Ecuador. Miércoles 29 de Marzo de 2017
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El sueño de la teoría

Antonio Villarruel
Quito, Ecuador

Relata Enzo Traverso, en un libro de conversaciones con Régis Meyran, el estupor que causó la foto, publicada en el 2000 por la agencia France Presse, de Edward Said, profesor de la Universidad de Columbia y sabio de los estudios postcoloniales, lanzando piedrazos contra un puesto de control israelí en la frontera entre ese país y Líbano.

A Said se le conocía por su defensa  frontal de la autodeterminación del pueblo palestino, pero también por abogar por diversas iniciativas de diálogos para obtener la paz, que no vería antes de que la leucemia le acabara en el año 2003.

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Uno puede concordar o no con la acción de Said –yo concuerdo, y me encanta pensar en alguien que se arremanga la camisa después de salir de las aulas de clase-, pero tal vez lo más llamativo sea aquel testimonio, refrendado en la fotografía, del camino desde la especulación hasta la acción política, esa operación de clivaje del académico que da paso al manifestante semianónimo que se juega la vida agrediendo a un ejército brutal que ha probado disparar indiscriminadamente.

Hay múltiples maneras de hacer política, es cierto, y hay varias posibilidades de hacer incisiones al cuerpo social que se pretende cambiar. Una de ellas, importantísima, es la teoría.

Superado ya el pragmatismo de la premisa liberal que reduce a operaciones de mercado y a porcentajes de intervención estatal cualquier intento de pensar una sociedad preocupada por buscar el bienestar de la gente, las jugadas intelectuales, el aprendizaje ideológico y el posicionamiento argumentado ante la distribución de la riqueza, los mecanismos de poder y las opciones de representación, deberían ser parte fundamental del conjunto de preocupaciones de cualquier mortal en tiempos de embestida del Estado y de su nuevo par y aliado, el mercado. Pero el sueño de la teoría, ese afán tan ilustrado por explicar qué sucede desde la especulación y las citas, desde la trinchera del lenguaje hiperespecializado, ha llegado a su paroxismo en los diagnósticos que se le hacen a la situación coyuntural europea, pero sobre todo la latinoamericana.

La teoría en América Latina –o al menos una parte de ella en estos momentos-,  como si no hubiésemos aprendido nada de los años setenta, ha sido el jumento de carga de la negación de lo más evidente: el fracaso del modelo de libremercado, los delirios de violencia de la izquierda narcoasesina, la expansión de un sector privado elemental, vago y corrupto, la expansión de un sector estatal con exactamente las mismas características y, finalmente, la justificación para perseguir un discurso que se debilitó el momento de su propio nacimiento, cuando se elevó a categoría de sagrado la consagración de un líder plebeyo, sea el país que sea, empezando por Venezuela.  Cómo no, tapándose los ojos de forma cínica ante el nacimiento de nuevas élites, antes vasallas y sometidas, y hoy al mando.  Las mismas que serán las aristocracias de mañana.

Y en esto la teoría, obcecada, deslumbrada y dogmática hasta el tuétano, se fue separando de los nombres de las gentes a quien decía defender, por quien decía luchar o de quienes se había inspirado. Ante la debacle ambiental, la perpetuación de la economía extractivista, la probada violencia del Estado cuando emprende retiradas en sectores estratégicos o rompe vínculos comunitarios, la teoría solo refuta, ataca y dice: “mañas de pequeñoburgués”; “artificios de resentidos”; “fabricaciones de las élites tradicionales”. Y así se repite en sus sofismas más vacuos, más  contradictorios, pero sobre todo más conservadores. Hemos hecho de ella en América Latina la respuesta retórica y bien verbalizada a la inminencia de lo evidente y de la experiencia. Hemos hecho de ella en este continente la argucia y artimaña para engatusar en una sala de clase o en los debates políticos o el apalancamiento para ganar puestos de trabajo. Mientras tramábamos palabras y conceptos, se nos ha dado por esconder la basura debajo de la alfombra.

Así, sin dudar, nos hemos separado de la disciplina de la historia, como propuesta ética y arqueológica,  y de lo que de ella puedan decir quienes la van no escribiendo, sino construyendo, sobre todo fuera de las aulas –aunque también en ellas-, poniendo el cuerpo, aguantando al Estado y a las corporaciones, enterrando a los mismos. Claro, nosotros estamos pensando que descubrimos y fundamos realidades que se conjeturaron sin tanto alboroto hace al menos ochenta años. Qué bonito es el sueño de la teoría. Qué limpio es ese mundo de caramelo.