Ecuador. Miércoles 18 de enero de 2017
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Asocine, ¿un cadáver insepulto?

Santiago Carcelén Cornejo
Quito, Ecuador

Ha pocos días, posiblemente el 18 de febrero, apareció en facebook, un texto de Luis Miguel Campos: “La Casa Abandonada”, en el que recuerda el diálogo con un actor alemán, mientras rodaba una película a más de cinco mil metros de altura en algún lugar de los Andes.

Según relata Campos, -sin mencionar el nombre de la película ni el año de producción-, el diálogo, que no era parte del guión, frente a una pregunta del actor alemán fue:  “que iba a hacer con los diez millones de sucres que me pagarían por mi trabajo ¿Diez millones? Pregunté yo. No, solo me van a pagar uno contesté. ¿Y los otros nueve? Preguntó Ian Joseph Liefers, admirado”. Fin de la cita.

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En un relato, aparentemente ambiguo e inocente como éste, Campos, lanza el golpe y al instante, esconde la mano. Que el lector interprete como quiera su micro historia. ¿El actor alemán estaba mal informado? ¿No entendía el tipo de cambio en dólares para la época? o es que Campos, como quién no dice nada, está insinuando que fue estafado. ¿Por quién? ¿o quienes?, tampoco lo dice. Pocho Álvarez, ya dio una respuesta sobre los delirios de Campos. A mi me corresponde contextualizar su micro historia.

Corría el año de 1987 y gracias a un convenio firmado en Berlín, tres años antes,  entre la Asociación de Cineastas de la República Democrática Alemana y la Asociación de Cineastas del Ecuador, se rodaría en el país, un largo metraje sobre Alexander Von Humboldt y su “Ascensión al Chimborazo”, título de la película. Para ASOCINE, sociedad de gestión que había nacido diez anos antes, en noviembre de 1977 y cuya acta fundacional la firmaron doce jóvenes soñadores -con ganas de convertirse en cineastas-,  entre los cuales constan: Jaime Cuesta, Ramiro Bustamante, Gustavo Guayasamín, Fausto Corral, Freddy Ehlers, Pocho Álvarez  y Carlos Carcelén, entre otros, éste se constituía en un gran reto. La responsabilidad era enorme. Asocine debía garantizar que el rodaje de cuatro semanas se lo hiciera sin tropiezos. Encontrar locaciones acordes con el guión; proponer a actores secundarios; acuerdos con las comunidades campesinas que garanticen la filmación sin complicaciones; permisos de las autoridades gubernamentales; movilización, alimentación y hospedaje del equipo de filmación, etc. Es decir, preservar los acuerdos acordados con los alemanes orientales.

El presupuesto era enorme en comparación con los exiguos costos con los que se manejaba el incipiente cine nacional que no había logrado hasta ese entonces realizar un solo largometraje. Quienes hacían Asocine para ese entonces, el reto fue asumido bajo dos directrices claras: política de precios justos para quienes participarían en el rodaje: actores, comunidades, etc., y un Fondo Comunal que lo manejaría Asocine. Este fondo posibilitó que un año más tarde, en 1988, los cineastas pudieran tener su propia casa, cuyo costo ascendió a $ 26.000.000.00 millones de sucres. Lograron cumplir un viejo sueño: tener un hogar para crear. Además, la Casa de los cineastas, poco a poco se fue robusteciendo: se logró obtener un parque de iluminación extraordinario con HMIs, dolly, proyectores de 35 milímetros, menaje para habitar, muebles para trabajar y de a poco se fue armando un archivo para que repose la memoria de ese momento del cine nacional. Se convocó a un concurso anual de realizaciones nacionales: “Demetrio Aguilera Malta” y los realizadores en condiciones precarias, sin Ley de Cine, a pesar de que se venía peleando por ésta desde 1980, sin ningún apoyo del Estado, sin escuelas de formación, logramos sobrevivir y hacer cine. La calidad y contundencia de esas producciones, con el tiempo serán evaluadas adecuadamente, si es que se toma en cuenta el contexto histórico en que fueron hechas.

Ascensión al Chimborazo, abrió el camino para que Ecuador se constituya es un espacio atractivo hacia afuera, no solo por sus recursos naturales, sino además por los bajos costos de producción en relación a otros lugares. Además, el cine nacional ya contaba con un capital humano lo suficientemente capacitado para responder a las exigentes demandas de los productores internacionales. Ecuador, carente de escuelas de formación fue haciendo escuela en la praxis.  Nieve de los Andes; Amigo mío; Inka Conextion; La última escapada; Dianas en el Hormigón; Nazca, entre otras, se rodaron en el país.

Desde su fundación hasta 2003, 13 presidentes desfilaron por la asociación, con logros, fracasos, derrotas y contradicciones internas que no fueron adecuadamente resueltas. Esto provocó un desgaste y un inevitable desmembramiento. Asocine dejó de ser lo que era y se convirtió en un fantasma. La casa fue abandonada. Ya nadie habitaba en ella, salvo algunos indigentes. El riesgo de que se perdiera como patrimonio y memoria era enorme. Ante esta situación, Pocho Álvarez, escribió un manifiesto en 2013: “Legado, legado”, invocando a que las nuevas generaciones de cineastas que habían surgido en el país, en condiciones extraordinariamente diferentes a la de nuestra generación, se apropiaran de ese espacio, que lo hicieran suyo. Sus palabras se perdieron con el viento. La casa de los cineastas cada día era más fantasmagórica. En más de una ocasión intenté bregar por recuperarla. Tampoco encontré eco en mis palabras. Ahora, conozco por rumores que esa casa está siendo recuperada por alguien de buena voluntad

Tengo entendido que aspira hacer de Asocine algo que siempre fue: una sociedad de gestión y para ello se propone recuperar ese bien inmueble. Plausible, sin duda su afán. Sin embargo, me quedan muchas dudas sobre su comportamiento. El debe saber que esa casa tiene dueños que existen de verdad y que aún no se han convertido en fantasmas. Por tanto, antes de iniciar cualquier acción de recuperación de “la Casa Abandonada”, debía haberse puesto en contacto con ellos, sino con todos, al menos con algunos, que él debe saber quienes son. No lo ha hecho. No importa, todavía estamos a tiempo. Lo que yo propongo es muy simple: que el actual restaurador de la Casa de los Cineastas, convoque a una reunión ampliada a los socios fundadores, así como también a los ex presidentes que aún vivan de ASOCINE. Hay muchas cosas que debatir más allá de la existencia de la casa y ésta se puede constituir en un buen pretexto para seguir soñando, tanto las viejas como las nuevas generaciones de cineastas. Y finalmente,  si hay que sepultar a ASOCINE, ahora que ya hay Ley de Cine, por la que bregamos durante tantos años,  ahora que existe el Consejo Nacional de Cinematografía, que se lo haga dignamente, porque su historia así lo exige.

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