Ecuador. Sábado 21 de enero de 2017
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En defensa de la Casa de la Cultura

Xavier Oquendo Troncoso
Quito, Ecuador

Sí. Puede ser verdad que la Casa de la Cultura Ecuatoriana Benjamín Carrión ha tenido sus épocas de bonanza y vacas flacas, su baile continuo con la crisis.

Verdad también que hay mucho aparato burocrático, mucho empleado “desculturizado”, mucha sombra del pasado inepto y poca voluntad. Verdad es que hay todavía una atmósfera anacrónica, pese a que sus principales: Raúl Pérez Torres y Gabriel Cisneros han sido extraordinarios guerreros de la gestión, del arte, de la renovación. Pero real es también que la entrañable Casa de la Cultura Ecuatoriana fue,  es y será una institución necesaria. Se sigue hablando que el pensamiento tecnócrata pretende desaparecer a la Casa y convertirla en una dependencia del Ministerio de Cultura. ¡Crasso error!, del que los dioses nos protejan. Mientras más instituciones culturales existan fuera de un sistema, más formas de trabajar en la gestión cultural habrá.

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Lo que más asusta es que la punta de la pirámide de un Sistema de Cultura sea nuestro tristemente célebre Ministerio de Cultura: dependencia plagada de formalismos burocráticos, con mucha menor experiencia y control que la CCE. El ministerio de Cultura del Ecuador fue un sueño que se ha ido gastando, como un borrador de niño.  Ninguno de sus ministros ha podido domar, hasta el momento, al nuevo animal de la burocracia. Y es que el sector cultural siempre estuvo disperso, en caminos descoyuntados; siempre se basó en verdades distintas a las oficiales. Cómo domar un sector tan inconforme, tan insatisfecho, tan creativo. Como volverlo parte de un sistema, como cimentar las bases desde las oficinas de un burócrata. Una ley de cultura que haga renacer lo que se ha hecho parte de la idiosincrasia de un país.

La Casa de la Cultura es, pésele a quien le pese, parte fundamental del Ecuador. Uno llega a cualquier ciudad capital de provincia y allí, casi siempre cerca del parque central, donde se ve la iglesia, la gobernación, la alcaldía. Allí donde se cuecen las frutas, en plena zona cero de la ciudad, está el núcleo de la CCE.

Su matriz fue fundada en 1944 por el gran Benjamín Carrión y desde allí ella se ha convertido en el templo protector de las artes del Ecuador: por ella hemos pasado todos, aunque algunos lo nieguen. Pocos países de América lograron en esa época tener este refugio de arte. Fue el lugar por donde pasó el arte desmesurado y profundo de figuras emblemáticas del Ecuador: Guayasamín y Carrera Andrade se hicieron conocer gracias a la Casa de la Cultura. Sendos y clásicos libros de casi todos los autores ecuatorianos fueron publicados en sus talleres, la gran obra pictórica fue expuesta por sus salas, el teatro y sus grupos más emblemáticos se presentaron en sus teatros y consiguieron espacios para trabajar, la música se hizo la expresión nacional: los coros, bandas, orquestas y sinfónicas se “tomaron” la CCE como si fuera un árbol de trinos. Todos pasamos una vez por ella y todos nos sentimos artistas en ella. La casa nos acogió siempre, a mí desde los 17 años me dio el primer empujón: nos entregó las primeras alas, nos hizo sentir que tenemos el derecho, que podemos ser parte del no-sistema del arte, de la expresión, de la cultura de un pueblo.

El Ministerio de Cultura ha sido distinto. Siempre discursivo, siempre amparándose en letargos sociológicos, siempre deconstruyendo y muy pocas veces formando, consiguiendo, difundiendo. No me gusta mucho esa pose de “los portadores de la receta de la modernidad bajo el brazo”. No creo que el Ministerio de Cultura tenga la autoridad moral (sí el poder, pero no la autoridad) de borrar de un plumazo los casi 72 años que han sostenido a un país en sus constantes y recurrentes crisis. Me niego rotundamente a creer que una ley va a someter la historia. Ahora que, si el Ministerio de Cultura fuera una fuente inagotable de propuestas maravillosas y, más que propuestas, de hechos culturales necesarios, creativos, auténticos, entonces sería distinto. Cómo es posible que una institución que ha vivido una crisis desde casi sus orígenes (7 ministros en 9 años y una cantidad de burócratas, tecnócratas y demás personajes han desfilado por sus oficinas sin mucho aporte más que una eterna discusión) quiere asumir a otra institución a la que, por lo menos, la ha fortalecido el tiempo, que ya tiene su historia y sus frutos.

Muchos de los presidentes de la CCE han sido talentosos hombres de cultura que han tenido que enfrentar la gestión cultural como sinónimo de mendiguez: la dependencia, la corrupción.

Claro que la CCE tiene serios problemas, sobre todo por muchos de sus empleados que sufren de ese sentimiento rudo de sentirse burócratas propiamente dichos, de esos que Kafka odió y se mofó excesivamente. Pero nadie puede negar que sus cimientos fueron efectivos a la hora de ser partícipes reales del arte y la cultura nacional. Que nadie toque a la Casa de la Cultura, por favor. Que nadie la toque.

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