Ecuador. Lunes 23 de enero de 2017
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Un Don Quijote hablando de arte

Ignacio Dávila Espinoza
Quito, Ecuador

En un artículo publicado el 19 de febrero de 2016  en este medio se pretende dar cuenta de la importancia del arte en la actualidad.

En medio de los vaivenes del lenguaje – de adornos  verbales innecesarios y metáforas inocuas – se presenta un argumento que, a pesar de estar expuesto rigurosamente, responde a la posibilidad y características del arte en tiempos pretéritos.

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El argumento de Miguel Molina consiste en situar al arte como el espacio por excelencia para observar a la totalidad de la humanidad. El argumento no presenta realmente nada nuevo: Habermas lo había planteado hace ya más de 40 años. Al igual que Habermas, Molina aboga para que el arte se convierta en una arma que permita explorar situaciones históricas y ponerlas en relación con problemas de la existencia, es decir, para que el arte se convierta en un puente que conecte las distintas dimensiones humanas y dote de una unidad de sentido a la vida. Pero, ¿qué tipo de unidad totalizante es la que quiere promover el articulista? En este punto, se encuentra una inmensa divergencia entre el planteamiento riguroso habermasiano y las ideas dubitativas de Molina; pues, mientras el primero reconoce el carácter fragmentado de la modernidad y la necesidad de brindar coherencia y unidad a los discursos del conocimiento, la ética y la política, el segundo aboga por tres unidades divergentes que – como se observará – responden a tres momentos específicos de la historia.

Al concebirlo como un acto de amor, Molina afirma que una de las unidades que puede brindar el arte es la generación de lo bello como valor eterno e inmortal. Es decir, se concibe al arte como el camino en el que se busca el sentido último de lo Bello. Esta postura responde claramente al papel del arte en la antigua Grecia, pues este era concebido como una de las actividades para el conocimiento de una de las tres verdades absolutas. Mientras que la ciencia se concebía como búsqueda del sentido último de lo Justo y la Verdad, el arte se ocupaba de encontrar la esencia de lo Bello. Se buscaba la belleza ideal en la recreación del mundo ideal platónico o en la mímesis aristotélica.

La segunda unidad que Molina pretende reclamar para el arte es la de comprender el sentido de la vida: de la muerte, del amor, de la vida, etc. Para el articulista, el arte permite comprender las experiencias colectivas y el mundo desde la individualidad. Esta postura responde a la situación del arte en el Renacimiento, época en que, recuperando a Protágoras, se consideró al Hombre como medida de todas las cosas. El arte renacentista, expresado en las obras de Leonardo, Miguel Ángel y Durero, buscaba indagar explícitamente en el Humano en búsqueda de elementos para la comprensión de la Naturaleza, la Divinidad y cualquier otro fenómeno que ocurre en la realidad. Esto queda evidenciado en la asimilación que Durero hace de sí mismo, por medio de un autorretrato, con de la Divinidad; en el Hombre de Vitruvio de Leonardo que busca explicar los fenómenos geométricos a partir del cuerpo humano; en el David de Miguel Ángel que busca expresar la perfección del cuerpo humano.

Por último, Molina afirma que el arte permite al humano tener conciencia de la administración del mundo. Esta unidad propuesta liga íntimamente al arte y a la política. Se lo concibe como un instrumento de denuncia y de toma de conciencia del quehacer político del hombre. No creo que haga falta una demostración de que esta concepción responde claramente a la época en que se consideraba que el Estado y la esfera política eran el campo articulador de lo social. Los artistas comprometidos de la primera mitad del siglo XX son la muestra de que esta postura responde a un momento histórico distinto en el que se creía que el arte tenía la capacidad de responder a la decadencia de los tiempos. La historia ha demostrado que esta opción, además de inadecuada, resulta claramente peligrosa por sus gérmenes totalitarios.

Todas estas posturas han naufragado a lo largo de la historia. Ya nadie cree – y quien lo haga debería viajar en el tiempo a su época preferida – que el arte es por esencia el “camino hacia el verdadero ser”, ni el “camino hacia el conocimiento absoluto” o el “camino que da el sentido último a la vida”, peor aún “un instrumento de reflexión política”. No se nos malinterprete: no creemos que el arte se debe resignar a ser un producto del mercado, pues, en un mundo tan fragmentado y carente de centro organizador, ninguna esfera social puede sucumbir a otra. Reconocemos la autonomización del arte, pero no como una amenaza tecnicista, sino como un proceso que imposibilita realizar desde el arte una síntesis totalizante efectiva de la humanidad en su totalidad. La desintegración de lo humano y la fuerza nihilizante de la modernidad han hecho imposible pensar en un fin unitario de la historia. La relación realidad/creación (ficción) ya no es tan lineal como Molina espera que sea. En la actualidad, la ficción no solo observa la realidad y crece a partir de ella, sino que ella también se mira a sí misma; y muchas veces la realidad es la que observa a la ficción para sentar sus bases. En este sentido, parafraseando a Tolstoi, se puede decir que el arte carece de sentido porque no ofrece respuestas a las cuestiones últimas del humano que son las que importan: las de qué debemos hacer y cómo debemos vivir.

Es cierto que para hablar de arte debemos referirnos a los orígenes de estas discusiones, pero no podemos quedarnos estancados allí, pues entonces nuestras respuestas serán anacrónicas y, por tanto, inútiles. El anacronismo con el que Molina habla del arte en nuestros días nos recuerda a las cómicas aventuras de Don Quijote. Reconocer la autonomía del arte y enfrentar la fragmentación del mundo actual requiere de valentía. Quienes no reconozcan esto como elemento constituyente de la condición del arte en la época actual tienen dos opciones. La primera consiste en sacrificar lo artístico en su vida: dejar de contaminar el arte con búsquedas políticas o de sentidos últimos en la vida, y desplazarse con sus intenciones a la política o a la religión. Esta decisión nada tiene de reprochable; por el contrario, implica el reconocimiento de los valores últimos que guían nuestras acciones y la fidelidad que debemos guardarles. El otro camino implica tener el pasado por delante: convertirse – como Molina – en un nuevo tipo de Don Quijote.

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