Ecuador. Domingo 22 de enero de 2017
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Diario desde la Zona Cero

Carlos Arcos Cabrera
Especial para LaRepública

Carlos Arcos Cabrera
Especial para LaRepública

Sábado 16 de abril

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Hasta ese momento para mí se trataba de un temblor. En internet me informé del epicentro: cerca de Pedernales. Llamé a mis amigos de Don Juan, un pequeño pueblo de pescadores situado a treinta kilómetros de Pedernales, y ninguno respondió. Supuse la comunicación se restablecería a lo largo de la noche y envié una serie de mensajes a través de Whatssap.  A cada momento miraba el cel en espera de respuesta, pero esta no llegaba.  Las noticias se centraban en los efectos del sismo en Guayaquil, Manta, Portoviejo. Si bien era evidente que en las tres ciudades había daños materiales y víctimas, tuve la sensación de que lo peor había pasado.

Domingo 17 de abril

No pude conciliar el sueño y muy temprano insistí en los mensajes. No había respuesta. Llamé A Fernando Moncayo, para saber si tenía noticias de nuestros amigos comunes, Esteban Ponce y Rut Román. Dos románticos incorregibles, amantes de la literatura que renunciaron a su vida académica para vivir en Don Juan. Ellos me llevaron a comprar una pequeña casa que decidí convertirla en lo que llamé Monasterio Don Juan, un refugio para escribir y leer.

Fernando y Claudia también estaban preocupados por la falta de noticias. Me sugirieron que escuchara radio Caravana que era la única emisora que recibía llamadas desde diversas ciudades del país dando cuenta de los efectos del sismo. Conforme pasaban las horas, se fue evidenciando que lo que había sucedido en la zona norte de Manabí era un cataclismo. La información sobre lo que acontecía en Pedernales y alrededores era alarmante.  Llamadas van, llamadas vienen, mensajes en FB indagando por Esteban y Rut, sin respuesta.

Finalmente Rut se comunicó con Claudia, a través del servicio de Chevy Star. Ninguna operadora de teléfonos funcionaba. Un señor de apellido Ramos le permitió hacerlo y finalmente supimos de ellos. Estaban bien, es un decir. Fue cuando decidimos viajar a Don Juan. Las redes funcionan. Un grupo de vehículos  saldría al día siguiente desde la iglesia de Cumbayá, llevando agua, alimentos y algo de medicinas, con paramédicos y voluntarios.  Espontáneamente se formó un pequeño grupo de voluntarios. Miles de iniciativas del mismo tipo surgían por todo el país.

Lunes 18 de abril

A las siete, llegamos al estacionamiento de la iglesia de Cumbayá. Un hombre joven, sobrecargo de LAN coordinaba la iniciativa Cumbayá. La Policía Nacional ofreció custodia. A las ocho y media, 25 vehículos, iniciamos el viaje. Teníamos distintos destinos en la zona de desastre. El nuestro era Don Juan. Es difícil viajar en caravana, pero debo confesar que todos respetaron rigurosamente las reglas que nos había impuesto, como no rebasar, tener las luces encendidas, mantener una comunicación abierta a través de los dispositivos móviles, etc.   A partir del sitio Las Villegas, en la carretera que une La Concordia con Puerto Nuevo, se comenzaron a evidenciar los primeros efectos del sismo. Especialmente deslaves. En todo caso la vía estaba expedita hasta un lugar llamado Estero Seco. Poco después el panorama cambió. Un deslave de proporciones obstaculizaba el paso. Una hora de espera y pudimos continuar el viaje.

Nos sorprendió la cantidad de vehículos cargados de muebles, colchones, enceres de cocina que iban en dirección a El Carmen y Santo Domingo. Era un éxodo como el que los noticiarios nos han acostumbrado a ver en otras realidades. Conforme nos acercábamos a Pedernales, donde había estado diez días antes.

Ningunos de los que íbamos en aquella caravana imaginó la destrucción que encontramos. Los seísmos son caprichosos: en un toda una cuadra en la que nada queda en pié, una casa al parecer tocada por la gracia, está incólume, estableciendo  un contraste abrumador, casi insultante. ¿Por qué esa y no las otras?

El rostro de la gente con la que nos cruzamos era indescriptible. Mi hijo me hizo caer en cuenta. Yo todavía no salía de la impresión de ver a una familia indígena que en el garaje de una casa semiderruida vela en torno a dos ataúdes sobre los que han colocado ramos de flores de papel de color violeta.  El olor a cuerpos en descomposición es insoportable y apenas si sirve la mascarilla con la que me cubro el rostro. No hacemos nada allí. Es fuerte la presencia de un Quito solidario con equipos, maquinaria y personal. No son los únicos. También está bomberos, Policías y Fuerzas Armadas.

Debemos seguir. Nuestro meta es Don Juan y ya son las cinco de la tarde.

Conseguimos que un policía en moto nos escolte. Escuchamos que hay asaltos en la carretera. Luego comprenderemos que no es así. Pedernales nos despide con un funeral, uno más de los muchos que despiden a los que murieron por el seísmo.

