Ecuador. Martes 28 de Marzo de 2017
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Una traición llamada kindle (II)

Carlos Arcos Cabrera
Quito, Ecuador

Como les conté en Una traición llamada kindle, me compré un kindle y allí leí la última parte de El Quijote.

Fascinado por Cervantes, leí las novelas ejemplares, también en versión ebook.  Dos llamaron mi atención: la Novela del licenciado Vidriera y Novela del coloquio de los perros.

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Si fuera profesor de literatura (no soy, ni pretendo serlo) y debiera introducir a mis estudiantes en la lectura de Cervantes, no lo haría por El Quijote, ni siquiera en las versiones resumidas y actualizadas destinadas al bachillerato; lo haría con la vida del licenciado Vidriera o con el coloquio de los perros. Las dos novelas aún atrapan, especialmente la de Vidriera.

El argumento de Vidriera es el siguiente: dos cababalleros camino de Salamanca encuentran a un muchacho dormido bajo un árbol. Viste como el hijo de un labrador. Le despiertan e interrogan. El muchacho, llamado Tomás Rodaja, responde que quiere ir a Salamanca y busca un amo al que servir con la única condición de que le permita estudiar. Para sorpresa de los caballeros (y del lector) el mancebo sabía leer y escribir —inusual en el hijo de un labrador— y lo llevan con ellos.  Tomás tenía un «raro ingenio» y triunfó en Salamanca. Hizo un paréntesis en sus estudios y decidió conocer el mundo: luego de viajes y aventuras, regresó a la ciudad para reencontrarse con los libros.

El amor le juega a Tomás una mala pasada. Una dama «de todo rumbo y manejo» se enamora perdidamente de él, que no corresponde a los furores amorosos de la dama.  La dama desairada intenta un último recurso: una pócima para el amor. Al estilo de La bella durmiente (no por odio, sino por pasión) ofrece a Tomás un «membrillo toledano» que contiene la pócima. Él la come y por poco muere.

Seis meses después «aunque le hicieron los remedios posibles, sólo le sanaron la enfermedad del cuerpo, pero no la del entendimiento, porque quedó sano, y loco de la más extraña locura que entre las locuras hasta entonces se había visto». Tomás cree que su cuerpo es de vidrio «de piés a cabeza» y comienza a actuar procurando evitar toda circunstancia que implique algún riesgo de que pueda romperse, así llega a ser conocido como el licenciado Vidriera.

La locura da a Tomás una extraña sabiduría debido a que «ser hombre de vidrio y no de carne: que el vidrio, por ser de materia sutil y delicada, obraba por ella el alma con más promptitud y eficacia que no por la del cuerpo, pesado y terrestre». Admite preguntas de todo tipo y da respuestas ingeniosas, inesperadas, sagaces. Vidriera, en la convicción de su total fragilidad es la antítesis de los superhéros, indestructibles y torpes.

En una ocasión un estudiante, admirado por sus respuestas le pregunta si es poeta. Vidriera responde:

«—Hasta ahora no he sido tan necio ni tan venturoso.

—No entiendo eso de necio y venturoso —dijo el estudiante.

—No he sido tan necio que diese en poeta malo, ni tan venturoso que haya merecido serlo bueno».

Si Alonso Quijano, el Bueno, llega a la locura, a través de una inmersión radical en los libros de caballería y se transforma en El Quijote; la locura de Tomás, que de letrado se carne y hueso cree haberse convertido en un hombre de vidrio, es resultado de no haber respondido a la pasión amorosa de una dama.

Cervantes cuenta que un poco más de dos años duró la enfermedad de Tomás. Mucho más larga que la de Alonso Quijano, el Bueno. Si la derrota en Barcelona lleva al Quijote de vuelta a la cordura, en el caso de Vidriera fue un monje de la Orden de San Jerónimo quien «le curó, y sanó y volvió a su primer juicio, entendimiento y discurso,…, le vistió como letrado y le hizo volver a la Corte». Tomás cambió su apellido de Rodaja al Rueda.

De manera similar a lo que ocurre en El Quijote, en la vida de Vidriera, la locura es necedad y sabiduría, un mirar la vida desde un ángulo que la cordura y la razón no lo permite. Alonso Quijano retornó a la cordura y a la muerte;  Tomás Rueda, sin sufrir derrota, fue curado y perdió la sabiduría y el ingenio, fracasó como letrado en la Corte, tomó el camino hacia Flandes en donde al decir de Cervantes terminó sus días «dejando fama en su muerte de prudente y valentísimo soldado».

En las dos novelas Cervantes renuncia a que sus personajes mueran en la locura. Tal vez creía que no era una buena muerte. Optó por darles vida en la locura y muerte en la cordura, en el imperio de la razón.

De la Novela y coloquio que pasó entre Cipión y Berganza, perros del hospital de la Resurreciión, que está en la ciudad de Valladolid, fuera de la puerta del campo a quien comúnmente llaman «los perros de Mahude», no comentaré nada, únicamente recomiendo su lectura, en cualquier edición en papel, hay algunas y a precio rebajado, o en el kindle, si tienes uno y estas dispuesto a buscar la frase que quieres volver a leer, señalando una «posición». La página con su número, es cosa del pasado. Y la verdad que me cuesta: una página es una página, en tanto que una posición, puede ser cualquier lugar o quién sabe. Es todo por hoy.