Ecuador. Domingo 25 de septiembre de 2016
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‘Stranger Things’

Miguel Molina Díaz
Quito, Ecuador

Un niño desaparece en la ciudad de Hawkins, Indiana.

Es noviembre de 1983 y su madre, Joyce (Winona Ryder), piensa que su hijo se comunica con ella por medio de señales eléctricas. A la par, una niña con misteriosos poderes telequinéticos, que responde al nombre de Once (sí, el número 11), es hallada por los amigos nerd y bullyiados del niño desaparecido. Así comienza ‘Stranger Things’, la serie de ocho capítulos que Netflix estrenó el pasado 15 de julio.

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En tiempos en que la televisión nacional es basura, en que el Ecuador vive en un repugnante y engañoso Estado de Propaganda, y cuando el mundo en general se despeña hacia la insustancialidad del pensamiento, resulta urgente reconocer el talento de los hermanos Matt y Ross Duffer para recordarnos el papel de los contadores de historias.

Creo que fue Jordi Carrión, el escritor y ensayista español, quien me dijo que si Shakespeare estuviera vivo en nuestros días, sería autor de series de TV. En todo caso, estoy de acuerdo. ‘Stranger Things’ es una muestra de en qué medida desesperada necesitamos de historias los seres humanos. Y es que nuestra civilización, lo quieran creer o no, empezó el instante que los primeros hombres se contaron por primera vez historias en las cavernas y las dibujaron en las paredes de las cuevas.

En esencia, somos contadores de historias, como los hermanos Duffer. Y necesitamos que nos las cuenten, todo el tiempo, para seguir viviendo. Yo descubrí esta serie la noche de un martes en que, muerto de cansancio, me disponía a dormir y decidí, sorteando la soñolencia, ver el primer capítulo de ‘Stranger Things’. El sueño se esfumó y vi cuatro capítulos hasta las tres de la mañana. Al día siguiente terminé de ver la serie.

Ya se habla de una segunda temporada de esta obra fascinante que me emocionó y llevó a recordar el mundo de la década de los ochenta (precisamente a mí, que crecí junto a George Lucas y Steven Spielberg, en ese orden); ese mundo que todavía se respiraba cuando nací y escuché las historias de mi niñez, en esa olvidada y descompuesta década de los noventa, en la que el rumor del fin del mundo, en diciembre de 1999, me hizo descubrir el poder asombroso de la ficción.

Si algún mérito hay que reconocer a las grandes historias, esas que empujan nuestras emociones hasta límites insospechados, es que nos despiertan la capacidad de dudar. En ‘Stranger Things’ son muy pocos los que, venciendo su propia racionalidad, creen en verdad que un niño se trasladó a otra dimensión y que el gobierno lo sabe y conspira para ocultarlo a los ojos del mundo. La ficción es esa magia que nos permite creer en aquello que parece imposible pero que, en realidad, no lo es tanto. Precisamente en un mundo como este, lleno de mentiras y secretos, es fundamental aprender a dudar de las verdades oficiales, de lo posible y de lo racional, y creer, con felicidad e ilusión, en las posibilidades que la ficción nos ofrece.

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