Ecuador. Domingo 4 de diciembre de 2016
  • Seguir en Facebook
  • Seguir en Twitter
  • Seguir en Google+
  • Seguir en YouTube
  • Seguir en Instagram
  • Seguir en LinkedIn

El futuro como coartada

Simón Ordóñez Cordero
Quito, Ecuador

Según el descafeinado y postmoderno camarada Guillaume Long, “para poder garantizar todos los derechos primero hay que luchar contra la pobreza.

Son las estructuras sociales, políticas y económicas imperantes las que vulneran los derechos civiles y políticos. Por tanto hay que cambiar las estructuras. No es fácil, porque ‘ciertos sectores’ no están dispuestos a abandonar la cómoda premodernidad rentista sin oponer resistencia. […] No estoy pidiendo relativizar los Derechos Humanos, ya que son universales, pero hay que ponerlos en un contexto histórico”. Estas, y otras perlas de la misma laya, las dijo el camarada ante el Comité de Derechos Humanos de la ONU en Ginebra. Para Roberto Aguilar, quien hizo los reportes del paso de la extensa delegación oficial del Ecuador en Ginebra, el Canciller no sólo relativizó la pertinencia de los derechos humanos, sino que se concedió el derecho de violarlos y ponerlos en suspenso mientras se cambia la historia. Los derechos, en definitiva, tendrán lugar en el futuro.

Publicidad

Long es parte de los “intelectuales de izquierda” que, según ellos, se encuentran dentro del gobierno para “disputar el sentido del proceso” frente al grupo de los business men. Dentro de ese grupo de los “ideológicos”, se encuentran personajes como René Ramírez, Fander Falconí, Virgilio Hernández y unos cuantos más. Expertos en disparates, en antiguallas ideológicas y en hacer refritos incomprensibles de cualquier autor que consideren de izquierda, han sido los encargados de barnizar al régimen con un discurso que ellos consideran progresista; han elaborado los documentos teóricos de la Revolución Ciudadana y los Planes del Buen Vivir. A sus lúcidas mentes debemos aportes tan significativos para las ciencias sociales como los del “bio-socialismo del buen vivir que integra el ocio creativo y la minga” (concepto en donde se siente el aporte teórico práctico de Fredy Ehlers), y una planificación para 30 años que integra “orientaciones éticas, utópicas y teóricas que permiten delimitar el norte del camino y aseguran la factibilidad de sus sueños.[…]Socialismo del buen vivir que no busca la opulencia ni el crecimiento económico infinito sino el florecimiento saludable de todos y todas”.

También han hablado de superar el caduco Estado de Derecho burgués, (precisamente ese que implica la separación de poderes y limita el poder del Estado para proteger y garantizar los derechos de los ciudadanos) y de la construcción de una sociedad colectivista para superar aquella conformada por “ciudadanos aislados que solo persiguen sus intereses individuales”.

Esa visión utópica del mundo, que nos promete un futuro de felicidad, abundancia y libertad, que pone al porvenir y a los fines como coartada moral para justificar los crímenes y latrocinios del presente, también las tuvieron las peores dictaduras del siglo veinte.

Richard Overy, refiriéndose a las dictaduras de Hitler y Stalin, dice: “La visión que se hallaba en el centro de las dos dictaduras es utópica en un sentido literal. […] ambas persiguieron la sociedad perfecta obligando a sus súbditos a luchar contra el presente imperfecto. El antiguo orden tenía que convertirse bajo el celo transformador del régimen en un orden nuevo en el cual el viejo egoísmo se abandonaría por un “nosotros” colectivo. La perfección debía alcanzarse a costa de abandonar el presente y abrazar con entusiasmo apocalíptico la era futura. “El Estado debe actuar”, escribió Hitler, “como custodio de un futuro milenario ante el cual los deseos y el egoísmo del individuo deben ser insignificantes y someterse”. El proyecto socialista bajo Stalin se edificó sobre la idea de la lucha contra los elementos supervivientes del egoísmo de clase y el triunfo final de una edad de oro de colectivismo comunista”.

Pese a la precariedad intelectual de los pensadores del régimen y a las chapuzas discursivas con que se adornan, queda bastante claro cuáles son las ideas que los alimentan y el peligro que ellas implican. Y digo peligro no sólo por el hecho de que esas ideas hayan servido como cimiento ideológico de las dictaduras referidas, sino por el colapso moral que implica poner a los fines y al porvenir como justificativo ético de las atrocidades presentes; en otras palabras, los inmorales medios que se puedan utilizar en el presente quedarían justificados y legitimados por los fines y el futuro. “¡Con puño de hierro conduciremos a la humanidad a la felicidad!”, decía una de las primeras consignas bolcheviques.

Hablo de colapso moral, pues bajo la idea del proyecto histórico o de que la ley jurídica y moral están encarnadas en la voluntad del líder, los funcionarios e intelectuales se vuelven piezas de una gigantesca maquinaria totalitaria; y, por considerarse meros engranajes de una historia cuyas leyes los superan, se sienten exentos de cualquier responsabilidad moral.

