Ecuador. Lunes 26 de septiembre de 2016
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Censura y mentira

Simón Ordóñez Cordero
Quito, Ecuador

En 1971, la Seguridad del Estado cubano arrestó a Heberto Padilla junto con su esposa.

Tras treinta días de encierro y vejaciones, el poeta y escritor cubano, que se había atrevido a criticar a Castro y su Revolución, salió en libertad convertido en un guiñapo humano.

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La Seguridad del Estado y la Unión de Escritores organizaron un acto para que el poeta diera su testimonio y a este fueron invitados muchos otros escritores e intelectuales: “La noche en que Padilla hizo su confesión (cuenta Reinaldo Arenas en su libro de memorias) fue una noche siniestramente inolvidable. Aquél hombre vital, que había escrito hermosos poemas, se arrepentía de todo lo que había hecho, de toda su obra anterior, renegando de sí mismo, autotildándose de cobarde, miserable y traidor. Decía que, durante el tiempo que había estado detenido por la Seguridad del Estado, había comprendido la belleza de la Revolución y había escrito unos poemas a la primavera. Padilla no solamente se retractaba de toda su obra anterior, sino que delató públicamente a todos sus amigos que, según él, también habían tenido una actitud cotrarrevolucionaria; incluso a su esposa.”

Los casos de censura, hostigamiento y posterior autoinculpación y arrepentimiento forzado de muchos escritores e intelectuales, fueron permanentes y sistemáticos en los regímenes totalitarios y dictatoriales. Uno de los casos más conocidos es el de Osip Mandelstam, el gran poeta ruso que en el año 1933 escribió un poema en donde se refería a un tirano georgiano que ordenaba ejecuciones y se solazaba con la muerte de sus víctimas. El poema nunca fue publicado ni existían copias del mismo, pero muchos se lo habían aprendido de memoria y lo recitaban en distintas reuniones. Cuando estos hechos se hicieron públicos, la Seguridad Soviética tomó preso al poeta, le obligó a retractarse de aquel poema y, poco tiempo después, fue conminado a escribir una Oda a Stalin. Un caso similar ocurrió el año 1972 en Sudáfrica: el poeta Breyten Breytenbach publicó Carta a un carnicero desde el extranjero y en él se refería al entonces primer ministro sudafricano Balthazar Vorster. La circulación del poema fue prohibida por aquel gobierno asesino y un par de años después, cuando lo tuvieron a mano, el poeta fue enjuiciado, obligado a pedir disculpas públicas a Vorster y a repudiar su poema.

Según J.M. Coetzee, quien cuenta las dos historias en su libro Contra la Censura, el mecanismo que privilegiaron los dictadores para destrozar la vida y la dignidad de los escritores fue precisamente este: obligarlos a retractarse de su obra, a optar por el silencio o, en el extremo de la ruindad, a rendir pleitesía a los tiranos. Ninguno de estos intelectuales, después de haber sido sometidos a la humillación pública, volvió a escribir ni a caminar con la cabeza erguida y la frente en alto; fueron moralmente quebrados. Destrozando su dignidad, destrozaron también sus vidas y los confinaron al silencio y al aislamiento. Quienes se resistieron a la humillación pública fueron condenados al destierro, la prisión, la muerte o, como en el caso de Solzhenitsin, a los campos de trabajo. Pero la censura fue más allá; en las dictaduras comunistas de la Europa del Este, se retiraron de circulación todas las obras de los autores disidentes, como es el caso de las de Milan Kundera y Sándor Márai, y sus nombres desaparecieron de todos los registros, pues su condena implicaba también su desaparición social y el olvido de sus obras y sus nombres.

Quemar libros o prohibirlos, hostilizar o clausurar medios de comunicación, perseguir a periodistas o escritores, en fin, aplastar cualquier tipo de pensamiento disidente y crítico, ha sido siempre la manera de usar el poder y de censurar de todas las tiranías y también de los fundamentalismos ideológicos o religiosos. Si comunistas y fascistas prohibieron y quemaron libros, algo parecido hicieron los fundamentalistas religiosos: fue el ayatolá Jomeini quien decretó una fatwa, que en este caso significó una condena a muerte en contra de Salman Rushdie por haber escrito Los Versos Satánicos. También lo hizo la Iglesia Católica cuando incluyó en el Index (Índice de Libros Prohibidos) todas aquellas obras que consideraba perniciosas para la fe, o cuando sus Tribunales de la Inquisición mandaban a la hoguera a todos quienes consideraban portadores de pensamientos heréticos.

Las dictaduras, y más aún las presididas por megalómanos que se sienten dioses encarnados, suelen ser patológicamente paranoicas. En cada poema, en cada libro, en cada artículo que no los alabe; en cualquier texto que pregunte o siembre una duda respecto de la grandeza o probidad del régimen, ellos siempre encontrarán al hereje, al conspirador, a quien quiere destruirlos o desestabilizarlos.

