Ecuador. Viernes 24 de Marzo de 2017
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La revolución francesa

Juan Carlos Díaz Granados
Guayaquil, Ecuador

Mientras Cuba progresivamente se acerca más a los Estados Unidos de Norteamérica y se aleja del socialismo, la Argentina está lista para facilitar las exportaciones mediante la firma de un acuerdo de libre comercio con los gringos.

Venezuela se debate entre la escasez y la corrupción. Dilma está en graves problemas por la descomposición gubernamental. Consecuencias del perverso socialismo del siglo XXI que nadie supo definir, pero que democratizó la pobreza.

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La franquicia iba haciendo camino al andar. Cada presidente actuaba como rey, evocando las causas que motivaron la revolución francesa. Una clase privilegiada (la corte), representada por ciertos servidores públicos que han obtenido un incremento patrimonial injustificado a su nombre o mediante persona interpuesta, con poderes excesivos y derechos desproporcionados frente a los del resto de la población. Castigándonos con más obligaciones fiscales que encarecen los productos y restricciones comerciales que golpean al sector privado en su productividad.

El presidente se parece más a Luis XIV que a un revolucionario. Después de haber dilapidado el equivalente al gasto de los gobiernos de los treinta años anteriores, nos encontramos a la deriva. Sin ahorros, ni productividad que nos respalden. Con un gasto mesiánico descontrolado, pero exigiendo frugalidad al sector privado. La justificación: cayó el precio del petróleo. Uno se pregunta cómo se desarrollaron países que no tienen petróleo como Suiza, Singapur y Japón.

Ahora dicen que los empresarios no arriesgan. Los emprendedores siempre han puesto en riesgo su patrimonio. Los funcionarios públicos intelectuales no lo saben, porque jamás han desempeñado ese rol. Son mercantilistas. Las condiciones vigentes para hacer negocios en el país, implican un acto de temeridad. Leyes inciertas que pretenden obligar a crear nuevos empleos sin tener en consideración la competitividad, ni la excesiva presión fiscal, restando liquidez para invertir.

El gobierno debería adoptar medidas correctas como firmar más acuerdos de libre comercio con países o bloques que valgan la pena; disminuir el gasto público para reducir la carga tributaria y eliminar las restricciones comerciales recaudatorias para satisfacer el voraz déficit fiscal; no endeudarse para pagar obligaciones públicas; privatizar la seguridad social; facilitar la inversión privada y flexibilizar las relaciones laborales. En definitiva: obrar con responsabilidad. Esperemos que nuestros mandatarios quieran pasar a la historia como quienes supieron reaccionar ante sus errores, aunque lo veo complicado.