Ecuador. sábado 21 de octubre de 2017
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Activación comercial y ahorro

Juan Carlos Díaz-Granados Martínez
Guayaquil, Ecuador

Cuando la economía estaba bien, el gobierno subió los impuestos.

Cuando desmejoró, por el excesivo gasto público improductivo, presentaron un proyecto de Ley para incrementar los impuestos. Después del terremoto, también quieren aumentar los impuestos. Pareciera ser la receta única. Entonces uno se pregunta: ¿cuánto es suficiente para satisfacer la gula estatal? El oficialismo exige sacrificio a la sociedad civil, pero el gasto público ineficaz siempre termina invicto.


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La creación de nuevos impuestos significa el fracaso de la creatividad. Muestra la verdadera cara del gobierno: su egoísmo. En lugar de crear más tributos ¿no habría sido mejor reducir el gasto público innecesario; fomentar las alianzas público privadas para evitar que se tenga que invertir recursos de las finanzas públicas en la reconstrucción; acelerar los procesos de eliminación de salvaguardias y aranceles de bienes de capital y materias primas requeridos para reparar las zonas afectadas por el terremoto; incentivar las donaciones haciendo que sean deducibles de la base de cálculo del impuesto a la renta; crear zonas francas en las provincias de Manabí y Esmeraldas para atraer inversión privada; motivar al IESS para que otorgue más préstamos hipotecarios en las áreas damnificadas; eliminar el anticipo de impuesto a la renta para que cuatrocientos millones de dólares se pongan a producir, generar empleo e impuestos?

El terremoto ha desnudado al gobierno, demostrando que no existe planificación, ni gestión más allá de intentar limitar constantemente la libertad de los individuos. Toda la solidaridad de la que se vanagloriaban vino de la sociedad civil, quien se organizó independientemente para mostrar con hechos lo que significa esa palabra. El gobierno se quedó de año. Jamás respondió, más allá de insultar a los afectados. Colapsó el discurso contra: la empresa privada; las personas mayores con la experiencia suficiente para reaccionar y organizar; la base americana en Manta; las ONGs; la necesidad de ahorrar para la época de vacas flacas; la unión entre ecuatorianos y todas las demás cosas que hemos tenido que escuchar durante los últimos nueve años. La realidad pulverizó el discurso sin sentido. Como cuando cayó el muro de Berlín.

Es una pena que la ideología los obligue a insistir en la aplicación de un modelo fracasado. No es justificación que haya bajado el precio del petróleo. La gran mayoría de países del mundo no dependen de la venta de ese producto, sino de la administración eficiente de las arcas públicas. El terremoto mostró que el gobierno está desconectado con la realidad. Y la solidaridad de la sociedad civil los desenmascaró como lo que son: administradores negligentes sin empatía.