Cuando se analizan fuerzas sociales, tendencias o leyes históricas, desaparecen de escena los individuos y los seres humanos concretos que son los criminales o las victimas de esos procesos. Si se trata de procesos necesarios, de leyes que rigen la historia de manera irremediable, las acciones de los individuos pierden relevancia y únicamente cobran sentido en la medida en que contribuyan o se opongan a esas finalidades históricas. En un único y mismo movimiento se construye al revolucionario y al enemigo; y las víctimas de los crímenes son culpables por pretender obstaculizar las leyes que los revolucionarios encarnan. Desde el punto de vista del “revolucionario”, sus actos no son más que la consecuencia de una necesidad histórica y, desde esa perspectiva, la responsabilidad individual y moral quedan abolidas.

Debe ser por eso que estos “intelectuales de izquierda” y muchos otros que pululan alrededor del poder, no han dicho ni media palabra de la criminalización de la protesta social, ni del acoso a la prensa independiente. Callaron, y en muchos casos han sido cómplices, cuando el poder se cebó de manera canallesca contra el Coronel Carrión, contra los Diez de Luluncoto, contra los chicos del Central Técnico, contra Manuela Picq, Martha Roldós, Mery Zamora, Fernando Villavicencio, Carlos Figueroa, Klever Jiménez, Margoth Escobar, Lourdes Tibán, Fidel Araujo, Juan Carlos Calderón, Christian Zurita. Tampoco lo hicieron cuando se dio la persecución judicial a los dirigentes indígenas de Saraguro; menos aun cuando se cerraron radioemisoras populares o cuando se condenó a Emilio Palacio y a los accionistas del El Universo utilizando una figura jurídica que causa vergüenza ajena: la autoría coadyuvante. Y hay muertes no esclarecidas como las de Froilán Jiménez y Bosco Wisuma sobre las que también mantuvieron un oprobioso silencio.

Sobre los antes nombrados cayó toda la arbitrariedad del poder sin otra causa que no sea la de discrepar y oponerse al “proyecto”. Son las víctimas de la dictadura y para las víctimas no hay porvenir luminoso; solo sufren el presente. Justificar la perdida de libertades y la negación de derechos para cualquier ser humano en nombre de la revolución y el cambio social, es una aberración propia de canallas.

Albert Camus, ese gigante filósofo de la libertad, lo refiere de este modo: “El sufrimiento nunca es provisional para quien no cree en el porvenir. Pero cien años de dolor pasan pronto para quien afirma que en el año ciento uno se alcanzará la ciudad definitiva. En la perspectiva de la profecía nada importa. […] ¿Qué importa que ello se logre con la dictadura y la violencia?[…] Pero todo socialismo es utópico, y ante todo el científico. La utopía sustituye a Dios con el porvenir. Entonces identifica el porvenir con la moral; el único valor es el que sirve a ese porvenir. De ahí que haya sido casi siempre obligatoria y autoritaria.”

En la Unión Soviética la gente esperó por algo más de setenta años y el paraíso de justicia y libertad jamás llegó; de Lenin, Stalin y los demás gobernantes comunistas queda el recuerdo de los gulags, de las purgas a los opositores, de la servidumbre generalizada y de los más de veinte millones de muertos generados por los procesos de colectivización forzosa. En la Cuba de los Castro la espera ya dura algo más de cincuenta y seis años y la dictadura familiar ha convertido a esa hermosa isla en un inmenso campo de prisioneros hambrientos, en donde el mar sustituye los muros y los barrotes.

En Corea del Norte están por cumplirse sesenta y ocho años de vivir en completo aislamiento, pobreza, sumisión e ignorancia gracias al gobierno de un clan de chiflados megalómanos.

Kundera, el escritor checo que vivió las oprobiosas dictaduras de Europa del Este, lo cuenta: “A los que creen que los regímenes comunistas de Europa Central son exclusivamente producto de seres criminales, se les escapa una cuestión esencial: los que crearon estos regímenes criminales no fueron los criminales, sino los entusiastas; convencidos de que habían descubierto el único camino que conduce al paraíso. Lo defendieron valerosamente y para ello ejecutaron a mucha gente. Más tarde se llegó a la conclusión generalizada de que no existía paraíso alguno, de modo que los entusiastas resultaron ser asesinos.”

Pero los entusiastas han tenido sus recompensas. Quienes gobernaron esos países y aquellos que se mantuvieron en los círculos cercanos al poder, vivieron o viven en medio de grandes lujos; dominan y administran territorios y vidas como si de haciendas personales se trataran; se enriquecen de forma escandalosa mientras sus ciudadanos sobreviven en la pobreza y en la absoluta falta de libertades y derechos.

Nuestros diminutos émulos de los dictadores también lo hacen: René Ramírez y su esposa reciben en conjunto una suma aproximada a los doce mil dólares mensuales; Lenin Moreno vive como rey en Ginebra mantenido con fondos públicos; Guillaume Long viaja en primera clase y bebe champaña mientras revisa las notas para su inefable exposición en Ginebra; de fondos públicos se financia el casi millón de dólares que anualmente cuesta la seguridad de las hijas de un Presidente que se da el lujo de que sus hijas estudien en el exterior. Todos ellos se movilizan en lujosos autos estatales, cuentan con choferes, guardaespaldas y pajes; han viajado por casi todo el mundo financiados con fondos públicos y muchos han dejado sus modestas viviendas de clase media por lujosas casas ubicadas en los barrios menos proletarios de las principales ciudades del país. Viven en el presente lo que es solo promesa para los otros.

“Entonces, cuando la revolución, en nombre del poder y de la historia, se convierten en ese mecanismo mortífero y desmesurado, se hace sagrada una nueva rebelión en nombre de la mesura y de la vida”. Albert Camus.

Publicidad