Ecuador. Viernes 20 de enero de 2017
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Un poema que fluye como el agua y retorna arena

Cristian López Talavera

Cristian López Talavera
Quito, Ecuador

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El trabajo poético, pensado desde lo cotidiano, llega a ser ese proceso de (re)lectura del yo, en donde el sujeto es ironía dentro del hábitat del mundo. Ironía que conlleva crítica, por tanto, (re)escritura. El poeta tiene la figura del camaleón al entenderse como lenguaje y lejos de ser un observador cuestiona y se cuestiona. Entabla un entramado complejo de diálogo de sensibilidades; por eso, asistir al nuevo libro de Santiago Vizcaíno es asistir a un escenario donde los otros solo son un espejo desfigurado.

La voz poética reviste de otra piel. Piel que sangra palabras en un mundo caótico que destierra al hacedor de versos. Vizcaíno, cercano a la República de Platón, entiende el destierro del poeta porque sus palabras son muñones. Cada verso es una enfermedad: “no te leerán jamás en Austria ni en Finlandia ni en korea del norte/ poeta mediocre de la línea ecuatorial”. Esta voz poética sabe que las ideas son abstractas e invisibles, por tanto el uso de la palabra dialéctica transformará a ese monstruo en humano: “Se escribe porque se está en la oscuridad./ Lo que no quiere decir que la escritura sea luz./ Al contrario, es grito.”.

No hay emoción en este libro, hay un discurso del cuestionamiento. Vizcaíno comprende que escribir una poética de la emoción es decorar a la palabra, su trabajo dista de esa idea y emprende una poética hacia una nada, en donde no hay luz, solo escombros y habita y dice: “El vientre de mi madre era el logos de la nostalgia”. El Santiagoenfermo del hoy se reencuentra con el Santiagoenfermo del ayer: “lo que era antes se ha ido y volverá con esos resortijones para habitar la memoria zombi…”. Habitat del camaleón esboza la tensión entre el hoy y el ayer. La oposición circular que no termina en un mañana. Es hoy y es nada. Como escribió Verdaguer, el poeta catalán, Lo que un siglo construye otro lo derriba, Vizcaíno recuerda y olvida; así construye al otro que retornará y a través del lenguaje habitará lo que alguna vez fue.

Hay que aclarar que Vizcaíno no construye una voz poética desde lo maldito. Al contrario, en el poema, las palabras cobran vida, dan significado a una vida que está próxima a decaer y renace en el canto del hijo

“ahora que tu rostro en construcción es la perfecta silueta…
Tu padre es una flama…/ en mitad del día”.

Así es el mundo del poema, un hábitat del camaleón, la voz poética se canta así mismo para luego cantar al otro, que es su hijo, el cual cantará al otro, su abuelo. La poesía de Vizcaíno es un constante fluir de las aguas, un constante retorno. Un visaje.

Es versátil la palabra en Vizcaíno. Esta versatilidad genera que la expresión de la imagen genere variada significación. Por un lado, reniega de sí mismo, entiende que la ciudad como centro de catarsis, es un laberinto en donde el ser ingresa a una cárcel. Ahí habita la soledad, la (des)anda y no puede huir.

“Dime, tú, borracho, ¿por qué no has llorado para vaciar
el ensueño?”
te acuestas en una cama vacía,
como el trago que alguien escupe y no bebe.”

Pero también, el poema es el lugar donde el poeta rehace la llaga. Asume la derrota, no esconde su sollozo y escribe sonriendo toda la falsedad que le rodea.

Vizcaíno, en esa deconstrucción de su hábitat, ordena su mundo. Renace en cada palabra y en cada imagen se (des)ordena. Entiende el poema infinito de Borges. A él asiste. En él se (des)hace.

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