Ecuador. lunes 25 de septiembre de 2017
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Borges y el arte

Ignacio Dávila Espinoza
Quito, Ecuador

Ha pasado algún tiempo desde aquel curioso y trágico acontecimiento.

Aún estoy a la espera de despertar y encontrarme con la noticia en algún medio local, pero la decepción es puntual e infalible. Pensé que el anterior año, dadas las primeras resoluciones del caso, alguien escribiría, si no un artículo de opinión, al menos una crónica del suceso. En 2009, el joven escritor Pablo Katchadjian publicó un libro intitulado El Aleph Engordado.  No era la primera vez que el argentino jugaba con algún clásico; en 2007, había publicado El Martín Fierro ordenado alfabéticamente. Aunque con diferencias notables, ambos textos son productos de un mismo procedimiento de transformación, tergiversación, añadidura, inversión, deformación y recomposición. Katchadjian agregó diálogos, adjetivos, descripciones, elementos narrativos y objetos en la trama. El resultado fue que El Aleph subió más de 5000 palabras de peso.


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Dos años más tarde, en 2011, María Kodama, viuda de Jorge Luis Borges, inició un proceso legal en el que acusaba de plagio al joven escritor argentino. El proceso se suspendió en primera instancia. Los abogados de Kodama apelaron al sobreseimiento sin éxito. Tiempo después, la viuda insistió en apelar y los resultados fueron distintos: la Cámara de Casación validó la apelación, el caso volvió a primera instancia y, en junio de 2015, Katchadjian fue procesado y condenado a un embargo por la suma de 80 mil pesos argentinos. Luego, el joven escritor apeló y logró que, en Agosto del mismo año, se revoque el procesamiento.

El proceso llamó la atención de todos quienes se interesan en la literatura. La reconocida profesora universitaria y escritora Beatriz Sarlo defendía constantemente la validez literaria del trabajo de Katchadjian. Cesar Aira – quizá el más prominente escritor argentino en la actualidad – acompañó durante todo el proceso a quien considera una promesa de la literatura argentina. Muchos críticos literarios han opinado sobre el suceso: unos desde un punto de vista estético, otros desde un punto de vista legal, unos apoyando al escritor y otros reprochándolo.

Recuerdo que, en una conversación con Bioy Casares, Borges criticaba a Sabato y decía que este era muy anecdótico y se parecía muy poco al pensamiento, a sus laberintos y vaivenes. Que su conversación era simple y aburrida. Quizá el cariño que tengo por la obra de Sabato me permitió, por primera vez en mi vida, desautorizar y plantear un contraargumento a quien yo considero el genio más grande de la literatura. Pienso que la anécdota permite al ser humano plantearse preguntas y hablar de temas que van más allá de la simple contingencia. No creo que anécdota y pensamiento se excluyan mutuamente, como tampoco lo hacen la trascendencia y la contingencia. Ambas son dos caras de una misma distinción analítica y, por tanto, están íntimamente entrelazadas. En este sentido, creo que, aunque con el paso del tiempo termine siendo una anécdota, el caso de Katchadjian obliga a discurrir sobre el arte.

El arte es una actividad humana. Creo que en esta idea todos estamos de acuerdo, pero, al mismo tiempo, por su aparente simplicidad, no se ha pensado debidamente sobre lo que esta afirmación implica. Toda actividad humana está atravesada por el lenguaje. Todo lenguaje implica estructuras formales e informales. Las primeras se refieren a lo que puede ser considerado, en un sentido amplio, como reglas gramaticales y sintácticas. Las segundas, por el contrario, se refieren a reglas que forman discursos, que ligan múltiples objetos, que estructuran los procesos de comunicación.

Este aspecto objetivo del lenguaje coloniza cualquier expresión individual y hace que el aspecto subjetivo del arte sea baladí. La conclusión inevitable es que ninguna expresión artística puede ser entendida a partir de la subjetividad o genialidad de un autor, pues todas estas se encuentran potencialmente en las estructuras del arte. Cualquier obra permite la multiplicación de las estructuras del arte. Todo cuento es la coronación de múltiples causas y un manantial de infinitos efectos posibles.

Este aspecto objetivo del arte ha sido reconocido por varios autores que – desde mi punto de vista – evitaban caer en aquel ego ilusorio que hacía creer que el artista era un creador ex nihilo, una especie de superhombre capaz de “conocer el infierno” y conocerse a sí mismo totalmente. Borges era uno de aquellos que desdeñaban de los autores y que creía que la literatura es un fenómeno que trasciende los límites de las personas en cuanto a lectores o escritores. En el prólogo a uno de sus último libros, reconocía que entre sus influencias estaban aquellos escritores que nunca ha leído pero que están en él, pues “un idioma es una tradición, un modo de sentir la realidad, no un arbitrario repertorio de símbolos”.

El maestro advierte que muchas obras suyas no son otra cosa que tergiversaciones de obras ya escritas, ampliaciones de historias terminadas o deformaciones de cuentos ya existentes. Borges reconoce que todos sus cuento que tratan el tema del doble (Borges y yo, y El Otro)  no son más que versiones distintas de la obra de Stevenson. De igual forma afirma  que There are more things  no es más que la perpetración de un cuento póstumo de Lovecraft, quien, para él, no es otra cosa que un parodista involuntario de Poe. La lista continúa. De El Fin, Borges afirma “nada o casi nada es invención mía; todo lo que hay en él está implícito en un libro famoso y yo he sido el primero en desentrañarlo o, por lo menos, en declararlo”. Para quienes conocen la obra del argentino es claro que se refiere al Martín Fierro.

