Ecuador. Viernes 30 de septiembre de 2016
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Lo que aprendimos en esta década

Ignacio Dávila Espinoza
Quito, Ecuador

Se ha vuelto lugar común decir que el gobierno de Alianza País ha sido una década perdida.

Me parece, sin embargo, que este pesimismo no permite pensar retrospectivamente y darnos cuenta qué es lo aprendido y, a fin de cuentas, lo ganado. Una de las pocas cosas en que estoy de acuerdo con el presidente Correa es que el movimiento de los Forajidos de 2006 es un equivalente a los Indignados del 15-M en España. Tanto los Forajidos como los Indignados compartieron la intención de promover una democracia más participativa y autónoma alejada de los partidos políticos tradicionales, la demanda de una división de poderes real y el rechazo a las medidas antipopulares que eran producto del abuso de poder. Pero las similitudes no se limitan a los contenidos, sino también a las formas: protesta autoconvocada y espontánea propia de la sociedad civil. Ambos movimientos rompieron los esquemas con los que se entiende y se hace política al mostrarse alejados del sindicalismo y los partidos. Ambos fenómenos prometieron un momento de creación política autónomo, pues no eran un movimiento en el sentido estricto sino que estaban conformados de intereses y personas heterogéneas. Ambos “movimientos” mostraron el fin de la quietud política de la sociedad civil en su país respectivo.

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“Que se vayan todos”, “Que no, que no, que no nos representan” son dos consignas pronunciadas en puntos geográficos distintos pero  que muestran un sentimiento común: indignación del pueblo frente a los abusos del sistema político y rechazo al sistema partidario electoral existente. Sin lugar a dudas, los Forajidos son el preludio del gobierno de Rafael Correa y Alianza País. No olvidemos que fueron estos los que se autoconvocaron a través de Radio La Luna para apoyar los proyectos de Correa cuando era ministro de Economía y los que impulsaron su candidatura. Ese fue su error y eso es lo que aprendimos. Entiéndase bien: no fue su error promocionar e impulsar a Rafael Correa. Su error fue buscar la solución en el mismo paradigma de democracia electoral que era la causa de su indignación.

Las consecuencias son claras: la aparición de un gobierno que tampoco representa los intereses populares, la centralización del poder en Rafael Correa y la formación de una nueva élite política autoritaria. En contraste con los Indignados del 15-M, los Forajidos creyeron en la democracia electoral y no crearon espacios como las Ágoras y las acampadas en los que el diálogo y la actividad política autónoma son posibles. Forajidos e Indignados compartieron la actitud contestaría de la política, pero lamentablemente en Ecuador el momento creativo fue raptado por Alianza País. Esta diferencia es la que el presidente Correa, cegado por su vanidad y su deseo de trascender en la historia, no puede ver. La mal llamada Revolución Ciudadana fue un revés para lo que prometía ser el fin de la quietud política de las clases medias urbanas y la sociedad civil en general. La extraordinaria fuerza democrática de los Forajidos lamentablemente encontró la solución al interior de la democracia electoral y del capitalismo que Alianza País disfrazó bajo un supuesto discurso de izquierda.

Ahora, como en la época de los Forajidos, vivimos la intención de las élites políticas de socializar las pérdidas y privatizar los beneficios, presenciamos los abusos de poder y observamos una nueva élite que huele a podrido. Frente a esta situación, no podemos esperar a las elecciones. Eso significaría caer en el mismo agujero. Eso significaría deshacer la indignación y la protesta en la democracia electoral que tanto daño ha hecho al país. Lo que hay que notar de una vez por todas es que este sistema (neoliberal y capitalista) no es capaz de representar los intereses del pueblo. Capitalismo, Estado y Democracia han demostrado ser simplemente incompatibles.

Hay que radicalizar la democracia. Por ello, la protesta no sólo debe criticar a las nuevas élites tecnocráticas y la burocratización de la vida impulsada por el gobierno de AP, sino la forma en que se ha concebido la democracia y se la ha reducido y ligado íntimamente al sufragio. Ya aprendimos el error. No se puede permitir que la protesta impulse a líderes que van a entrar en el mismo paradigma. La protesta no debe tener como objetivo impulsar a Lasso o a cualquier otro candidato. La protesta debe ser una fuerza para regenerar las instancias democráticas. Desde y en la protesta deben surgir nuevas propuestas alejadas de la maquiavélica lógica de los partidos políticos, la manipulación mediática y la democracia electoral. La protesta debe ser el fundamento para un nuevo principio de autogobierno. La protesta ya no puede ser más entendida simplemente como la transición de un gobierno a otro dentro del mismo paradigma, sino que debe ser el acto autoinstituyente de un nuevo consenso.

El presente exige de nosotros acción inmediata. La indignación ha llegado a lo que otrora fueron reductos de Alianza País. Aquella élite intelectual que los defendía se ha levantado. Los ecologistas, indignados desde el tema Yasuní, siguen en pie de lucha. Las últimas reformas laborales de corte neoliberal indignaron aún más a los ya indignados trabajadores. Las políticas extractivistas indignaron a los campesinos e indígenas. Los estudiantes de todos los niveles están indignados por las políticas excluyentes y elitistas. Los tintes heteropatriarcales del gobierno de turno y el conservador Plan Familia ya se encargaron de indignar a las feministas.

Lo único que falta es protesta y propuesta. Pero propuesta autónoma. Eso es lo que aprendimos en estos 10 años: la protesta no debe dejar de incluir espacios de diálogo que incluyan intereses heterogéneos en los que se llegue a un consenso respetando el disenso. Hay que conciliar la espontaneidad de la manifestación con la organización de la propuesta por fuera del Estado y los deseos electorales. Esa es la lección que nos dejó el Correa y en lo que nos diferenciamos del 15-M: debemos cultivar formas de desacuerdo organizado inmediatamente propositivo y hacer florecer, a través de sistemas asamblearios, espacios para discutir libremente, para reflexionar sobre la crisis y atacar las verdaderas causas de la situación actual.

Ese modelo asambleario debe ser extendido a toda la sociedad. Este debe ser libre de la manipulación mediática, de la burocracia estatal y de la corrupción de los partidos. En estos espacios hay que criticar y destruir colectivamente el sistema actual al tiempo que se crea colectivamente una nueva visión de sociedad. Lo que debemos hacer es devolver a la política el aspecto creativo que fue absorbido, burocratizado y corrompido por el gobierno de la Revolución Ciudadana. Para ello se necesita autonomía frente a los partidos y deseos electorales. Solo así se podrá para una propuesta realmente democrática.

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