Ecuador. Lunes 27 de Marzo de 2017
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Manabí en el corazón

Miguel Molina Díaz
Quito, Ecuador

Caminar por la playa de Don Juan tiene que ver con una ensoñación o con el recuerdo de una antigua felicidad.

Sobre la arena están los botes de los pescadores, que a tres semanas del cataclismo, han retomado su rutina y su vocación. El pueblo es pequeño, pero el rumor de una insospechada paz vuela junto a la brisa del mar. ¿Qué queda después del desastre? Queda el mar.

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Mi llegada a Pedernales fue abrupta. La tarde comenzó a perder su calidez y tornarse nublada minutos antes de que viera las primeras construcciones destruidas. Pocas veces el acto de ver me había causado tal impacto. “Algo se rompió en mi vida”, escribió Carlos Arcos Cabrera, luego del terremoto. Y es cierto. Tengo el presentimiento de gritos ahogados que se pierden en el aire. Me han dicho que nada he visto. Que la Pedernales de hoy no tiene nada que ver con la zona deshecha que quedó después del 16 de abril. Sin embargo, es una de las visiones más dolorosas de mi vida.

Veo al borde de la carretera albergues de damnificados. Es mucho peor de lo que imaginé. Mucho peor. Nadie puede tener una idea de lo que ha sucedido en Manabí si no lo ve con sus propios ojos. Familias que lo han perdido todo y que lo siguen perdiendo todo. Las palabras de Emilia me rondan en la cabeza cada vez que descubro estos albergues: pronto nacerán los bebes del terremoto. Esa horrenda consecuencia del desastre que marcará la vida de tantas niñas, sometidas al horror por la fractura que un movimiento sísmico ha causado en nuestras vidas.

En la carretera de Don Juan me espera Cecilia Dávila para subir al campamento. Una vez allí armo mi carpa y todos juntos abrimos una botella de vodka. Estamos agotados. No es el cansancio del viaje, es el chuchaqui luego de ver una ciudad destruida. Nos sentamos alrededor de la mesa de comedor que se ha instalado en el jardín, en un espacio donde una carpa protege las cosas que se salvaron del derrumbe de la casa. Definimos el itinerario del día siguiente y, antes de que caiga la noche, hacemos un recorrido de reconocimiento del campamento: la zona de las carpas, la cocina, la ducha, la letrina.

La noche es una oscuridad absoluta que se cierne sobre el cerro en donde está el campamento. A lo lejos percibo los sonidos del oleaje. Cecilia me cuenta cómo han sido sus días en el campamento de voluntarios. Me pide que rescate dos recuerdos. El primero tiene que ver con una mujer, que trabajaba en Quito y que dejó a sus tres hijos a cargo de su madre en Don Juan, es decir, de la abuela de los niños. Llegó a Don Juan tres días después del terremoto y Cecilia no puede olvidar la emoción y el llanto de felicidad de la mujer cuando, por fin, encontró a su familia.

El otro recuerdo que Cecilia conserva fue la lectura que Carlos, su marido, hizo en Don Juan los días inmediatamente posteriores al terremoto, en el momento más duro y más trágico, cuando la cifra de muertos se incrementaba cada hora. Dentro de su carpa, en lo más denso de la noche, leyó la poesía de Federico García Lorca. Así recuerda Cecilia esas noches, en las que sobrecogidos por el dolor y el miedo a las réplicas del sismo, encontró en la poesía del granadino un bálsamo contra la desesperación. Sólo la poesía es empática y puede ser solidaria en medio del horror y del desastre.

* * *

Esta mañana fuimos a Jama con la intención de visitar el museo de la ciudad y la colección arqueológica. En primer lugar visitamos el campamento en el que Cecilia ayuda. Muchos niños están enfermos de gripe y diarrea. Les saludo y me cuentan que están en tratamiento. Dicen que médicos cubanos se han hecho cargo del hospital de Jama. Puedo ver que los albergues del gobierno y de la ACNUR son más decentes y dignos que los que cada familia se arma afuera de su casa, para cuidar sus cosas.

A lo lejos veo el mar. Repito para mí mismo: cuando todo termine, quedará el mar. También quedan, por todos lados, vestigios del desastre y del dolor. Rastros de las pérdidas. Necesito un respiro y saco de mi mochila la ‘Tercera Residencia’ de Neruda, que hace pocos días me obsequió Emilia. Sólo la poesía nos ayuda a sobrevivir. Sólo la poesía nos da fuerzas, cuando la vida nos ha sucedido con implacable violencia.

Es probablemente que más de la mitad de las piezas del emblemático Museo de Jama estén destruidas. Eran alrededor de 400. Me lo dice la directora, Raquel Farías. Cuando vuelva a Quito haré un reportaje sobre este hecho. Gran parte de la memoria de este país ha sido sepultada y convertida en polvo. Manabí, el corazón palpitante de nuestra historia más antigua, debe enfrentar ahora el horror de la desmemoria.

Almorzamos en el campamento de Cecilia. Todos los días la gente del pueblo, los pescadores, suben a la loma en donde estuvo el Monasterio de Escritura de Carlos, con pescados y otros alimentos. La solidaridad de estas personas, que han sufrido tanto, no tiene límites. Este es el Ecuador profundo que está más allá de Quito y de todos los discursos que el sátrapa y su séquito han vomitado estos días.

