Ecuador. Domingo 25 de septiembre de 2016
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Suave es la noche

Miguel Molina Díaz
Quito, Ecuador

Duchamp decía que el afortunado hallazgo de un solo libro puede cambiar el destino de un hombre.

A mí me ha sucedido con varios. Pero es innegable que pocos libros y sucesos han tenido en mi vida el impacto y la conmoción que me provocó ‘El gran Gatsby’ de Francis Scott Fitzgerald.

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Era la novela perfecta de un genio que dominaba el lenguaje como el mejor jinete a su caballo. La terminé de leer en una cafetería frente a la Sagrada Familia. Al terminarla, experimenté una energía muy parecida a la felicidad y caminé risueño varias cuadras bajo un diluvio que se derramaba implacable sobre las calles de Barcelona. Había descubierto un libro amigo y una visión sobre la escritura que íntimamente me revelaba mi propia relación con el lenguaje. Lo mismo me sucedió con ‘Últimas tardes con Teresa’ de Juan Marsé, una novela que por lo demás le debe mucho a ‘El gran Gatsby’ y su retrospectiva sobre los sueños.

Lo que me es absolutamente claro es que en Fitzgerald el uso del lenguaje está íntimamente ligado a una particular visión de la escritura, que él practicaba y que se puede apreciar en sus textos. Todas las novelas que hizo son formas de aproximarse a su propia existencia. Son meditaciones sobre su vida. El hecho de que Fitzgerald haya utilizado sus sucesos más felices y dolorosos para crear ficción, en realidad, implica mucho más. Me atrevo a pensar que este genio veía en la escritura la posibilidad de salvarse de la demolición en que su vida se estaba convirtiendo, de limpiarse del polvo de esos escombros y asumir cerebralmente esa debacle sin rendirse. En la escritura Fitzgerald encontraba la clave para seguir viviendo.

A partir de 1930, la estabilidad emocional de su esposa Zelda es precaria y él la termina internando en un sanatorio mental. Primero se habló de esquizofrenia. Hoy se dice que padecía un grave trastorno de bipolaridad. Lo cierto es que la pareja perfecta, la que más había brillado en el París de los años 20s, se desmoronaba. Para ese entonces, Fitzgerald ya había comenzado a refugiarse en el alcoholismo y sobrevivía al terror de que, quizá, no volvería a escribir nada como ‘El gran Gatsby’.

Ese es el contexto en el que se aferra a la escritura de ‘Suave es la noche’, la última novela que pudo terminar. Rodrigo Fresán ya advirtió que nada se puede aprender de una novela perfecta (en alusión a ‘El gran Gatsby’), por lo menos no tanto como de una novela escrita en el filo de la desesperación.

En las páginas de ‘Suave es la noche’ es posible percibir el salvaje e inevitable proceso de destrucción de un genio. Fitzgerald no ha perdido la elegancia de su prosa, tampoco su poder de crear imágenes y de decir lo indecible. Pero ya no es el mismo. La estructura que persigue se le escapa de las manos. Hay párrafos geniales, que aparecen luego de largas páginas de errancia. En esta novela hay destellos de un grandioso poder creativo, que se encuentra en su crepúsculo y lentamente se apaga.

Y la historia del matrimonio Diver es, en realidad, la de su propia demolición. El psicoanalista Dick Diver descubre, con el paso de los años, que el joven brillante y de futuro prometedor que fue había dado paso a un hombre destruido por el alcohol y la vejez anticipada. Descubre, para su propio horror, que ya no ama a la mujer que había sido el mismo nombre de la felicidad y a la cual le había dedicado toda su existencia, a la que le había salvado regalándole su vida. Descubre que ella tampoco le ama y acepta que la vida es injusta, que con el paso del tiempo lo único que quedan son imágenes queridas y palabras, y que estas también se pierden en las sombras del olvido.

‘Suave es la noche’ es una novela que duele en el cuerpo. Quedan, sin embargo, imágenes únicas: el rastro húmedo que en la baldosa del baño dejan los pies de la actriz Rosemary Hoyt y que de algún extraño modo reavivan una oxidada capacidad de amar. Queda también la ocasión en que Nicole Diver atraviesa descalza el jardín, cuyo césped estaba todavía mojado por la brisa, y le dice a su marido que no le va a pedir que siempre la quiera como en ese momento, pero sí que recuerde cuánto la quiso en ese instante.

Quizá, por el drama de estos personajes y de su propia vida, Fitzgerald escribió que las heridas no cicatrizan, que no ocurre tal cosa en la vida de un ser humano, que lo que hay son heridas abiertas que a veces se encogen hasta no parecer más grandes que un pinchazo de alfiler, pero siguen siendo heridas porque las marcas que deja el sufrimiento se deben comparar con la pérdida de un dedo o de la visión en un ojo. Puede que algún momento no notemos que aquello que perdimos nos falta, pero el resto del tiempo sabemos que no está y que nada podemos hacer.

Hace algún tiempo, obsequié en un cumpleaños esta novela de Fitzgerald en su lengua original. Un día la amiga a la que regalé el libro se equivocó al evocar el título y dijo ‘Tempest is the night’ en lugar de ‘Tender is the night’. Creo que tiene razón. En esa equivocación se descifran muchas cosas. Como por ejemplo, que la escritura no era sólo la clave de Fitzgerald para seguir viviendo sino que con los años se convirtió en el único objeto de su existencia, al punto de que todo lo tempestuoso de sus días sólo merecía para él la pena en la medida en que podía ser narrado en la nítida verdad de la ficción. En Fitzgerald, el amor como el vacío eran una tempestad furiosa. Y sí, quizá lo único suave es la noche, mientras en el cielo despejado, junto a las estrellas, sea posible recrear las imágenes de un pasado feliz.

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