Ecuador. Viernes 30 de septiembre de 2016
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Anagnórisis

Kevin Wright
Quito, Ecuador

En la literatura abundan los momentos de iluminación o epifanía.

Es común, especialmente en la narración breve o la tragedia, que el lector comparta con el narrador el momento que este se percata o entiende que ha sufrido un desconcierto. Estos instantes, llamémoslos “asombros”, son para Aristóteles los eventos fundamentales de la peripecia o la acción. La trama de la obra gira hacia la locación opuesta y el héroe se percata de su posición ante las fuerzas antagónicas, sufriendo un cambio desde la ignorancia al entender y esto lo mueve al amor o al rencor. En el caso de la tragedia, la anagnórisis da al autoconocimiento, al intimar del héroe con su verídico ser.

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Edipo, al saberse hijo y asesino de Layo su padre y consorte de Yocasta, su madre, se arranca los ojos. Cómo contraste perfecto está Casandra que conoce la forma que tendrá el destino, pero está rodeada de gente que lo ignora y por tanto sufre el escarnio.

Desde el Siglo de Oro nos llega la figura de Alonso Quijano que, ya en el lecho de muerte, despierta de sus delirios caballerescos y se sabe un mero hidalgo desmerecido.

Esos instantes definen la tragedia como aquella literatura que celebra el destruir de un ser heroico a causa de una única deficiencia que este desconoce.

Para los clásicos, y de cierta manera también para Cervantes, el momento más definitivo de la narración es cuando el héroe reconoce aquella deficiencia y se sabe mortal.

En las tragedias griegas, que son un sincretismo de los valores estéticos helénicos, el destino está prefigurado y por ende se asume que la audiencia debe percibir desde el principio a que está condenado el héroe mientras que este lo ignora.

En el Quijote de Cervantes el escritor se burla de sí mismo mediante un simulacro bufonesco en la que lleva una pasión literaria hasta un final conmovedor. Nosotros los lectores participamos en esta burla, entendiendo plenamente lo que Don Quijote ignora.

En el plano contrario está el género detectivesco  en el cual el raciocinio es el método de develación. El lector asiste a una exposición prolongada, donde una serie de hechos inconexos son yuxtapuestos por el detective para llegar a la respuesta del acertijo. Aquí se asume más bien que el lector debe participar desde la ignorancia y la sospecha para que la revelación le sea asombrosa.

Arthur Conan Doyle narra desde  la perspectiva de Watson, para forzar al lector a participar desde el desconcierto y la curiosidad.

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