Ecuador. Viernes 30 de septiembre de 2016
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La otra

Ana María López Jijón
Quito, Ecuador

El otro y, sobretodo, la otra viven en todo lado.

Tan cerca como la que se maquilla a mi lado en el bus, y tan lejos como una niña que tiene miedo de dormir por si la tierra vuelve a temblar y el techo le cae encima. Esos son mis otras. No había pensado en las otras de las otras hasta que conocí a seis niñas que viven a lado del mar pero no saben nadar. Seis niñas que viven en uno de los pueblos más afectados por el terremoto de magnitud 7.8 que sacudió la Costa ecuatoriana el 16 de abril de 2016.

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Coaque es un pueblo pequeño con cerca de 1700 habitantes, ubicado a 10,5 kilómetros de distancia del cantón Pedernales y tres barrios separados políticamente. En uno de ellos, la gente abandonó las destrozadas casas de adobe y cemento para sobrevivir en carpas hechas con plásticos regalados y lonas donadas por diferentes empresas y multinacionales. A su vez, éstas fueron construidas por terceros, voluntarios que llegaron al poblado días después del terremoto. Las carpas pequeñas, con sogas ajustadas a palos, forman un rectángulo que cubre la cancha de fútbol. Están una a lado de otra, sin mayor privacidad. Una delante de otra, sobre el césped.

Un grupo de niñas de entre 5 y 12 años corrían el sábado 15 de junio de 2016. “Seño, vamo a jugar pelota”, me repetían. Jugamos hasta que comenzó una ceremonia espiritual liderada por un chamán llegado de algún punto de la Sierra para adorar al Sol en el IV Festival de Solsticio de Verano organizado por el área de Turismo del Municipio de Pedernales.

Maíz regado en el césped formaba un círculo donde el chamán y sus ayudantes –vestidos completamente de blanco-, se movían entre cánticos y bailes reproducidos a través de unos parlantes. A un lado del círculo pararon unas plantas de maíz resecas. “Seño, vamo a ver esas cosas”, me dijo una niña y jaló mi mano. “Seño, seño, tómenos la foto”, me repetían. Seis niñas posaban y sonreían a la cámara en medio de plantas verdes y amarillas, paradas y caídas.

Mientras tanto, el chamán hablaba por el micrófono e invitaba a los asistentes a levantar las manos al cielo y girar sobre el propio eje, siguiendo un ritmo específico que salía de tambores y otros instrumentos tradicionales. Cuando un grupo de chicas salió del círculo donde habían presentado un baile a lado del chamán, otra niña me jaló hacia una carpa blanca que estaba llena de gente.

Chicas de diferentes edades se ponían o sacaban trajes llenos de color y brillo. Enseguida me pidieron que les tome más fotos. Querían posar a lado de esas desconocidas vestidas de manera tan inusual.

Dentro de la carpa, querían saber todo sobre las blusas blancas con bordado, las faldas que caían en forma de pliegos y combinaban el turquesa con el rosado, las mangas blancos con el bordado amarillo. Querían ver, tocar fajas que apretaban la cintura. Me pedía que retrate su encuentro con una chica a la que le caían filas de mullos sobre la barriga y otros arriba de las rodillas. Para ellas, esos trajes no eran típicos.

Después de las fotos, encontraron un puesto para cada una dentro de la carpa. Veían, maravilladas y curiosas, con qué se vestían y desvestían las demás, las otras, las desconocidas. Preguntaban, tocaban. No salía del asombro. Más que la música o las palabras que salían entrecortadas del micrófono que sostenía en las manos el chamán, les sorprendían las texturas y los colores que decoraban otros cuerpos.

“¿Si vio, seño?”, me preguntaron. Sí vi. Vi, sí, a través de ellas. A través de la maravilla de aprender cómo mi concepto de la otra se deforma al contrastarlo con su concepto de la otra.

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