Ecuador. Jueves 27 de Julio de 2017
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Un poco de historia

Juan Carlos Díaz Granados
Guayaquil, Ecuador

Recuerdo la época cuando no existían teléfonos celulares.

Levantaba el teléfono convencional y a veces tenía que esperar hasta una hora para llamar a mi abuelita. Ese era el amor que le tenía. Y eso que nosotros teníamos la suerte de tener teléfono, porque gran parte de la población no disfrutaba de ese privilegio. Conseguir una línea podía tardar un año o más. Los funcionarios públicos del monopolio estatal que administraban las telecomunicaciones lo trataban a uno como un ser inferior. Con esa mirada que los burócratas tienen cuando tienen un poquito de poder.


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Una vez que usted lograba, después de múltiples dificultades, obtener una o varias líneas telefónicas para su casa u oficina, venía el problema del cableado. Me explico. Un buen día usted no tenía tono. El teléfono moría. Uno lograba comprender el concepto de la nada cuando descolgaba el aparato y escuchaba el silencio vacío. Desconcertante. En esas circunstancias, se debía ir a la empresa estatal pública que lo administraba. Otro servidor público, con cara de suspicacia, escuchaba el extraño caso del teléfono sin sonido. Sorpresa y algo de superioridad reflejaba la cara del funcionario. Entonces este ser iluminado, que pareciera levitar gracias al orgullo de ser quien era, respondía que iba a enviar una cuadrilla para analizar la situación.

La cuadrilla aparecía a las dos semanas y media desde el reporte del daño. Sus integrantes invariablemente eran panzones quemados por el sol, pero cuando llegaban, uno estaba dispuesto a besarles los pies. Reflejaban un aire de conocimiento sagrado. Una visión absoluta de los misterios de la tecnología de la telecomunicación. Inmediatamente decían que iban a investigar el entuerto telefónico. Uno rogaba que regresen. Que no se olviden de esa persona tan especial, que les pagaba el sueldo a través de la planilla de esos teléfonos que frecuentemente no ofrecían servicio.

A la hora, la cuadrilla regresaba con caras tristes, revelando que alguien había robado el cable. Uno no podía creer el dictamen: ¨¿Pero para qué?¨ respondía uno. No era importante que el cliente fuese inquisitivo. ¿La solución?: pagar por la reposición del cable. Que ellos, la cuadrilla, lo podían conseguir más barato. Caso contrario tendrían que regresar a la empresa telefónica pública monopólica administrada por seres superiores para realizar un papeleo que no garantizaba solución inmediata, sino burocrática, al problema de incomunicación. Eso podría tardar meses. Entonces se terminaba pagando precios elevadísimos por el maldito cable, con la esperanza de poder estar comunicado unos semanas más.

Ese martirio terminó cuando llegaron las compañías privadas de teléfonos celulares. Ya nadie que viva en el campo o la ciudad tiene que anunciar por radio Cristal que murió un familiar. Basta una llamada por celular. Ni digamos lo importante que es estar comunicado por medio de un teléfono móvil para producir en un siglo que las personas no esperan. No señores burócratas. El teléfono celular no es un bien suntuario. Es indispensable para trabajar. Ese aparato terminó con la miseria en la que nos tenían sumidos, cuando solamente existían teléfonos convencionales administrados por personas como ustedes: socialistas que tienen la arrogancia de afirmar que saben lo que nos conviene, mientras dilapidan nuestro dinero a manos llenas. Incrementar impuestos a la telefonía fija y celular es inflacionario. Significa un fracaso de la creatividad de los gobernantes.