Tomamos la que, ampulosamente, se llama la Ruta del Espóndilus. Los incas llamaban mullo a la concha de corazón rojo intenso que fue el centro de la rica cultura que va desde Coaque hasta la península de Santa Elena. El mullo, era de acuerdo a Dioses y hombres de Huarochirí, la ofrenda más apreciada por los huacas incas.

La carretera tiene cortes y desniveles que obligan a manejar con mucha precaución. Los puentes se mantienen, pero los accesos están afectados. Avanzamos. Nos acompaña un atardecer de ensueño. La naturaleza es indiferente a los destinos y al dolor humano. Recuerdo una antigua sentencia zen: «La naturaleza trata al hombre como a un perro».

El panorama es desolador: viviendas destruidas a lo largo de la carretera. Los sismos no discriminan por clases sociales. Los edificios tipo mediterráneo de la exclusivos proyectos urbanísticos, también han sido marcados por la catástrofe.

Llegamos a Don Juan. Al borde del camino numerosos personas se preparan para pasar la noche bajo improvisadas carpas de plástico.  Subimos a la parte alta. Los amigos de la familia Zoza, así con dos zetas, han improvisado un campamento. Nos confundimos en un fuerte abrazo. No hay mucho que decir: han perdido todo. Son pescadores, albañiles, gente buena que se gana la vida día a día y con los que hemos hecho amistad. Avanzamos, por fin  nos encontramos con Rut y Esteban. Si, están bien, es un decir.  Su casa, su hermosa casa de Don Juan está en el piso. También me encuentro con los escombros  de mi sueño monástico. En el caso de ellos, su valiosa biblioteca esta bajo los escombros, así  como sus muebles antiguos, y todo lo que han coleccionado en sus innumerables viajes.

Martes 19 de abril

Escribo esta notas para luchar contra la impotencia y el dolor. Escribo al aire libre sobre una mesa que el caprichoso sismo respetó y que pude sacar de la casa en escombros. El atardecer es indescriptible. Un sol de fuego contrasta con la luna a la que le falta un cachito para ser luna llena. Sí. Mañana será luna llena.  El mar suena al fondo. «La naturaleza trata al hombre como a un perro».  Estoy solo. El resto del equipo aún no regresa: organizan la ayuda en la escuela de Don Juan. En la mañana estuvieron en Jama: destrucción y muerte. Ayudaron a organizar a un comedor comunitario.

No es mucho más lo que se puede hacer. La gente que ha levantado improvisados campamentos a las orillas de la carretera piden agua. Señalan el lugar con una bandera blanca.  Su desesperación llega a ser interpretada como violencia. De allí que en el universo de rumores que es la zona de desastre se hable de asaltos. No hay tal, hay sed, mucha sed. Lo que sí existe es la presencia de pandillas que tratan de robar a las víctimas. Anoche mismo bajamos a la playa, donde están las pangas pues se corrió la voz de alarma de que desde el mar, habían intentado robar los motores fuera de borda.  Los pescadores resolvieron montar guardia. Pero los rumores circulan más rápido y con mayor efecto que las versiones oficiales sobre el número de víctimas. Pocos creen en las cifras del gobierno. Entre los socorristas que estuvieron en Pedernales y que hoy están en Jama se habla de que sólo en Pedernales existen alrededor de novecientos muertos.

Es una situación paradójica. El Estado está presente, pero es tal el caos de su intervención que parece que no hiciera nada. La magnitud de la tragedia lo ha superado. Es la percepción desde los márgenes, desde una pequeña comunidad de pescadores. Helicópteros que van y vienen pero nada de ayuda sistemática. Tal vez algún ministro hace un tour aéreo en una zona de catástrofe. Me imagino que no piensa en lo que sucede en tierra, sino en lo que dirá a los medios.

Pienso en los necesarios que sería los helicópteros que por una compra teñida de sospechas, hoy no pueden volar: los que no se han estrellado.

Hay otro factor: la solidaridad, la buena voluntad de gentes de todo el país y de todos los estratos sociales: envían agua, comida, medicinas. Un país solidario en movimiento. Ante todo traen consigo una enorme deseo de ayudar, socorrer, apoyar. Unos más organizados y con más recursos que otros, pero el mismo espíritu. Encuentran una comunidad golpeada, en shock y también con la compleja realidad que las acciones se repiten, con escasa coordinación. Es inevitable en estos primeros días.   Llega ropa que no se requiere, cuando lo que hace falta son carpas y sistemas prácticos de potabilización de agua. Transportar agua en botellas y garrafas desde los más lejanos rincones del país, es por decirlo de alguna forma, ineficiente. Eso lo entendemos en estas horas. Un tanquero que recorra la vía, más potabilización de emergencia puede aportar mucho más.

