Ecuador. Domingo 11 de diciembre de 2016
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Las ollas encantadas

Hernán Pérez Loose
Guayaquil, Ecuador

Cuando nos llamaban para el juego de romper las ollas encantadas con una venda en los ojos, todos sabíamos que la fiesta estaba por concluir.

Ese era el último número de la tarde antes de regresar rendidos a casa. Luego de haber disfrutado de pasteles, helados, tortas, gelatinas y de los payasos, el romper las ollas encantadas, o las piñatas como luego fueron conocidas, marcaba el final de la matiné.

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Luego de nueve años de haber disfrutado los placeres que el poder absoluto ofrece a los dictadores; después de haberse gastado y despilfarrado sin ningún control alrededor de 300 mil millones de dólares; luego de haber convertido al Poder Judicial en simple garante de la impunidad y al control constitucional en un custodio de su arbitrariedad; ahora, cuando parece que se acabó la torta, y cuando los payasos ya se han ido, la música ha cesado y los refrescos escasean, es cuando los nuevos dueños del país y su elegida corte se aprestan a romper las ollas encantadas antes de irse a su casa. La diferencia es que dentro de las ollas encantadas que ahora se aprestan a romper estos señoritos están los pocos recursos y activos que le quedan al Estado ecuatoriano; que en vez de romper las ollas encantadas con palos en manos, se usa la fórmula del contrato a dedo, sin licitación o concurso que garantice que haya varios oferentes independientes compitiendo lealmente; y que lejos de tener los ojos vendados, los que se aprestan a romper las ollas encantadas los tienen bien abiertos. En realidad, los únicos que tienen vendados los ojos aquí son los ciudadanos, que solo se enterarán de las condiciones en que se negocian estos contratos una vez que se hayan firmado; y siempre y cuando haya por allí algún funcionario de segunda que por generosidad o error termine entregando una copia de los documentos y el expediente a la prensa independiente.

Solo entonces quizás se podrán entender las oportunidades perdidas para el país, las simulaciones fabricadas, las prebendas disfrazadas y los daños maquillados. Allí es cuando recién se entenderán las leyes con dedicatorias, con sus inocentes transitorias. Pero claro, ya para entonces será tarde. A la vuelta de la esquina habrá otra olla encantada a punto de romperse, y así sucesivamente en frenética carrera. Y es que en la Socialist Banana Republic no hay ley más eficaz que la ley de los hechos consumados.

Y mientras se dedican a romper más ollas encantadas, y eufóricos se lanzan a recoger del suelo los últimos caramelos que quedan después de la larga década del despilfarro, el dueño del circo se empeña en distraernos con novedosos shows. Ahora le ha dado por dar clases de ética, para ver si el paisito se olvida de cómo luego de obtener recursos de dudoso origen no dudó en llevárselos al exterior y sin pagar impuesto a la renta.

Y mientras todo esto ocurre, zas… por allí bien puede suceder que los señoritos hayan roto otra olla encantada. (O)

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