Ecuador. Lunes 24 de Julio de 2017
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Zona Cero

Roxana Cazco
Quito, Ecuador

Tarqui es una zona de guerra.

De un bombardeo provocado no por fusiles ni por bombas sino por la inclemencia de la naturaleza y por la crueldad de unos materiales que no debieron estar ahí, de una construcciones que no debieron edificarse así.


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Es miércoles, cuatro días después del terremoto de 7,8 grados que devastó a Manabí, y estoy de pie frente al centro comercial Felipe Navarrete, en Manta.

No reparo en el olor a dolor, ni en el rostro cansado de los rescatistas, ni en las lágrimas de una mujer que camina en zig zag por la zona esperando, supongo, noticias de algún familiar.

Me detengo en los miles de papeles de colores que coronan los escombros del lugar que estaba lleno cuando llegó la tragedia. Son sobre todo blancos y rosados. Y pienso en los niños que estaban a punto de comprar esos papelitos para los trabajos manuales que les depararía el nuevo año escolar, a punto de comenzar, cuando todo se vino abajo.

En el negocio de cinco plantas funcionaban, entre otros almacenes, una papelería y una librería y según los sobrevivientes estaban abarrotadas de padres e hijos que apuraban la lista de los útiles escolares.

Una chica rescatada el martes cuenta que había niños con vida entre las paredes, las columnas, los techos derruidos, pero que ya no aguantaban más. Gritaban, lloraban y se asfixiaban.

Otro de los sobrevivientes, Líder Pincay, describe aquel encierro como “el infierno”. La muerte, la oscuridad, la falta de aire, la sangre. Así debe ser la morada de la maldad, no la de cientos de inocentes.

El olor a destrucción ya se ha apoderado de la parroquia Tarqui, en Manta, y resulta difícil entender que el eje comercial de esta pujante ciudad se haya destruido como en la peor de las batallas.

El cuerpo de bomberos de Quito, el ejército, rescatistas de países amigos y voluntarios están allí sin ningún otro deseo que escuchar la voz, el quejido de alguien entre esos escombros.

Enrique Hurtado está a cargo del operativo de los bomberos de Quito en la zona, Dice que uno nunca está preparado para ver lo que se ve en este tipo de desastres. Se le quiebra la voz cuando recuerda el rescate de una chica que no paraba de llorar mientras les daba las gracias. Es creyente y asegura que la fe en Dios es un factor determinante para sobrevivir si se está atrapado en condiciones extremas. “Ayuda el estado físico y anímico, pero sobre todo la fe”, añade.

Los rescatistas quiteños utilizan la técnica del llamado y escucha. Guardan silencio con el fin de escuchar cualquier gemido, grito o golpeteo. Si se detecta algo, empieza la intervención.

Durante un breve respiro de su tarea, Hurtado explica la premisa con la que trabaja su equipo: “el respeto al ser humano, esté vivo o muerto”. Por ello, asegura, incluso las actuaciones con maquinaria pesada se ejecutan “con absoluto respeto y delicadeza”. “En esta operación, ni una sola persona ha sufrido una raspadura”, añade.

El oficial cuenta que a estas alturas, cuando han pasado 96 horas del terremoto la posibilidad de encontrar vida entre los escombros es del 5%.
El rostro de los rescatistas luce cansado, a veces lloroso, los bomberos de Manta a ratos se rompen. Nunca han visto tantos cadáveres juntos, nunca tanto dolor en un mismo lugar.

El día anterior en rueda de prensa en Portoviejo, el ministro de Defensa Ricardo Patiño, anunciaba la distribución de la ayuda humanitaria nacional e internacional a través de las Unidades de Policía Comunitaria (UPC) existentes en las zonas del desastre. Para la labor se destinaría suficiente personal militar y policial. Las afectados tendrían que acudir a las UPC a recibir los kits de ayuda.

Pero la escena del día siguiente no podía ser más dantesca. Colas interminables y caóticas en las que demasiadas personas apuraban llevarse a casa lo que más podían. “Nosotros jamás habríamos permitido algo así”, me dice un militar desbordado por la situación. Regula el orden en la fila de un UPC central de Manta. “Hacen cola todos los miembros de la misma familia y cada uno retira una funda, cuando es sólo una por cada familia”, se queja el uniformado. Dice que no hay control, que ellos cumplen órdenes, que no se les pide ni la cédula a los posibles afectados. Nosotros, añade, “habríamos ido a las zonas afectadas de casa en casa, contaríamos a los miembros de la familia, analizaríamos la situación de vulnerabilidad de cada hogar y dependiendo de eso entregaríamos la ayuda”. Señala esto, mientras el propietario de una camioneta 4×4 en muy buen estado acumula colchones de la ayuda humanitaria en el balde. “Mire, ¿cómo es posible esto?”, se lamenta.

