Ecuador. sábado 23 de septiembre de 2017
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¿Y todo esto para qué?

Hernán Pérez Loose
Guayaquil, Ecuador

Siguiendo un conocido eslogan de la era soviética, los ideólogos de la revolución nos dijeron que las libertades públicas y los derechos individuales era irrelevantes, frente a una política económica que prometía abundancia de empleo, crecimiento económico y eliminación de la pobreza.

Derechos como los de asociación, protesta, resistencia a la opresión, libre pensamiento, secreto de la correspondencia, e intimidad, para solo citar algunos, merecían ser sacrificados para llegar al paraíso de una economía que iba a crecer espectacularmente, y que pronto se convertiría en un modelo para la región. Tanto se nos dijo esto que miles de ecuatorianos que habían emigrado comenzaron a regresar llenos de ilusión.


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La división y la independencia de poderes públicos fue denostada, pues ello ofrecía ser un estorbo frente a la bonanza económica que nos esperaba a la vuelta de la esquina. Personajes que en su vida parecían haber leído a Montesquieu se mofaron de él y su pensamiento, llegando a tildarlo de anticuado. ¿Qué importaba eso de los contrapesos del constitucionalismo estadounidense frente a la prosperidad económica que estaba por llegar? ¿Qué importaba eso de los derechos humanos, y respeto al debido proceso, si eso era un invento de los anglosajones, que no se compadecían con América Latina? En fin, tan perfecto era todo, tanta era la felicidad que nos aguardaba, que la Constitución y la revolución iban a durar 300 años.

En nombre de esa transformación económica que iba a convertir a nuestro país en la envidia de todos –el llamado “milagro”– se debió entonces soportar que el insulto, la grosería, el sarcasmo, la procacidad y la arbitrariedad se conviertan en el lenguaje común del poder. Para asegurarse de que ese futuro hermoso no sea perturbado, el Gobierno pasó a controlar a un emporio de medios de comunicación, mientras se acosaba a periodistas independientes, y, en general, a quienes opinaban diferente. En nombre de ese mañana esplendoroso, el Gobierno declaró abiertamente que su cabeza era el jefe de todas las llamadas funciones del Estado; y, así sucedió, en los hechos.

Sin embargo, ¿de qué ha servido todo eso? ¿De qué sirvieron los sacrificios que se le impuso a la sociedad civil –a la que se la ha denunciado ahora como un peligro– en sus derechos civiles y políticos, si luego de haber recibido 300 mil millones de dólares en ingresos fiscales, la más grande bonanza económica jamás experimentada por el país en su historia, hoy el país se enfrenta a una dura recesión económica, alto desempleo y subempleo, falta de crédito, y una deuda de 30 mil millones de dólares que ha sido negociada en las peores condiciones imaginables?

Lamentablemente, algunos sectores parecen no caer en cuenta que no existiendo posibilidad alguna de que se rectifiquen tantos errores, para el próximo año el país se habrá convertido en una segunda Venezuela tanto en lo económico y social, como en lo jurídico y político. Parafraseando al santo Francisco Xavier, valdría entonces preguntarse, ¿de qué servirán las elecciones si se habrá perdido al país? (O)