública, que hablando solo con eufemismos y referencias nacionalistas nos convencieron, sin dar mayores pruebas, de que otro Ecuador era posible. Un discurso eufórico y unos jingles pegajosos fueron suficientes para entregarles el país y nuestros destinos. Casi una década después, hemos comprobado amargamente que las consignas sobre derechos humanos, respeto a la mujer, protección a la biodiversidad e inclusión a los indígenas que catapultaron a Alianza País al gobierno, no fueron más que un mal caso de publicidad fraudulenta.

Y nuevamente, hemos caído en el despecho político. Como el amante que descubre que ha sido traicionado, estamos cayendo en la desesperación. Y en esa desesperación, corremos nuevamente el riesgo de aferrarnos a cualquiera que nos proponga una opción distinta a Alianza País, asumiendo equivocadamente que nada puede ser peor que los nueve años de esa “revolución ciudadana”, que realmente nunca fue tal.

No se me ocurre otra manera de explicar por qué tantas personas han aplaudido la conformación de esa mal llamada “Mesa de la Unidad” y hasta crean que es una alternativa viable al correísmo. Basta mirar las fotos que circularon en la prensa para sentirse descorazonado: cinco o seis hombres, entre cuarenta y sesenta años, algunos sobrevivientes de los viejos partidos políticos, otros salidos recientemente del horno de los corazones ardientes, presentándose a sí mismos como la nueva oferta política a los ciudadanos. Por ahí, en segundo plano y medio borrosa, la imagen una vicealcaldesa de Guayaquil, y una asambleísta de Madera de Guerrero, que claramente no están liderando la iniciativa. Están, como se dice, “de relleno”. Ni un indígena. Ni un afroecuatoriano. Ni un miembro de la comunidad GLBTI. Ni una mujer, ni un joven. No existe representación ni diversidad en esta propuesta.

Me atrevo a decir que esa Mesa es cualquier cosa menos una alternativa al correísmo. No solo porque está liderado por un alcalde de derecha que tiene nefastos antecedentes en cuanto a respeto por los derechos humanos, o porque al último minuto se haya incorporado una persona que hasta hace muy poco disfrutaba de las mieles del gobierno de turno. No, la mesa no es una alternativa porque no es capaz de incluir y considerar como actores válidos a otros sectores, tradicionalmente marginados. Porque claramente pretende rescatar y perpetuar una política machista, hecha y desecha por hombres blancos, de edad avanzada, de posición social y económica alta; esos políticos que se cambian de camiseta como mejor les conviene; esos

que creen que un líder es quien más grita o quien más profiere insultos machistas al adversario. Esos que han guardado un silencio solapado en temas fundamentales, como el aborto, el matrimonio entre personas del mismo sexo y los crímenes de lesa humanidad. Esos, que hace diez años nos empujaron con su inoperancia y egoísmo a las fauces del correísmo, hoy se presentan como una alternativa. El simple hecho de que hablen de igualdad e inclusión sin incluir a ningún actor diverso como parte de la mesa es, desde ya, risible.

Como mujer, como joven, como defensora de derechos humanos, debo decir que esta gente no nos representa. Sería una irresponsabilidad ciudadana permitirles ganar terreno en la esfera política a un grupo que, llegado el momento, no moverán un dedo para la reivindicación de los derechos por los que diariamente trabajamos. A gente ha guardado silencio ante un sinfín de atropellos y que ahora, cuando más se necesidad unidad, han excluidoa actores que son fundamentales para construir una verdadera democracia representativa de transición. Que nuestro despecho político no nos haga comer cuentos, que más bien, nos impulse a buscar alternativas que realmente contribuyan a construir una política diversa, inclusiva y enfocada en el bien de todos, y no el de todos los de siempre.