En la tarde entrevisté a Ruth Román. Su historia será materia de otro de mis reportajes. Durante 15 años ella y su esposo, Esteban Ponce, ejercieron la docencia literaria en los Estados Unidos. Volvieron como profesores Prometeo a la Universidad Laica Eloy Alfaro de Manabí y, una vez que terminó el programa, decidieron quedarse. Se trasladaron a Guayaquil para enseñar en la Universidad de las Artes.

Desde que aconteció el terremoto Ruth baja con su burro Domingo al pueblo y lee libros a los niños. Es la palabra escrita levantando de las cenizas al Ecuador. Hombres y mujeres de letras, forjados entre libros e historias, reconstruyendo un país. Ruth me ha dicho que este terremoto ha reafirmado de forma definitiva su voluntad de vivir en Manabí. Ya no es el idilio que los quiteños tenemos con estas tierras sino algo mucho más profundo y fuerte. Es el hecho inconfundible de compartir la experiencia de haber sobrevivido. Me ha dicho que si un desastre acontece en su vida, prefiere que sea en Manabí y con la gente manaba, que en su solidaridad y entereza no tiene par alguno.

Esta tarde habrá teatro. Ruth ha conseguido que un grupo de teatreros de Manta, dirigidos por Nixon García, el director del grupo teatral La Trinchera, vengan hoy a Don Juan para presentar una obra. Mañana irán a Jama y al Matal. Son un grupo de artistas que han decidido organizarse para ayudar haciendo lo que saben. Se han propuesto utilizar el teatro para reconstruir emocionalmente al Ecuador.

Ha sido una experiencia única. La gente del pueblo, especialmente los niños, han rodeado a los actores y payasos para ver la puesta en escena. Todo el pueblo ha bailado. Los personajes de la obra han pedido un minuto de silencio por los caídos. Pero también nos han recordado que el mundo continúa su marcha, pese a la tristeza. Es el poder del teatro devolviéndole la gente la esperanza en la vida y la certeza de que todo aquel que cae, puede levantarse, necesita resurgir y tiene la obligación de vivir.

He visto los rostros de los niños y he tenido la íntima convicción de que el Ecuador ha resistido y resistirá. Neruda escribe: “Nada pueden los lentos martirios de este tiempo/ contra su corazón de madera invencible”.

* * *

Camino por las playas de Don Juan por última vez. Converso con los pescadores. Fabricio Sosa me cuenta que estaba en el pueblo el día del terremoto pero su esposa estaba en el mar, pescando junto a su hermano. Fabricio recuerda la desesperación que le invadió cuando el movimiento telúrico destruyó Manabí en un instante atroz. Corrió a la playa y no se movió hasta que vio a su esposa volver, en el último bote.

Veo el mar mientras escucho la historia. No recuerdo la primera vez que vi el mar, siempre ha sido en mi vida una presencia amiga que me embriaga y que me revitaliza. El terremoto fue brutal. Pero tenemos el mar y sus aguas nos lavan. Nos limpian del polvo que dejan estos escombros. El mar es la insistencia de la vida que persiste y que sigue adelante.

Supe, por Cecilia, que voluntarias españolas participaron en su campamento. La prensa nacional y extranjera informó que España envió un importante grupo de rescatistas y de perros que ayudaron a salvar vidas. Leo “Un canto para Bolívar”, el poema que Neruda escribe en el contexto de la Guerra Civil Española y que inevitablemente es un homenaje a los combatientes de origen latinoamericano que participaron en el Quinto Regimiento, la brigada de extranjeros que defendió a la república democrática del ataque fascista que Francisco Franco encarnó. Veo una simetría muy bella. Es indudable que la poesía sabe cosas que yo ignoro.

Han pasado casi tres semanas desde el terremoto. Escribo estas notas desde el Monasterio Don Juan, el sueño de internado para escritores que la naturaleza y su furia arrebataron a un novelista. La casa está destruida pero el campamento que se organizó a sus alrededores fue absolutamente funcional en los momentos de más necesidad y, además, constituyó una de las poderosas muestras de heroicidad de la sociedad civil de este país.

Regreso a Quito, a terminar los pocos días que le faltan a mi carrera universitaria, a mi vida de siempre, a mis ruidos y a mis silencios. Algo, sin embargo, ha cambiado en mí. Nunca había visto tanta destrucción pero tampoco tanta voluntad, generosidad y fortaleza. En este viaje he aprendido que es posible sonreír pese al desastre, porque toda vida rota puede rehacerse. Durante esta travesía me acompañó la ‘Tercera residencia’ y la caudalosa y torrencial fuerza del poema “España en el corazón”. Son versos que Neruda escribió en España y sobre España, durante y luego de la fratricida Guerra Civil que acabó con el sueño de la segunda república. Está ha sido mi residencia en Manabí. Conduzco y por las ventanas de mi auto veo los fenomenales paisajes del Ecuador, acariciados por la luz de la tarde. Yo no escribiré poemas. Escribiré lo que vi y lo que sentí. Y titularé mi texto “Manabí en el corazón”.

CRÓNICA