Ecuador. Miércoles 28 de septiembre de 2016
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Historia secreta de LaRepública

Marco Bustamante
Nueva York

Conocí a Carlos Jijón a inicio de los ochenta.

Él era estudiante de leyes, mientras se iniciaba como periodista en la revista Vistazo, y yo acababa de salir de ella luego de un año como redactor, para reiniciar mis estudios de medicina. Desde entonces, la vida nos llevó por distintos caminos, aunque nunca hemos perdido el contacto. Él se dedico a tiempo completo al periodismo escrito y televisivo, por lo que maneja con aplomo las respectivas prensas escrita y audiovisual. Estas destrezas las ha aplicado con éxito en la creación y desarrollo de LaRepublica.

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Poco mas de cinco años atrás, supe que él estaba formándola. Le ofrecí mi apoyo, lo aceptó, y vino a Nueva York para adquirir los primeros equipos audiovisuales. Su visita era corta, así que el día siguiente de su llegada fuimos a comprarlos de inmediato. La cuenta se acercaba a los veinte mil dolares. Lo primero que recuerdo es que alguien nos dijo en la tienda, sorprendido por el volumen de la compra, que habíamos llegado justo a tiempo, pues desde el día siguiente, un viernes, el almacén especializado cerraba sus puertas por una fiesta religiosa judía durante todo el fin de semana. De no haber ido ese día, habría sido su viaje tal vez en vano, debido a la preprogramada fecha de su regreso a Guayaquil.

No puedo olvidar tampoco, que al presentar el cheque por esa cantidad, el dependiente nos advirtió que no lo iban a aceptar. Habíamos transferido los fondos desde otra cuenta a mi chequera y confiaba en mi liquidez. ¡Qué ingenuidad! En efecto, cuando presentamos el cheque, la cajera confirmó que, debido a la elevada suma, no era válido sin una autorización expresa de mi banco. En ese momento, con los numerosos equipos a la espera en los pasillos del local, y entre una marejada de ruidosos clientes, además del natural sonido ambiental de un bullente comercio y de la acera adyacente, llamé al banco más de una vez. Apenas podía escuchar a mi interlocutora. Finalmente, luego de cerca de una hora, y no recuerdo ya después de que información o contraseña, aprobaron la transacción.

Mi auto es uno descapotable, en donde caben justo cuatro personas. Lo habíamos dejado en un parqueo vecino, y tuve que acercarlo al almacén para cargarlo con los recién liberados equipos. Aparqué ilegalmente cerca del local, en la acera de enfrente, en plena Novena Avenida de Manhattan, y tuve que bajar el capote para que cupieran las cajas en el interior del auto. En el reducido baúl posterior apenas había espacio para las compras más pequeñas. Demás está decirlo, Carlos y su esposa, María Rosa, no cabían ya, pues eran los equipos o ellos. Por supuesto, no pudo faltar ese día un policía de transito que se materializó “como por arte de birlibirloque” a citarme. Creo que le caímos bien, luego de algún alegato en nuestra defensa, y nuestra promesa que en cinco minutos más dejaríamos de violar las leyes de tráfico neoyorquinas.

Veinte minutos después, sin perder de vista al gendarme, comenzó nuestro viaje de regreso. Yo, con una gran caja de cartón como copiloto, y más de ellas en el asiento trasero como pasajeros, y Carlos y Maria Rosa en un taxi, enfilamos de vuelta a mi apartamento, los equipos sanos y salvos.

Mucha agua ha corrido desde esa soleada mañana neoyorquina en que acompañé a mi amigo a comprar las primeras cámaras de lo que él visualizaba como un influyente medio independiente y pluralista en internet. Poco después, en junio de 2011, su mes de inicio, LaRepublica tenía cinco mil paginas vistas por día. Ahora, son sesenta mil. “Hemos llegado a picos que superan las cien mil… hemos pasado los doscientos mil hits en un día algunas veces. La noche del terremoto, doscientas cincuenta mil personas entraron a LaRepública para enterarse de lo que había ocurrido… mientras la televisión guardaba silencio durante las primeras horas, por temor a la censura”, dice Carlos.

Su programa de opinión, “Con Todo Respeto”, tiene 25 mil espectadores como promedio. Cuando LaRepública transmitió las protestas en contra de las leyes de herencia y plusvalía, los de LaRepública eran los únicos que transmitían en vivo. La televisión ponía telenovelas. “Las transmisiones de las protestas fueron el principal motivo por el que nos dieron dos premios Eugenio Espejo, uno a LaRepública, en la categoría de innovación tecnológica, y otro a mi, como periodista”, me ha contado Carlos.

Continúa la historia cotidiana de La Republica escribiéndose. Como dijo Carlos en su discurso inaugural hace cinco años, “Larga vida a La República!”. Que así sea.

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