Pero es difícil. La buena voluntad choca con otras buenas voluntades. En medio de todo, el único punto de acuerdo es la enorme desconfianza hacia el gobierno. Este no debe meter mano en las acciones de una sociedad civil movilizada en torno al cataclismo. Sospecha de su uso político: devuelve al gobierno, lo que inculcó en estos años: desconfianza, rencor. Lo positivo: pese a todo llega agua y alimentos.

Los rumores van y viene: se dice que Fuerzas Armadas obligan a entregar toda la ayuda para canalizarla a través del MIES. Sin embargo, siguen llegando grupos de civiles con vituallas y ayuda.

Llega la noche. Es, como dije noche de luna. Conversamos sobre esta primera jornada y planificamos el día siguiente: el problema del agua es crucial, así como el almacenamiento y distribución de vituallas.  Esperamos un convoy de algunos autos y camiones. Debemos buscar un lugar donde establecer una bodega para almacenar lo que llega y tener un sistema de distribución lo más eficiente posible. Estamos rendidos, pero es difícil conciliar el sueño. Las réplicas se suceden una tras otra.

Miércoles 20 de abril

El cataclismo llega en un momento de aguda crisis económica,  un gobierno sin recursos y un país endeudado. Además, es un año electoral. Si el gobierno fuera responsable, algo que dudo, debería concentrase en administrar los efectos del cataclismo, restableciendo los servicios básicos y comprometerse con elecciones limpias. ¡Nada más! El cataclismo cerró el ciclo de este gobierno, al igual que el sismo de ochenta y siete, cerró el ciclo del régimen de Febres Cordero.

Es un pensamiento desde los márgenes, mientras apuro un café antes de ir a procurar una solución, aunque sea parcial a lo del agua.  Eso pienso mientras tomo café. Bahía de Caráquez, sufrió el sismo en 1998, diez años después comenzó su recuperación. El sismo más la crisis implica una vuelta hacia diez años atrás.

Una parte de los voluntarios van a Jama para apoyar en el comedor. Otro grupo va a la escuela de Don Juan a apoyar a las familias que se refugiaron en la escuela. Como toda escuela rural es paupérrima, pero sirve, las aulas están en pié y los jóvenes, también en shock se ponen de acuerdo para derribar una pared que amenaza a los más pequeños: lo hacen con rabia. Me imagino que esa pared es un sistema que les ha dado poco o nada e imagino que ellos imaginan la cara de algún maestro que los humilló.  Es un gran desahogo: un sueño. Su actitud cambia, sacan la basura, limpian los baños y el patio. Las mujeres, organizan la cocina común y una bodega en donde recibir la ayuda y distribuirla. Una de las voluntarios juega con los niños. Es una hermosa escena.

Nos enteramos que un funcionario del MIES que recorre la zona obliga a retirar los carteles que dicen: Centro de acopio. Lo habían escrito los niños la tarde anterior. El representante del gobierno lo toma como competencia. Más tarde uno de los voluntarios cuenta que en Jama, obligan  a presentar la cédula para recibir ayuda. Escuchó decir a alguien «Está bajo los escombros».  Espero que no les pidan el carnet de Alianza País.

A la tarde los jóvenes organizan un partido de fútbol en que participan nuestro pequeño equipo de voluntarios. La vida continúa. En la noche se enciende el generador que una familia de Quito, nos facilitó. Las familias cenan con luz eléctrica con el ruido ensordecedor del generador que no tiene silenciador y al que uno de nuestros voluntarios, un mecánico, adaptó un tubo. Descubro algo sorprendente. Alguien trae un televisor y un cortapicos. Cargan sus celulares. Podrán hablar con sus familias y amigos. Es un punto clave. Mañana podremos encenderlo por tiempo, para cubrir esa necesidad. ¡Qué bueno sería contar con algún sistema portátil de paneles solares para iluminación y para cargar teléfonos!

La mitad de nuestro equipo regresa. Deben atender sus obligaciones en Quito. Han hecho bastante. Nos despedimos con una cálido abrazo. Estaremos en contacto.

A la noche, fogata. Alejandra Cusme, la gran amorfinera de Calceta, los entretiene con amorfinos: los niños y los viejos ríen.  La luna llena brilla en el cielo, indiferente a nuestra alegrías y penas: «La naturaleza trata al hombre como a un perro».  ¡Qué mal deben haber tratado los chinos a  los perros!

Jueves 21 de abril.

Nuestro grupo está disminuido.  Nos dividimos: unos van a la escuela. Se debe apoyarlos para el manejo de la bodega. Es un tema complejo. Lo que llega allí no es solo para ellos, es para todos los que necesiten. Nuestro paramédico visitará a un par de personas que tienen problemas crónicos, entre ellos una niña con diabetes. También iremos a Jama a visitar el campamento que ayudamos a organizar. Está alimentando a ciento ochenta personas. Yo tengo un objetivo particular: ver en que condiciones quedó el museo de Jama y su maravillosa colección de remeros. Debo buscar como enviar este texto a Miguel Molina. Es todo por hoy y por mañana.

 

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