Una de sus mejores obras corre la misma suerte: La Biblioteca de Babel. El propio Borges reconoce que él no es el primero en narrar esa historia y que esta es fruto de múltiples tergiversaciones. La deformación de esa historia fue hecha por el mismo Borges en El libro de arena, pero en su creación también intervino El Zahir. Si la Biblioteca de Babel es infinita y contiene infinitos libros que contienen todos lo textos posibles, el Libro de Arena es un único libro que contiene toda la Biblioteca y se ha vuelto un objeto que, como el Zahir, termina por volver loco a todo el que lo conoce. Lo mismo sucede con aquél hermoso poema titulado El Golem que no es más que la expresión en verso de Las ruinas circulares y que ambos no son sino continuaciones y expresiones de los mitos cabalísticos judíos.

Las estructuras del arte no se agotan en la imposición de temáticas o estilos. Muchas veces las frases son las mismas. El propio Borges en múltiples ensayos afirmaba que todo lo que uno escribe no es sino una paráfrasis de algo ya escrito que goza de cierto valor estético. Él no fue la excepción a su propia regla. Recordemos la hermosa descripción de la Biblioteca de Babel:  La Biblioteca es una esfera cuyo centro cabal es cualquier hexágono, cuya circunferencia es inaccesible. Ahora observemos la definición de Pascal del universo: una esfera espantosa, cuyo centro está en todas partes y la circunferencia en ninguna. ¡El paralelismo sorprende para creer que fue una coincidencia! Nada de eso; Borges sabía lo que hacía, pues fue él mismo quien escribió un corto ensayo, que se encuentra en su libro Otras Inquisiciones, en el que cita dicha definición y demuestra que la metáfora de una esfera ilimitada puede ser considerada como parte esencial de la historia universal.

Tan atento estuvo Borges de las estructuras del arte que dedicó tiempo a rastrearlas. En una conversación con Bioy, Borges le plantea una interesante hipótesis. Luego de que Robinson Crusoe fue leído, las opciones se reducían a escribir sobre un individuo que reconstruye el mundo ideal o el mundo material. El primero no se les ocurrió, el segundo hubiese sido una repetición infinita del mismo Robinson Crusoe. Lo que hicieron los literatos, según Borges, fue añadir personajes y cambiar elementos: empezaron a salir Robinsones en parejas, en tríos, en multitudes. Ya no reconstruían la vida en islas solitarias, sino que lo hacían en países. Así fue como, para Borges, “ridículamente llegaron a otra forma insigne de narración: a las utopías”. Se puede añadir a la idea de Borges que algunos escritores invirtieron esta forma de narración y, así, surgió una nueva forma que dominaría al arte durante los finales del siglo pasado: las distopías.

El interés de Borges por este problema no se reduce a las múltiples conversaciones que mantuvo con Bioy; en un hermoso ensayo intitulado La Flor de Coleridge, el maestro indaga en la evolución de una idea y las distintas formas en que una misma estructura se ha expresado en distintos autores. En este se desdeña del autor y se da paso a una visión impersonal del arte. Habla de las estructuras del arte en Joyce, en Wilde, en Moore, en James, en Coleridge y en Wells; afirma que el arte tiene un sentido ecuménico e impersonal; aboga por la unidad del Verbo; y termina diciendo que “quienes minuciosamente copian a un escritor, lo hacen impersonalmente, lo hacen porque confunden a ese escritor con la literatura, lo hacen porque sospechan que apartarse de él en un punto es apartarse de la razón y de la ortodoxia”.

El arte es una tradición y cada elemento que utilizamos para construirlo es un símbolo compartido. Las novelas existencialistas de Dostoievski; el realismo social soviético; los laberintos psicológicos de Kafka; la dislocación de la personalidad de Stevenson; la literatura fantástica de Borges; la novela policial de Chesterton o de Conan Doyle; el desfase temporal de Cervantes, que también es utilizado por Bioy y Borges; todas esas cosas tan dispares son – como lo pensó alguna vez Spinoza – meras expresiones y figuraciones de una sola cosa infinita. En oposición al Dios spinoziano, esta cosa infinita no es una sustancia; es una creación humana, es el Arte, que una vez creado tiene existencia propia y vuelve insignificante al artista en cuanto creador.

Lo que sucede en el artista es similar a lo que Levi Strauss consideraba que ocurría en el pensador. Las obras de arte no son creadas por él. El arte se escribe a través de él y, luego, cuando termina de atravesarlo, el artista se siente vacío: nada ha quedado en él, puesto que nada de eso le perteneció nunca.

Katchadjian comprendió lúcidamente esta característica del arte. Tan bien la entendió que hizo explícito el proceso de creación artística como una serie de infinitas reescrituras y deformaciones de obras ya existentes. Aunque Kodama se crea dueña y guardiana de la obra de Borges y considere ser la única voz autorizada para hablar de quien en vida fue su esposo, está muy lejos de comprender lo que el arte significaba para el escritor. Su actitud es un atentado contra la humildad, la obra y los ideales de Borges. Ella, a pesar de haber sido amada por él, es antiborgeana.