Ecuador. Sábado 24 de septiembre de 2016
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El rescate de Héctor y el salvoconducto para Abdalá

Carlos Jijón
Guayaquil, Ecuador

El Canto XXIV de la Ilíada, que la tradición ha titulado “El rescate de Héctor”, narra el momento en que Príamo, el rey de los troyanos, se arriesga entre las sombras de la noche para adentrarse entre las naves de los aqueos y pedirle a Aquiles que le entregue el cadáver de su hijo Héctor, al que el Pelida ha matado en combate, y cuyo cadáver ha arrastrado durante tres días, entre las patas de los caballos, para vengar la muerte de Patroclo.

Príamo ha hecho el pedido temblando de miedo ante el terrible enemigo. Pero lo sobrepone un instinto que a lo largo del tiempo ha distinguido a los hombres de entre los demás seres: el deseo de enterrar a sus seres queridos.

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Fue por enterrar a su hermano que Antígona violó la terrible ley de Creonte que prohibía sepultar a Polinices, en la famosa tragedia de Sófocles. Razón tenía el rey en haber castigado de esa manera a quien se alió con los enemigos de su patria por la ambición de poder. Pero Antígona actúa impulsada por el derecho natural, el instinto supremo, de realizar una ceremonia fúnebre en honor al hermano que ha muerto. Por eso Aquiles, advertido por los dioses de su cólera si se negaba a los ruegos de un suplicante, no solo ordena entregar a Príamo el cadáver de su hijo, sino que además da al envejecido rey el trato que se debe a un huésped, ofreciéndole comida, vino y descanso, y ordenando una tregua de once días para que los troyanos puedan celebrar un funeral digno de un príncipe.

El rescate de Héctor es un momento fundamental de la epopeya de Homero, en que se muestra la humanidad de Aquiles, un hombre poderoso, fuerte como un dios, que puede ser feroz y vengativo, pero que es capaz de apiadarse ante un enemigo en una circunstancia que en algún momento nos será común a todos los hombres: despedirnos de los nuestros, honrándolos con una ceremonia fúnebre. Por eso nos horroriza que Pedro Restrepo no haya podido enterrar a sus hijos. Por eso la infamia recae sobre las dictaduras argentina y chilena que desapareció a sus víctimas perpetrando una afrenta peor que el asesinato, impedir que los deudos de las víctimas les rindan honras. Por esa necesidad atávica de los seres humanos de sepultar a quien aman.

Por eso, creo que no se debió impedir que el expresidente Abdalá Bucaram regrese a Guayaquil a despedir a su hermano Adolfo, muerto de un infarto la madrugada del domingo. Porque más allá de legalismos, es de derecho natural que un hombre despida a los suyos, y que asista al sepelio de su hermano. Así se trate de un enemigo, o se considere que ha causado un grave daño a la sociedad. Antígona quería enterrar a Polinices, que se había levantado contra Tebas, la ciudad donde había nacido y a la que había gobernado. Príamo reclamaba el cuerpo de Héctor, que había matado a Patroclo creyendo que era Aquiles. Bucaram es procesado por la acusación de peculado, pero vive en el exilio prácticamente desde 1985, acusado de varios delitos de la mayoría de los cuales ha sido absuelto.

No es este el sitio ni el momento para discutir si Abdalá Bucaram provocó un daño que mereciera tan fuerte castigo en una sociedad en la que ahora hasta Alberto Dahik suena como presidenciable. O si el mal que hizo ha sido superado con creces por políticos y gobiernos posteriores. Pero permitirle llorar entre los suyos hubiera hecho al poder más humano. Dar el pésame a los Bucaram y respetar su dolor nos hace solidarios con aquellos de nuestra misma tribu. Así como dignificó a Aquiles entregar el cadáver de Héctor, domador de caballos.

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