Ecuador. viernes 20 de octubre de 2017
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Chirinos: camino a la inmortalidad

Xavier Oquendo Troncoso
Quito, Ecuador

Conocí a Eduardo Chirinos gracias a otro queridísimo poeta, el colombiano Juan Felipe Robledo.

Siempre me habló de su don de gente, su hospitalidad, su cariño y su sentido del humor. En el año 2014 lo invité al Encuentro Internacional de Poesía Paralelo Cero. Luego de tratarlo y notar su voz bajita, cómplice y secreta, su irónico, inteligente y sutil sentido del humor, su complicidad a la hora de decir las cosas o callarlas, todos los que estábamos cerca de él hicimos un consenso: declarar a Chirinos como el mimado del grupo. “Todos quieren a Chirinos”, parece oírse en el grupo. Siempre Buscamos en él la camaradería para poder lanzar la flechita de ese humor negro que tan bien le salía. Cuando leía en público siempre lo hizo con una parsimonia envidiable: muy quedamente decía sus poemas, que resultaban siempre muy bien recibidos, porque siempre sonaban como un diálogo proverbial, socrático, intenso, en medio de una sala con chimenea y paseo mayéutico, como que el universo poético de Chirinos era una metáfora de una casualidad, una cotidianidad suya, un momentito que era importante y vivo y que solo le importaba a él, sin embargo, todos nos embarcábamos hacia la aventura crítica de su poesía, que es tan vivificante y hermosa, tan eterna, tan prematuramente clásica.


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Lo volví a encontrar en Granada, Nicaragua, en el enorme festival de Poesía que realizan todos los años. En el 2015 estuvimos recorriendo las calles de la bella ciudad: comiendo manjares y bebiendo con exquisita moderación el delicioso ron centroamericano. Junto con los poetas María Ángeles Pérez López, de España; Julia Erazo, de Ecuador; Rolando Kattán, de Honduras; Víctor Rodríguez Núñez, de Cuba, entre otros, hicimos una suerte de grupo con el que disfrutamos esos días en donde se concentra un montón de poetas en el calor del lago Cocibolca. Pasamos días de risa, de poesía y de amistad. Fue allí donde sellamos el pacto de amistad total.

Luego de unos meses de Granada, Eduardo volvió a Quito para presentar una antología de su poesía. Tuve la suerte de ser uno de sus anfitriones en esta ciudad, nuevamente. Intensas conversaciones, regalos bibliográficos y afectos fueron siempre nuestros abrazos de hermandad.

Su libro “Hasta que el lobo está” (2010) es una de las joyas de la poesía latinoamericana contemporánea. Soñé con editar esta obra maestra que ganó el premio español “Generación del 27”. Su gran obra poética siempre estuvo sostenida por una sensibilidad controlada por el estudio y la cátedra que ejerció por años, el enorme amor a la lectura y su accionar por convivir con su dura enfermedad: no tenía estómago debido a unas operaciones que le salvaron la vida por su agresivo cáncer. Esto hizo de Eduardo un ser peculiar: tenía problemas con su digestión y esto era todo un ritual a la hora de comer en dosis pequeñas a lo largo del día e inclusive su sentido del gusto había desaparecido casi por completo. Sin embargo, estas mismas cuestiones tan difíciles de asumir en la vida, desarrollaron en Eduardo todo un discurso humorístico: contaba sus derroteros de salud con gran imaginación y poesía. Enorme conversador, siempre versado y capaz de sorprender siempre. Infalible a la hora de la crítica, pero siempre un caballero, siempre un señor, nada de aspavientos de “divo” del verso, no era de los que se creía la “flor de arena del desierto”, ni mucho más.

Su muerte tan temprana (tenía 55 años) nos duele aún más. Su gran obra poética y crítica le sobrevive, claro está, pero en este caso, en este momento, en estas circunstancias sí creo que la vida nos quitó muy rápido a Eduardo. Siempre se dice que con una obra tan consolidada como la de Chirinos, uno puede “morirse tranquilo” y seguramente así lo hizo, lo que duele de la ingrata vida es que todos sus amigos, que están regados por el mundo, estamos huérfanos de hermanos, que lo hemos sufrido, que hemos quedado sin él, que se nos ha ido este señor que era un hombre increíble, un ser hecho de gratitud, de amor. Salido exactamente de su poesía, como que era un personaje hecho de poemas.

Si el poeta fuera un poema y viceversa, entonces habría que dedicar a Eduardo un poema de él mismo. Este (Fragmentos de una alabanza inconclusa), por ejemplo, que dice: Debe haber un poema que hable de ti,/un poema que habite algún espacio/donde pueda hablarte sin cerrar los ojos,/sin llegar necesariamente a la tristeza./…/Desde que te conozco voy en busca de ese poema,/ ya es de noche. Los relojes se detienen cansados en su marcha,/la música se suspende en un hilo/ donde cuelga tristemente tu recuerdo./ Ahora pienso en ti y pienso/que después de todo conocerte no ha sido tan difícil/como escribir este poema.

Este texto no es para la obra poética que se queda, es para el poeta que se fue, para el amigo, para el señor Eduardo Chirinos que nos dejó huérfanos, pero siempre habrá, ese es el consuelo, algún poema en donde llegue Eduardo, con su palidez, a calentarnos la vida.