Ecuador. Sábado 22 de Julio de 2017
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Un chaulafán imperialista

Juan Romero Vinueza
Quito, Ecuador

He leído que más ciudadanos chinos podrán ingresar al Ecuador, pero esta vez sin visa.

Eliminar las visas le gusta mucho al Ministerio de Relaciones Exteriores y Movilidad Humana, sobre todo a los países con los cuales el gobierno de paso está de a buenas –o, en otras ocasiones, endeudado–. Desde hace seis años los ciudadanos de Afganistán, Bangladesh, China, Eritrea, Etiopía, Kenia, Nepal, Nigeria, Pakistán, Somalia, Senegal, y, desde hace poco, también Cuba necesitan visa para ingresar a nuestro país. Ah, cierto, también se les pedía los antecedentes penales a los colombianos que deseasen entrar. Ya saben, para no perder la costumbre de los prejuicios y la seguridad nacional.


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Sin embargo, desde el 1 de marzo, los visitantes chinos podrán darse vueltas sin visa por nuestro país, durante el lapso de 90 días. Podrán conocer nuestros sitios turísticos, aprender el idioma, comer nuestra comida típica, conocer como es la vida del tercer mundo, llenar varios restaurantes de hibridación chino-peruano-ecuatoriana, conocidos como chifas, con una lengua que casi nadie entiende en este país, traer más productos baratos y dejárselos a sus familiares que se encuentren aquí, etc.

Dícese el vox populi criollo –a modo de chiste– que es bueno que ahora podamos tener más chifas, más locales con productos de calidad dudosa, y más trabajo, porque los chinos son sumamente trabajadores. En realidad, me encantan los chifas. Es comida rápida, deliciosa y barata. También he comprado muchas baratijas en los locales chinos. Su precio es muy módico, pero su calidad no tanto. Y, sí, las facultades de explotación que tienen las empresas chinas son realmente increíbles. Podemos mirar lo que ha pasado en África con sus filiales chinas, por poner un ejemplo. Lo que no me encanta ni convence es que el país se esté vendiendo a los chinos.

Hay muchísimas empresas de telecomunicaciones, petroleras, ingeniería civil, construcción de hidroeléctricas, etc., provenientes de China que subcontratan a los ecuatorianos para, muchas veces, pagarles miserias –cuando les pagan–. Además, el monopolio que se intenta ejercer, parece que se está expandiendo cada vez más por Latinoamérica. Sí, el Ecuador le debe a China unas cuantas sumas de dinero altísimas, tan altas que ya son sólo especulaciones, y de alguna manera debe pagarle. Pues, facilitarles las visas y darles trabajo y dinero, es una buena paga. Nadie lo puede negar. ¡Así cualquier viene, pues!

Ya no somos el patio de Estados Unidos –o eso nos dicen todo el tiempo– pero nos estamos convirtiendo en el patio de China. Recordemos que hasta los “imperialistas del norte” le piden dinero a los “imperialistas de oriente” y que, ahora, también están endeudados con ellos.

Ahora ya no nos hemos vendido al “imperio gringo”, sino al naciente “imperio de oriente”. Hemos cambiado la etiqueta, pero no el producto que presentamos. Siento que esta frase, que nos han enseñado desde la escuela, cuando éramos niñitos y aún no sabíamos ni dónde estaba China, queda muy atinada para el momento: “último día del despotismo y primero de lo mismo”. Aunque, pensándolo mejor, podríamos decir: “último negocio con los gringos y primero con los mismos”.

Ante la ola de chinos que vendrán desde marzo, creo que no quedará más remedio que entender que esa migración ayudará nuestro turismo y les ayudará a los chinos a que nos hagan sentir como extranjeros en nuestros barrios. En fin, al parecer, deberemos sentarnos, ubicarnos cómodamente en una silla mientras vemos las noticias en chino –sin entender ni jota–, y pedirnos otro chaulafán, pero ya no con una Coca-Cola –o quizás, sí–.