Siento impotencia por las injusticias y los abusos que se producen en la repartición de la ayuda, pero ello no es causa parar suspenderla o para asegurar que esta escena sea generalizada en todos los escenarios devastados.

Ese día, Jorge Zambrano, alcalde de Manta, hacía un llamado a la ética y a la solidaridad de las personas a la hora de recoger los kits de ayuda. También anticipaba que el hedor en Tarqui empezaba a ser insoportable y que el acceso a la zona estaba restringido. Los periodistas podrían acercarse sólo con mascarillas y guantes, y los rescatistas ya empezarían a ser vacunados contra el tétanos frente a la amenaza de epidemias.

Mientras tanto, a pie de playa también se sintió la fuerza del sismo. Los modestos restaurantes de la zona de ‘Playita mía’ presentan vidrios y baldosas rotas. Y a su entrada: una grieta de 50 centímetros provocada por el movimiento de la tierra, que los propietarios intentan rellenar con piedras y arena de mar. Marlene Cedeño, mesera de uno de los locales, relata que casi no puede dormir. Aquel sábado regresaba a casa en un vehículo junto a cinco personas más. “Parecía el fin del mundo, el carro se movía como una hamaca, salían luces de los postes y algunos se caían”, cuenta. Ahora ante cada réplica, el país ha registrado 1.034 réplicas después del terremoto, la mujer empieza a temblar y sale rápidamente del lugar.

El centro de Portoviejo es también un campo de batalla. El escenario de un bombardeo de la naturaleza que se aprovechó de la mala calidad de las construcciones. Decenas de edificios destruidos completamente como si una piedra gigantesca, de otro planeta, hubiera caído sobre cada uno de ellos. Algunos tan solo tienen grietas, otros se inclinan hacia los lados como piezas de dominó. ¿Por qué hay edificios derruidos junto a casas en pie?

La tragedia es inmensa.

Carlos Alfredo Tejena se ofreció como rescatista voluntario poco después del terremoto. Su sobrino de cuatro años y la madre de este habían acudido a uno de los edificios colapsados de la ciudad.

El pequeño y su madre compraban en un almacén de zapatos del centro de Portoviejo cuando llegó la desgracia. Carlos encontró al pequeño entre las piedras polvorosas y las varillas quebradas de la construcción. Estaba sobre el regazo de su madre y había muerto, ella vivía. María, también perdió a su cuñada y a dos sobrinos en el mismo lugar.

Al portovejense se le quiebra la voz mientras asegura indignado que muchos de los cadáveres rescatados el día siguiente estaban vivos después de que el edificio se viniera abajo. “Les escuchábamos, pero no teníamos los instrumentos para sacarles”. Así que lo intentaron con las manos, pero mover aquellos pesados bloques de cemento requería algo más potente. Cuando llegó la maquinaria, el domingo, los 14 cuerpos que él vio salir de aquel amasijo de destrucción, estaban inertes.

Al dolor de la muerte, se suma el de miles de familias heridas, sin casa, que lo han perdido todo. Una decena de ellas ocupa el pequeño espacio verde junto a la sede del ECU-911 en Portoviejo. Llevan dos días durmiendo ahí, sobre colchones donados, comiendo sándwiches y gaseosas, con el miedo en la sangre y la aflicción de lo ocurrido en el cuerpo.

De regreso a Manta, me encuentro con un grupo de la ONG española Bomberos Unidos Sin Fronteras. Son 17 rescatistas y siete perros. Su especialidad: rescatar personas con vida. Son convocados sobretodo para confirmar que no hay sobrevivientes en las zonas en que se empezará a trabajar con maquinaria pesada. Para ello la labor de los canes es imprescindible. Han ido a Bahía de Caráquez, Calceta, Canoa, Rocafuerte y Manta. “No hemos encontrado a nadie con vida”, lamenta el comandante Antonio Rodríguez. Las primeras 72 horas son cruciales, añade. Y están a punto de expirar. Sin embargo, estos bomberos con experiencia en Haití, Nepal, Chile o Perú han logrado encontrar vida hasta nueve días después de la catástrofe. Todo depende de si la persona tiene acceso a agua, a ventilación o a un punto de luz. La emanación de olores es lo que permite a los perros descubrir sobrevivientes incluso a gran profundidad. Que la persona sude y tenga estrés ayuda, pues la emanación será superior.

De regreso a Quito, aún queda en la mente ese olor, esas casas aplastadas que mataron a 660 personas y causaron heridas en miles. Y la duda, la maldita inseguridad, de si el periodismo estuvo a la altura de la tragedia y si respeto y dignificó a las víctimas.