Ecuador. Miércoles 26 de Julio de 2017
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Los militares frente a las catástrofes

Alberto Molina
Guayaquil, Ecuador

Las Directrices de Oslo se elaboraron a lo largo de dos años a partir de 1992 y fueron el resultado de un gran esfuerzo que culminó en la Conferencia Internacional celebrada en Oslo Noruega en enero de 1994.

Alberto Molina

Asistieron a la Conferencia más de 180 representantes procedentes de 45 países y 25 organizaciones. Estas directrices tratan sobre el empleo de recursos militares y de la defensa civil (RMDC) en apoyo de las actividades humanitarias a desastres naturales de las NN.UU.


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Los expertos analizaron la relación que existe entre los medios de la defensa y los desastres naturales, en la medida que estos medios han adquirido una importancia vital para generar repuestas inmediatas a las catástrofes que no son advertidas y que, al mismo tiempo, generan daños severos a la población y a la infraestructura de un país. ¿Cuáles son capacidades que tienen los militares que les permiten cumplir las tareas asignadas? La respuesta está fundamentalmente en la posibilidad de responder en forma inmediata a los requerimientos, de movilizarse hacia cualquier punto del territorio y la rapidez de utilizar un volumen significativo de recursos humanos y materiales que son esenciales para prestar apoyo humanitario oportuno y recuperar la infraestructura destruida.

Son varias las capacidades de los militares que, desde la perspectiva del manejo de emergencias, explican la creciente importancia y las necesidades para justificar plenamente su empleo: el personal y medios de la defensa están disponibles permanentemente y son de fácil despliegue dado que están distribuidos en todo el territorio nacional y, por consiguiente, son cercanos a cualquier lugar de desastre dentro del territorio; tienen medios de comunicación fijos y móviles que están en funcionamiento permanente; además, poseen autonomía para desplazarse con medios propios por vía terrestre, aérea, marítima y fluvial; poseen medios necesarios para paliar los efectos de los desastres (aviones, helicópteros, maquinaria pesada, generadores eléctricos, plantas de potabilización de agua, carpas, cocinas, puentes, botes, etc.); poseen servicios de sanidad (hospitales de campaña, médicos, enfermeros, etc.); poseen una gran capacidad de planeamiento como parte de sus tareas habituales; además, capacidad de trabajo en equipo.

Frente a la falta de previsión y a la marginación de la capacidad militar, generalmente los gobiernos, como el nuestro, sólo se dan cuenta de la importancia del empleo de FF.AA. cuando se produce un gran desastre. Esta realidad contrasta con la de numerosos países, donde la población ve a sus militares en ese rol con naturalidad.

La lógica de la articulación civil-militar en materia de gestión de riesgo de desastres debe ser institucionalizada, no politizada, peor ideologizada. Difundida con frecuencia entre la población, con una planificación y preparación permanente, en vez de tener que improvisar en el momento del desastre. Y es absolutamente indispensable, en un país propenso a desastres naturales, que las FF.AA., que además deben asumir la Defensa Nacional con desafíos no sólo externos, dispongan de las capacidades operativas suficientes, tanto en recursos humanos como materiales.

En conclusión, podemos señalar, en la práctica, que la gestión de riesgo de desastres es imposible manejar bien sin la participación militar.