Ecuador. Miércoles 18 de enero de 2017
  • Seguir en Facebook
  • Seguir en Twitter
  • Seguir en Google+
  • Seguir en YouTube
  • Seguir en Instagram
  • Seguir en LinkedIn

Terminar una relación

Arturo Cervantes
Quito, Ecuador

Tengo un amigo al que siempre, justo después de la tercera cerveza, se le ocurren ideas raras.

El problema no es que se le ocurran mientras está ebrio. El problema es que luego de la resaca las lleva a cabo. Las ideas concebidas entre tragos no hacen daño, siempre y cuando permanezcan en tu cabeza, jamás se hagan realidad y el ímpetu por hacerlas dure lo que duran los efectos achispados del alcohol. Pero mi amigo, una vez sobrio, se cree con el derecho de concretar todas sus idioteces de borracho. La última de sus excentricidades consiste en organizar ceremonias para terminar a una novia o novio, esposo o esposa, o lo que sea.

Publicidad

-Las empresas únicamente organizan eventos para pedir la mano- me dijo. Y me lo dijo como si hubiese hecho un estudio de mercado antes de venir al bar en el que estamos.

-Será porque es un momento especial -intenté explicarle-. Necesitas escoger el escenario ideal, como una piscina bañada en rosas y vino y frutillas, y esas empresas te lo ofrecen.

-¡No, no! -rechazó él-. Cuando estás enamorado -me dijo mi amigo, que todas las semanas se enamora- no importa el lugar al que vayas con tu pareja. Puedes ir al mismísimo infierno y te parecerá el sitio más hermoso y fresco del mundo porque estás cegado, hipnotizado, bobo. Pero cuando vas a terminar con alguien, todo lo que antes parecía bello ahora te resulta horrible, ahora ves las cosas tal como son: la carne mal cocinada te parece antihigiénica y asquerosa, el champagne de mala calidad te produce náusea, el gorro y el corbatín del mesero te resultan ridículos, penosos.

-¿A qué punto quieres llegar?- le pregunté entre angustiado y ansioso porque a esas alturas la tercera botella de mi amigo ya estaba seca… y se disponía a agarrar la cuarta.

-Ahí es cuando intervengo yo -me dijo él, sacando pecho, sonriendo con exageración y con autoestima de superhéroe-. Lo que necesitan es una empresa que les organice la ruptura.

-¡¿Qué?!- salté yo y todos los borrachos de las mesas cercanas a nosotros.

-Sí, Arturo, como lo escuchas -reafirmó mi amigo porque siempre reafirma sus idioteces en los bares-. Una empresa que haga más ameno el momento de decir: “No eres tú, soy yo”. Que les ofrezca los servicios idóneos para hacer de ese momento horrible de tu vida, el más hermoso de todos los momentos horribles de tu vida.

-¿Qué les ofrecerás?- le pregunté mientras hundía mis nachos en salsa de queso.

-Una cena en medio del Mediterráneo, un concierto de tu artista favorito en la terraza floreada de tu casa, un sobrevuelo por París a bordo de un helicóptero musicalizado, la posibilidad de escribir con humo, en el cielo: “TE AMARÉ POR SIEMPRE. BYE”.

-¿Pero no se corre el riesgo de que, en un ambiente tan romántico y meloso, los clientes se abstengan de terminar la relación?- le cuestioné.

-Claro -consintió mi amigo-. Es posible que decidan no terminar, pero la empresa no lo permitirá. Se cobrará por adelantado y se colocará, en el contrato, una cláusula especial: “En caso de que la ruptura no se concrete, el cliente deberá pagar una penalidad equivalente a diez salarios básicos”.

-¿No será esa una forma de presionarlos para que terminen? O sea, como hacen los curas o los psicólogos baratos.

-Para nada, Arturo -me corrigió-. Recuerda que nosotros, los de la empresa, no provocamos la ruptura, sólo ofrecemos el servicio para sobrellevarla mejor. No buscamos que una pareja termine, de la misma manera que un vendedor de ataúdes no espera que la gente muera. Pero ya que ocurre, ya que en el mundo hay rupturas y divorcios y cachos y caos y tristeza, ¿por qué no una empresa que suavice el último momento, el último recuerdo?

-Habrán lágrimas, muchas- le anticipé.

-Muchísimas -me interrumpió-. Y no se podrá diferenciar si son provocada por la ruptura en sí, por el hermoso sitio escogido para finiquitar la relación o por el corbatín ridículo del mesero.

-Deberás entregar pañuelos, muchos; y agua, bastante- le recomendé.

-De todas las clases y todo importado -me dijo como si me vendiese el paquete.

-Me queda una duda respecto a las formas de pago -le dije-. ¿Quién deberá cancelar por el servicio? ¿El que termina la relación o el que recibe la estocada en el corazón?

-Eso aún está en estudio -me esclareció-. Pero en todo caso, se busca que quien lo haga, tenga facilidades de pago. Por ejemplo, en el caso de los divorcios, se puede abonar con parte de los bienes que quedan en la repartición.

-¡Sabrás quién termina más las relaciones, si los hombres o las mujeres!- me emocioné.

-Por supuesto. Desmentiré a esos que, cuando le preguntas quién fue el primero que terminó en su relación, responden: “Fuimos los dos”. Como si fuese un acuerdo simultáneo y exacto en tiempo, como si dijeran a dúo: “A ver, a la cuenta de tres repitamos los dos: “T-E-R-M-I-N-A-M-O-S”. No, siempre hay uno que se adelanta y otro que lo acepta con resignación y lágrimas; uno que recibe el navajazo y otro que se siente el tipo más inhumado de este mundo por clavarlo.

-Interesante -le dije, ya más sereno-. Puedes llevar esas estadísticas a las universidades. Les interesará saber qué género es más cruel en materia del amor. Te pagarán por eso.

-Sí -aceptó él-. Además, durante la ceremonia de ruptura, se proyectará un video con los peores momentos de la relación: notas de voz de WhatsApp que contengan las peleas más terroríficas, capturas de pantallas de las veces que se enviaron ese emoticón de cejas fruncidas y rostro rojísimo, y un recuento estadístico de las ocasiones que se fueron a dormir sin decir “Te amo”.

-¿Para qué?

-La idea es que los clientes no pierdan de vista el objetivo del sobrevuelo por París… que recuerden a lo que vinieron.

-Suena un poco cruel- le dije, pero mentí. A esas alturas, yo ya estaba considerando seriamente la idea de convertirme en su socio. O en su primer cliente.

Publicidad