Debe ser por ello, por su paranoia y por el miedo que les provoca las voces que disienten, que desde los inicios de la Revolución Ciudadana se ha venido implementando una política de asedio y de censura permanente contra todos aquellos que dudan de la verdad oficial y de las bondades del régimen; dentro de estos, sus preferidos han sido los periodistas de investigación, pues son precisamente ellos quienes han mostrado las pústulas del régimen. Pero la lista es bastante larga y conocida y casi no hay periodista o medio de comunicación independiente que no haya sufrido el hostigamiento y las represalias del gobierno.

Como en los regímenes totalitarios, también el Gobierno del Ecuador se ha dotado de leyes y de aparatos burocráticos para perseguir el pensamiento disidente y la crítica. Mediocres periodistas de antaño e intelectuales de baja monta, se han convertido hoy en despreciables censores y perseguidores de sus antiguos colegas y empleadores. Personajes de diminuta estatura intelectual y ética como Barriga, Ochoa o Alvarado, comandan hoy a centenares de burócratas cuya misión es impedir la expresión del pensamiento libre y mantener en la oscuridad las fechorías y latrocinios del régimen al que sirven. Cuando uno los oye, cuando lee sus escritos y se observan sus actuaciones, queda bastante claro su rampante mediocridad y también el origen del encarnizamiento con el que persiguen a los opositores. El talento y un profundo sentido de la honestidad y dignidad personal son atributos que no se alcanzan ni con el poder ni con la riqueza; y son, al mismo tiempo, motivo de la gigantesca envidia que los censores sienten frente a los periodistas y escritores que no se han sometido a los deseos del poder. Por eso los detestan, por eso los acechan como perros hambrientos, porque en el fondo aquellos que mantienen su dignidad y decencia les muestran aquello que nunca podrán ser.

Pero las cosas no quedan allí. A más de las superintendencias y comisarías montadas exclusivamente para hacer posible la censura, el Gobierno también ha venido utilizando el aparato judicial con esos mismos fines. Antaño se dieron los enjuiciamientos a los autores de El Gran Hermano; luego, cayeron en sus redes Emilio Palacio y los accionistas de El Universo. Hoy, a través de jueces envilecidos y sumisos, se persigue a Fernando Villavicencio y Clever Jiménez, y se prohíbe la difusión del libro de Pedro Granja. Dicho libro, cuya circulación fue prohibida gracias a un fallo judicial, narra los horrores que tuvo que sufrir una niña violada por el padre del actual Vicepresidente de la República, y da cuenta de las oscuras actuaciones de funcionarios del Estado que optaron por proteger, no los derechos de la niña violada, sino los del violador.

Estos últimos casos, no solo muestran a un gobierno que abusa del poder y del control que tiene sobre el aparato judicial; muestran también un régimen cuyo miedo a la sociedad le ha hecho perder toda vergüenza y recato y que actualmente es capaz de cualquier cosa. Cuando un régimen no tiene nada que ocultar, cuando está seguro de la justicia de sus actos y de la probidad de sus funcionarios, no necesita organizar un estado de censura. Y si así fueran las cosas, tampoco necesitaría del gigantesco aparato de propaganda del que hace gala y a través del cual busca imponer sus verdades y desprestigiar a quienes lo critican o develan.

“La violencia no puede existir por sí sola: está invariablemente entrelazada con la mentira. Están vinculadas del modo más íntimo, orgánico y profundo: la violencia no puede ocultarse detrás de nada excepto de las mentiras, y las mentiras no tienen nada que las sostenga salvo la violencia. Cualquiera que haya proclamado alguna vez la violencia como su método debe elegir inexorablemente la mentira como su principio. En sus comienzos, la violencia actúa abiertamente e incluso se enorgullece de sí misma. Pero tan pronto como cobra fuerza y se instaura firmemente… ya no puede existir sin ocultarse en una neblina de mentiras”, dijo Solzhenitsin en su discurso de aceptación del premio Nobel.

Pese a las intenciones del poder y del aparato de censura, los periodistas e intelectuales independientes no se han humillado ni han abjurado de sus principios ni de sus luchas. Aunque han sido hostigados y perseguidos, ellos no se han rendido y siguen enfrentado al poder; continúan publicando y escribiendo, pues no han podido quebrarlos moralmente. Hay en ellos profundas convicciones éticas y la seguridad de que la verdad terminará por imponerse sobre la mentira.

“En la antigua Sudáfrica, los escritores, por más marginación y represión que sufrieran, sabían que a largo plazo los perdedores serían los censores, y no solo porque el régimen del cual la censura era instrumento estaba condenado a derrumbarse, […] sino también porque, como colectivo, los escritores sobrevivirían a sus enemigos e incluso escribirían su epitafio.” J.M. Coetzee.

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